Archive for the '*ART. LITERARIOS' Category

10
May
11

ESTE BLOG ENTRA EN RECESO UNA TEMPORADA. ESPERO VOLVER “ALGÚN DÍA”
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25
Abr
11

LOS AMORES DESTRUCTIVOS

LOS AMORES DESTRUCTIVOS
(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

Para el dramaturgo Irlandés Oscar Wilde, genio preclaro de las letras Inglesas, enamorarse de una persona inconveniente y de muy distinta forma de ser,  le costó muy caro. Tal parece que a ciertos genios y hombres ilustres, nada los derribará, sobre todo si han logrado influir tanto en una época y en el mundo de las letras, aparte de destacar con tanto ingenio y sapiencia en su propia formación, tan llena de premios merecidos, becas y ser una persona brillante, bastante relevante y conocida desde su época de estudiante por sus méritos, tanto en su formación en Literatura Clásica, Griega y Latina;  sus conferencias en Estado Unidos, la publicación de sus libros de la más distinta índole, pues destacó en los distintos géneros,  escribió: Prosa, poemas, ensayos, cuentos y teatro con bastante belleza, erudición e ingenio y siempre se destacó de él su inteligencia y su gran poder de influir en su medio, con su vestimenta extravagante, peinados de postura esteticista y decadentista, que muchos jóvenes de entonces intentaron copiar. Fue indudablemente una personalidad destacada de la época Victoriana, en la cual vivió.

Según se afirma en el año, 1891 Oscar Wilde de 37  años conoce a “Bosie”, Lord Alfred Douglas, hijo de los marqueses de Queensberry, de 21 años, quien es tristemente conocido por ser la problemática y conflictiva pareja de Oscar Wilde y quien fuera dado a conocer a fondo en la carta “La tragedia de mi vida“ (Carta a lord Alfred Douglas), epístola escrita por Oscar Wilde a su amante, durante su estancia en la prisión de Reading, en 1897, la carta también ha sido dada a concer como “De Profundis”, y sólo vería la luz parcialmente al ser publicada en 1905, por su amigo y periodista Robert Ross, a quien Oscar Wilde se la confió. La versión completa la publicaría Vyvyan Holland, hijo de Wilde en 1949, y recién se hizo de dominio público a partir del año 1960, debido a contrastaciones y correcciones posteriores.

La carta está redactada con ese estilo que caracterizó a Wilde,  exquisito, profundo, a veces exaltado, que va desvelando sus  distintos estados de ánimo, el verdadero desgarro de haber caído tan bajo, la humillación, el dolor de ir poco a poco perdiéndolo todo: esposa, hijos, amigos, fama, fortuna, su casa, sus libros y la gran afrenta pública que eso significó para él, antes tan destacado y afamada figura de la época Victoriana;  sino también el gran dolor que traspasó a sus familiares y su propia madre, quien agravando su dolor, fallece en el lapso de estar preso en la prisión de Reading, donde fue condenado a cumplir dos años de trabajos forzados, tras demandar al padre de su novio, por difamación y sodomía, juicios que perdió, por las costumbres y cerrazón de la época moralista, hipócrita y prejuiciosa de entonces. El juicio a Oscar Wilde, que emprendió con saña el marqués de Queensberry,   fue un gran escándalo de grandes proporciones en su tiempo.

La Epístola de unas 248 páginas, si bien es cierto, jamás pierde su belleza expresiva, su nivel aleccionador, su maestría literaria de gran dramaturgo, su cautivadora prosa exquisita y no exenta de poesía, sorprende paso a paso. Si bien es cierto empieza con cierto reproche a su amante “Bosie”, del siguiente modo: “Luego de una prolongada e infructuosa espera, he tomado la decisión de escribirte, y ello tanto en tu interés como en el mío, pues me subleva el pensar que he estado en la cárcel dos interminables años sin que haya recibido de ti una sola línea, una noticia cualquiera, que no he sabido nada de ti, aparte de aquello que tenía que serme doloroso. Ha concluido para mí de un modo funesto y con escándalo público para ti, nuestra trágica amistad por demás lamentable. Sin embargo, muy rara vez me abandona el recuerdo de nuestra vieja amistad, y experimento una profunda tristeza cuando pienso que mi corazón, henchido antes de amor, está ahora para siempre colmado de maldiciones, de amargura y de desprecio. Y con toda seguridad, tú mismo sientes en el fondo de tu alma, que es mejor escribirme a mí, que me encuentro en la soledad de la existencia carcelaria, que no dar a la publicidad, sin mi expresa autorización, cartas mías, o dedicarme poesías, sin permiso alguno también…”

En ella, reprocha a “Bosie” su gran orgullo, sus grandes diferencias sustanciales desde la adolescencia en los estudios. Va formulándose mediante una introspección analítica los pasos que lo llevaron a parar en esa horrenda condición de reo carcelario, lo que estuvo mal de parte suya en cuanto a dejarse arrastrar y lo que fueron excesos  del mismo “Bosie”. Va desgranando paso a paso las consecuencias del odio mutuo que parecía anidar entre padre e hijo, el marqués de Queensberry y Sir Alfred Douglas, razón primordial, por la cual, Wilde terminó en prisión, mal aconsejado y envenenado constantemente por su amante para que Wilde denuncié a su padre, con las amargas consecuencias deplorables del caso.

Otro aspecto es su auto  reproche y pesar por la mala influencia de “Bosie” en su vida en relación a su propia creación literaria, cuando dice: “Me acuerdo, por ejemplo -a fin de citar un solo caso entre muchos ,que, en septiembre de 1893, arrendé varias habitaciones amuebladas, con el único propósito de trabajar sin que me molestasen.

“Había rescindido mi contrato con John Hare, a quien había prometido una obra teatral, y que me urgía para que le diese término lo antes posible. En el transcurso de la primera semana, no te dejaste ver; habíamos disputado, lo cual no podía dejar de ocurrir, a raíz del mérito de tu traducción de Salomé”.

“Te limitaste a escribirme, diciendo al respecto los mayores dislates. Escribí y terminé hasta en sus mínimos detalles, durante aquella semana, el primer acto de El marido ideal, dejándolo tal como en definitiva hubo de ser representado. Volviste a aparecer la segunda semana, y mi trabajo se acabó… .Tan sólo pienso en la naturaleza de esa amistad, en tanto perduró. Espiritualmente, me ha envilecido. Se encontraban en ti, en germen, los impulsos de un temperamento artístico; pero di contigo demasiado tarde, o demasiado temprano, no puedo puntualizarlo. Cuando te hallabas lejos, en mí todo se iba ordenando a la perfección.

Cuando -a principios de diciembre del año antes mencionado- conseguí que tu madre te enviase al exterior de Inglaterra, de inmediato torné a juntar las embrolladas y rotas mallas de mi imaginación, recobré otra vez el dominio sobre mi vida, y no solamente finalicé los tres actos de “El marido ideal que faltaban, sino que imaginé también otras dos obras de índole completamente distinta: La tragedia florentina y La santa cortesana, estando casi en un tris de ponerles punto final. De pronto, sin que te llamaran, en momento escasamente oportuno, en circunstancias que habían de ser nefastas para mi felicidad futura, te haces presente en mi casa. Y no pude ocuparme de nuevo de esas dos obras sin terminación aún, y nunca, en lo porvenir, pude retornar a aquel estado de espíritu que les insuflara vida. Tú mismo, y en especial ahora que ya has dado a la publicidad un tomo de poesías, comprenderás cuán cierto es lo que acabo de decirte. Pero, lo comprendas o no, ésta es, de cualquier manera, la horrible verdad de la intimidad de nuestras relaciones“.

“En tanto estuviste a mi lado, fuiste la causa de la ruina total de mi arte; y por esto, porque consentí tu perenne presencia entre el arte y yo, siento ahora semejante vergüenza, tan insuperable pesar“…En otro aparte Wilde refiere la vergüenza y lo insoportable de las peleas de “Bosie”: “Aquellas continuas peleas que parecían ser para ti una necesidad física, y en las cuales se echaban a perder del mismo modo el cuerpo y el espíritu, y eran tan horrorozas de ver como de oír…”

De esta misma forma Wilde consintió con una gran permisividad y flaqueza,  por debilidad de carácter, que  Sir Alfred Douglas, le fuera arruinando totalmente la vida, quien lo  llevó a una vida de gastos y caprichos caros, a estancias en Grandes Hoteles, viajes de placer y una asidua concurrencia a  restaurantes de lujo, que poco a poco fueron minando con la economía de Oscar Wilde, gastos en el juego, los caprichos de “Bosie” y sus extravagancias, de este modo resultó ser un novio totalmente pernicioso para Wilde, porque no sólo exigía caprichos excesos y grandes festines mundanos, sino que su naturaleza egocéntrica por sentirse halagado y un afán exhibicionista, parecía ser el motor de toda su necesidad de boato y pasos por lugares caros, hechos no exentos de una gran vanidad y un caracter dominante, caprichoso  e insoportable.

…Desgraciadamente he sacrificado por ti mi arte, mi existencia, mi apellido, mi posición ante la posteridad, y aunque pudiese tu familia poseer todas las maravillas del mundo, el genio, la opulencia, el elevado rango, y otras cosas por el estilo, y lo depositase todo a mis plantas, ni siquiera podría pagarme la décima parte de las cosas más nimias que me fueron arrebatadas, ni una sola lágrima de las últimas que vertí. Sin embargo, es preciso que se pague todo cuanto uno hace. Hasta cuando se ha sido declarado en quiebra. Tú, por lo que advierto, supones que la quiebra es un medio muy cómodo para no saldar las deudas“.

Lord Alfred Douglas nunca mereció el amor y la gran generosidad del dramaturgo Oscar Wilde, la mayoría de las veces  sus actitudes fueron cobardes, deplorables y vergonzosas, mucho más después de la muerte del escritor. Alguna vez le dijo: “Dejas de ser interesante cuando no te hallas en tu pedestal”, a lo que Wilde escribió: “Debo confesar que, al terminar de leer tu carta,  me sentí mancillado, como si el trato con un individuo de tu índole, me hubiera hollado y deshonrado de una manera irreparable”.

En otro apartado Oscar Wilde, dice lo más revelador de su propio carcacter débil y generoso siempre con “Bosie”l, y del afán siempre oscuro, trepador y prepotente de “Bosie”: ” Premeditadamente, sin que te impeliese a hacerlo, te introdujiste a la fuerza en mi terreno, y usurpaste un puesto al cual no tenías el menor derecho, ni para el cual eras idóneo, logrando con tenacidad singular (me recuerda algún caso conocido), que tú presencia fuera uno de los elementos esenciales de todos y cada uno de mis días, recabando para ti mi vida entera, sin hacer con ella nada mejor que destrozarla”.

La carta a su novio reflexiona mucho sobre lo esencial y superficial de esta vida, sobre lo que envilece al hombre y lo que lo va perdiendo. Lástima, que tuviera que ser una practica necesaria y posterior a su encarcelamiento y no una previsión que lograra evitar tanto dolor y desdicha en Wilde. Es sin embargo, como un gran viaje a través del dolor, una transformación hacia la redención espiritual, una metamorfosis humana de liberación y reconquista de sí mismo hacia un nuevo hombre, que a posteriori se guiará con un espíritu cristiano y buscará su felicidad en las pequeñas grandes cosas de esta vida, para alcanzar la paz, emulando a Cristo en sus grandes lecciones de amor, perdón, y desterrando el rencor. De hecho, en su lecho de agonía y conciente, abrazó el catolicismo en una breve ceremonia religiosa.

En 1897  Oscar Wilde sale de la cárcel de Reading, y pese a la negativa de los  familiares de ambas partes, y a pesar  a conocerlo más en base a sus hondas reflexiones, volvieron a vivir juntos “Bosie” y Wilde, durante unos tres meses en Nápoles,  cuando  las ayudas de cada familia les fueron quitadas,  se tienen que  separar para siempre. Sólo a los tres años de  haber abandonado la prisión de Reading, en 1900, Oscar Wilde fallece, solo, triste y arruinado en París, en el Hôtel d’Alsace, núm. 13, de la Rue des Beaux Arts, víctima de una meningitis, que empezó como una otitis aguda, tan sólo a sus 46 años de edad.

El escritor español José Antonio de Villena, escribió: “Charlatán Crepuscular” sobre los amores desgraciados del escritor Oscar Wilde con Lord Alfred Douglas, en 1997. De sus amores inconvenientes y destructivos se han hecho otras representaciones teatrales y escritas.

Barcelona, 12 de Abril, de 2011.

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08
Abr
11

EL RETORNO DEL PROCESO: LOS HEREDEROS DE MAX BROD Y EL LEGADO DE FRANZ KAFKA

 

 

 

 

 

 

 

 

EL RETORNO DEL PROCESO: LOS HEREDEROS DE MAX BROD Y EL LEGADO DE FRANZ KAFKA
(Por Ioram Melcer)

A pesar de haber publicado 83 libros, Max Brod conquistó un lugar privilegiado en la historia de la cultura universal por haber sido el amigo más íntimo de Franz Kafka. El mérito de Brod fue que no cumplió las órdenes de Kafka de quemar sus manuscritos tras la muerte del gran escritor en Austria, en 1924. “Max, mi querido amigo, mi último pedido es que todo lo que se encuentre en mi legado escrito… sea quemado…”, decía la nota más famosa en la historia de la literatura. El Proceso, El Castillo y otras obras magistrales del genio quedaron condenadas a las llamas del olvido.

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Publica El País (Uruguay)

(Por Ioram Melcer)

En 1939, cuando los nazis llegan a Praga, Brod y su esposa huyen de Europa. Max Brod lleva una sola valija, repleta de manuscritos y papeles de Kafka. La pareja llega a Palestina y se instala en Tel Aviv. En la calurosa y húmeda ciudad mediterránea, Brod ha de hacer famoso a quien es considerado hoy el más grande escritor de lengua alemana en el siglo XX. En 1942 fallece la esposa de Brod. El viudo de 58 años de edad tiene una secretaria, Esther Hoffa. Casada, madre de dos hijas, 22 años más joven que Brod, ella es su mano derecha. Hoffa se ocupa tanto de los escritos de Brod como del legado de Kafka. Le demuestra a Brod una devoción absoluta. Éste muere a los 84 años, en 1968. En su testamento nombra a Esther Hoffa como heredera de los materiales y determina que sólo ella puede publicar sus obras, diarios y cartas. Además, indica que luego de la publicación debe entregar los materiales a una entidad pública en Israel o en otro país.

El testamento de Brod se presta a interpretaciones. En 1955 la Knesset, el parlamento israelí, dictó una ley que estipula que toda persona que tuviera en su poder documentos “de interés a la investigación del pasado, del pueblo, del estado o de la sociedad, o que tiene que ver con la actividad de gente de renombre” debe entregar una copia de tales documentos al Archivo Nacional de Israel. Hay quienes piensan que fue a causa de esta ley que en 1956 Max Brod decidió sacar de Israel los manuscritos de las tres novelas de Franz Kafka. Donó dos, los manuscritos de El Castillo y América, a la biblioteca de la Universidad de Oxford. El tercero, El Proceso, permaneció en sus manos, ya que Kafka se lo había regalado. Esther Hoffa se quedó con una gran cantidad de documentos -cartas, notas, diarios, manuscritos- de Franz Kafka y de Max Brod. Acerca de lo que sucedió durante los cuarenta años entre la muerte de Brod y la de Esther Hoffa, a los 102 años, en 2007, hay versiones divergentes pero también algunos hechos incontestables.

Una compra del Estado

Entre los años 1974 y 2008 se registran ventas de cartas de Kafka a través de casas de venta europeas. Se trata de cartas de Kafka a su amante Felicia Bauer, a Franz Werfel, a Max Brod, cartas de amor, de amistad, cartas que tratan de temas literarios. Mientras tanto, el material que queda en manos de Esther Hoffa es prácticamente inaccesible. Estudiosos de la obra de Kafka, biógrafos, parientes de Max Brod, así como el Archivo Nacional del Estado de Israel y la Biblioteca Nacional de Israel, no logran convencer a Esther Hoffa que muestre lo que tiene guardado. En 1974 Hoffa intenta salir de Israel con manuscritos de Kafka. Los agentes de la aduana descubren fotocopias de cartas de Kafka, su diario de viajes y el diario de Brod. La publicación del incidente llevó a una serie de acuerdos entre Esther Hoffa y las instituciones del Estado de Israel, pero nada se cumplió. Los años pasaban, se vendían documentos, y la antigua secretaria y allegada de Max Brod envejecía.

En 1988, Esther Hoffa vendió la joya más preciosa de cuantas tenía en su posesión: el manuscrito de El Proceso. Lo compró el gobierno de Alemania por un 1:980.000 dólares, (la cifra más alta ofrecida hasta entonces por un manuscrito moderno). El mismo se halla en el Archivo de la Literatura Alemana en la pequeña ciudad de Marbach, que fue agregando a su colección otros materiales de Kafka. Todo indica que Esther Hoffa, y luego su hija Hava Hoffa, siguieron vendiendo materiales de Kafka y de Brod hasta el año 2009.

Algo terrible. Esther Hoffa legó el tesoro a sus dos hijas. La Biblioteca Nacional de Israel le pidió a la Corte de Asuntos de Familia de Israel que impidiera la transferencia de los materiales a las hijas de Esther por incumplimiento del testamento de Brod. Pero surgieron dos complicaciones: nadie sabía ni dónde estaba el tesoro de documentos ni qué es lo que contenía. Los académicos suponen que contiene miles de cartas de Brod, muchas de las cuales hablan de Kafka, de su vida, de su arte, de su trabajo literario. Hay quien sueña con algún manuscrito desconocido de Kafka, o algunos de sus dibujos. Además, está el diario personal de Brod, que podría iluminar su amistad con Kafka y quizás hasta el extraño pedido incumplido que le hizo Kafka antes de su muerte. Esther Hoffa confesó que el diario estaba en sus manos. En 1988 negoció su venta a una editorial en Suiza. Recibió un anticipo, pero el diario nunca fue entregado. La editorial no pudo vencer a la testaruda anciana, que en 1993 dijo que de publicarse los diarios, se revelaría “algo terrible”.

Lo que queda del complicado asunto, por el momento, es un enredo legal. El Estado de Israel exige los materiales. Hava Hoffa, la hija que se ocupa del tema, exige que le sea permitido vender materiales del legado, según el testamento de su madre, y que el permiso se le dé de inmediato, pues ya es una mujer vieja y dice que no tiene de qué vivir. Al pleito se sumó el archivo de Marbach, que pide los materiales para que estén junto a la colección de manuscritos y documentos de Franz Kafka que ya tiene en su poder. Max Brod dejó abierta la posibilidad de que sea una institución fuera de Israel quien reciba el tesoro. Otras personas se han visto involucradas en la controversia. Familiares de Dora Diamant, la última compañera de Kafka, no pueden ver el testamento de Dora ni leer las cartas que le escribió a Brod. Los descendientes de Felix Weltsch, el gran filósofo judío, íntimo amigo de Kafka y de Brod, se quejan diciendo que materiales acerca de Weltsch y de la relación entre los tres hombres de cultura, no pueden llegar al conocimiento del público y de los investigadores.

Novela kafkiana

Y el juicio sigue. Órdenes del juez han causado que se descubran cajas fuertes en diversos bancos en Israel, conteniendo materiales del tesoro de Brod. Hacia fines de 2009 se descubrió una caja fuerte en un banco de Zurich con más materiales. En el año transcurrido desde este descubrimiento, Hava Hoffa, que ya ha cumplido 76 años, se ha quejado de robos en su casa. Dice que la publicidad que se le ha dado al caso atrae todo tipo de ladrones y sicarios. Hay quien ve en esos robos una maniobra de Hava Hoffa. Ante la posibilidad de perder el control del contenido de las cajas fuertes, Hoffa estaría creando una coartada para la reaparición “misteriosa” de documentos en otras partes. Nadie realmente cree que pueda haber documentos de importancia en el apartamento húmedo y descascarado de las Hoffa. Los vecinos se han quejado del mal olor causado por los gatos de quien describen como “una vieja huraña”.

El asunto deja muchas preguntas abiertas. Queda saber cuál fue la intención de Brod. Si cumplió Esther Hoffa con el testamento de Brod, que por su parte merece la gratitud de la Humanidad por no haber cumplido otro testamento, por cierto más importante. O si tiene el Estado de Israel el derecho absoluto de poseer copias de los documentos, al igual que cualquier otro archivo del mundo, por sobre el derecho de los privados que tienen esos documentos.

Llegó el 2011 y se sigue ignorando qué había en el legado de documentos de Brod, qué se vendió, qué desapareció, dónde está lo que queda. Por el momento nadie se ha despertado para descubrir que se ha transformado en un insecto gigante. Pero falta elPero falta el escritor que haga de todo esto una novela kafkiana.

 

12
Oct
10

“VARGUITAS” EL PRIMERO DE LA CLASE

“VARGUITAS” El PRIMERO DE LA CLASE
«El joven “Varguitas” entendió que la excelencia de la escritura literaria a la que aspiraba exigía mucho sacrificio, mucha dedicación, mucha rutina: ese era el camino y a él se sometió como un obrero que asiste todos los días a su trabajo»
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(Por J. J. ARMAS MARCELO)

CARLOS Barral o Carlos Fuentes (todavía se disputa ese privilegio) lo nombraron «El Cadete». No sólo porque había escrito «La ciudad y los perros» (el mundo que conoció precisamente de «cadete», en el Colegio Militar Leoncio Prado), sino porque era el más joven del «boom» de la novela latinoamericana de los 60. Después del Leoncio Prado, y ya en el periodismo, Vargas Llosa era para todos «Varguitas», el primero de la clase. Quería ser Flaubert desde muy joven, soñaba y escribía novelas fumando como un poseso, y por la noches, con una jauría de tribuletes limeños comandados por Carlos «Coco» Meneses, visitaba hasta el amanecer los burdeles del puerto del Callao. Ya vivía literariamente: todo lo pasaba por el filtro del novelista que quería ser de mayor. Era muy joven, muy atractivo, bailaba muy bien y era, en fin, el primero de la clase. Era sartreano, aunque de mayor supo ver la luz y se hizo de Albert Camus. Y leyendo y escribiendo, siguió soñando con llegar a ser Flaubert, su modelo literario y estético. Según Vargas Llosa, aunque nunca he llegado a creérselo, el joven «Varguitas» supo desde el principio que escribir bien era muy difícil, pero al mismo tiempo entendió que la excelencia de la escritura literaria a la que aspiraba exigía mucho sacrificio, mucha dedicación, mucha disciplina, mucha rutina: ese era el camino y a él se sometió como un obrero que asiste todos los días a su trabajo. No en vano Carlos Barral, su editor y descubridor, dijo de «Varguitas», cuando ya iba camino de ser Vargas Llosa, que era el único escritor que conocía que trabajaba como un obrero a destajo y vivía como un burgués.

Un día de principios de los 70, lo visité en su casa de la calle Osio, en el barrio de Sarriá, Barcelona. Comimos en la cocina y luego nos sentamos a hablar de literatura en la sobremesa. A las cuatro en punto de la tarde, me dijo que lo sentía mucho pero que tenía que ponerse a escribir. «Me llama el trabajo», me dijo, «tú puedes quedarte aquí, leyendo, hasta las ocho, que termina mi jornada, y después seguimos hablando». Me pasé cuatro horas leyendo unos relatos de Juan Benet, que tenía encima de la mesa del salón, y tomando café colombiano puro que Patricia me servía en tazones, uno detrás de otro, con la sana intención de que no me durmiera antes de que volviera de escribir «Varguitas». A las ocho y unos minutos, entró de nuevo sonriente y nos fuimos a cenar a un italiano, el «Portofino», donde no dejó de hablar de literatura ni un solo momento. Aquel tipo, «Varguitas», era un verdadero animal de escritura literaria, su vocación era su vicio —la escritura literaria, precisamente— y su vicio era su gran pasión, a la que rendía culto de latría de una manera brutalmente exclusiva y excluyente. Seguía siendo muy atractivo, hablaba y escribía cada vez mejor, la gente comenzaba a leerlo y a saludarlo con admiración por la calle. Lo asediaban mujeres muy bellas, ya no bebía ni una copa de alcohol, detestaba la bohemia y había dejado de fumar para siempre, porque se había convencido de que todos esos vicios eran no sólo malos para la salud sino, sobre todo, para la literatura.

D Jorge Edwards me contó que en esa época era muy difícil discutir con él, con «Varguitas», sobre todo de literatura porque defendía sus puntos de vista y sus criterios como si le fuera la vida en esa trifulca, con argumentos de guerra si era preciso y sin dar nunca su brazo a torcer. Era insaciablemente literario, decía escribir ocho horas diarias al margen del mundo y hablaba de Flaubert como si hablara de un dios antiguo e indestructible. Cuando vivía en París, fue a conocerlo Carlos Barral. Comieron, hablaron, se hicieron amigos, pero a las cuatro de la tarde, en lo mejor de la conversación, mientras el editor y poeta bebía tragos de vodka interminables y «Varguitas» un vaso de leche, el novelista se levantó de su asiento y le dijo a Barral que lo sentía mucho pero que tenía que ponerse a escribir. Lo invitó a dormirse una siesta en el sofá de su casa de la rue Tournon y el editor aceptó. Minutos más tarde, Barral comenzó a escuchar, entre las brumas del alcohol vespertino, el traqueteo imparable de su máquina de escribir. Después, sonó el timbre. La máquina cesó de escribir. Oyó los pasos del novelista y l oyó abrir la puerta. «Hola», saludó «Varguitas», «pasa…, aunque estoy escribiendo…». Barral oyó entonces cómo se cerraba la puerta, oyó el ruido de unos tacones de mujer joven sobre el piso de madera, pasos que seguían a los del escritor. Y, unos segundos más tarde, la máquina de escribir recomenzó su trabajo. Barral estaba perplejo. Intentó poner la oreja, pero la máquina seguía echando palabras sobre el papel de manera incesante. Un poco más tarde, la máquina paró un segundo y Barral oyó la voz peruana del novelista: «¿Qué haces así desnuda? ¡Vístete, que te vas a constipar!». Y la máquina volvió a sonar sobre el papel. Después, muy poco después, Barral oyó los tacones de la muchacha caminando con prisa hacia la puerta de salida e, inmediatamente, un portazo. El editor no salía de su perplejidad, pero la máquina de escribir seguía echando humo y quemando palabras como una locomotora del viejo Oeste quemaba madera mientras avanzaba por la pradera interminable. A las ocho de la tarde, cuando «Varguitas» terminó su trabajo y Barral, todavía soñoliento, le preguntó que si había entrado alguna mujer en la casa o él lo había soñado, el novelista le contestó imperturbable. «Sí, hombre, es una muchacha hermosísima, pero ¿qué quieres que hiciera? Yo estaba escribiendo…». El tipo era insobornable, insoportable, intransitable, impermeable incluso a la más elegante belleza femenina porque, claro, ¡estaba escribiendo!.

Hace menos de tres años, caminando los dos por una céntrica calle de Estocolmo, le señalé la fachada del teatro donde entregan los Nobel. «Ahí es», le dije. «Ya se pasó el tiempo, nunca me lo darán», me contestó. «Pero ¿tú nos has visto con qué arrobo te miraban ayer los viejos académicos en la fiesta del embajador Garrigues? Esto cae más temprano que tarde, aunque sea para ti más tarde que temprano», le contesté. Ese mismo día, los grandes rotativos de Estocolmo y de toda Suecia se hacían eco de la visita de Vargas Llosa con titulares que reclamaban el Nobel de Literatura «para el gigante de la novela del siglo XX y del XXI». En la tarde, durante un pequeño crucero que hicimos por las islas suecas, le dije a Nuria Amat mientras los dos observábamos aquel mar frío: «Está hecho, aunque él no se lo cree».

El jueves pasado, a la una menos dos minutos de la tarde, un amigo sueco muy informado me llamó desde Estocolmo para que me enterara uno de los primeros de que «Varguitas» por fin era el Nobel de Literatura. Yo estaba en Tenerife, una hora menos, cerca del Teide. Abrí una botella de Taittinger bien fría y brindé mirando al Atlántico con mi copa hasta el borde. Había ganado la literatura. Y me acordé de lo que Octavio Paz había dicho cuando Vargas Llosa perdió las elecciones presidenciales de su país frente a un delincuente que ahora está en la cárcel: «Lo siento por el Perú; me alegro por Vargas Llosa». Y yo también.

(Artículo del diario “ABC” de España, el 09/10/2010)

01
Jul
10

CARSON McCULLERS, LA RETRATISTA DE LO MAS DESOLADOR DEL DEEP SOUTH

CARSON McCULLERS, LA RETRATISTA
DE LO MÁS DESOLADOR DEL “DEEP SOUTH”

(Javier Memba)

La crítica suele situar a Lila Carson Smith, más conocida por su nombre de pluma, Carson McCullers, a mitad de camino entre William Faulkner y Truman Capote. Como aquél, McCullers nos propone la decadencia del Sur estadounidense mediante el retrato de sus miserables protagonistas; como éste, no puede dejar de sentir cierta ternura por sus personajes. Su obra, reducida a cuatro novelas y un par de colecciones de relatos, nos muestra un mundo desolador poblado por sordomudos, mirones, niñas que buscan refugio en su fantasía, homosexuales y viragos.

Nacida en Columbus (Georgia) el 19 de febrero de 1917, su primera idea fue convertirse en una brillante concertista de piano. Para ello se trasladó a Nueva York en 1937 con el propósito de estudiar música. Sin embargo, tras seguir unos cursos de escritura creativa en la Universidad de Columbia, su verdadero destino quedó fijado. Por lo demás, su experiencia musical nunca llegaría más allá de su participación en algunas orquestas de segunda, empleo que alternaría con el de recepcionista en un hotel y, más tarde, con el de periodista.

NINA PRODIGIO DE LAS LETRAS NORTEAMERICANAS

Su primera novela, ‘El corazón es un cazador solitario’ (1940), publicada cuando Carson sólo contaba 24 años, la convirtió en toda una niña prodigio de las letras norteamericanas. Saludada con entusiasmo por la crítica, en sus páginas se daba cuenta de la existencia de varios habitantes de un pequeño pueblo. Así se entrecruzan las historias de Copeland, un médico interesado en concienciar a los negros; Biff, el dueño del “drugstore”; Mick, una adolescente apasionada de la música -a buen seguro trasunto de la autora- cuyos sueños la evaden de la miseria de su hogar; Blount, un forastero alcohólico; el sordomudo John Singer, interlocutor ideal… Cada uno a su modo, todos ellos amenazan con una ruina inminente, a la vez que componen una amplia panorámica a través de los distintos matices de la soledad.

El año siguiente, en 1941, aparece la quizá sea su novela más conocida, merced a la adaptación cinematográfica de ella que realizara John Huston: ‘Reflejos en un ojo dorado’. Si en su primera entrega la autora fue a dar cuenta de las miserias de la sociedad civil de su sur natal, en este caso será la sociedad militar la que merezca la aguda observación de la escritora. En esta ocasión se nos propone la historia de un crimen -el que un capitán comete en la persona de un soldado al que le gustaba ver dormir desnuda a la mujer del oficial-, que no es otra cosa que la mejor disculpa que la autora encuentra para mostrarnos los más íntimos agobios de sus protagonistas. El oficial, sin ir más lejos, es homosexual.

PAGINAS REGADAS CON ALCOHOL 

Becada a raíz del éxito de su primera ficción por la Fundación Guggenheim, finalizada la guerra, como vienen haciendo desde los años 20 todos los escritores norteamericanos, Carson McCullers se instala en París. En la capital francesa contraerá matrimonio con un oficial norteamericano destinado allí. Pero Carson no estaba hecha para el matrimonio. Muy probablemente, ‘Frankie y la boda’ (1946) -donde se nos propone la triste experiencia de una niña convencida de podrá irse a vivir con su idolatrado hermano cuando éste se case- guarde cierta relación con la unión de la escritora.

De regreso a América, Carson comienza a ser presa de constantes depresiones que acaban llevándola al alcoholismo. Entre borrachera y borrachera, a página diaria se afirma en su edición española (Bruguera, 1984), escribe ‘Reloj sin manecillas’, aparecida en 1961. En ella acomete un tema ineludible para todos los escritores nacidos en el Sur estadounidense: la segregación racial y los problemas que ésta genera, vistos desde la perspectiva de un farmacéutico que, con tan solo 40 años, descubre que está punto de morir. A la sazón, Carson McCullers padece una parálisis que va minando su vida inexorablemente.

Publicada dentro del volumen de relatos al que da título, ‘La balada del café triste’ -que en España suele editarse como un texto independiente, narra una mísera e imposible historia de amor: la habida entre la virago Amelia y su primo, un tullido que roza la subnormalidad.

Muerta en Nueva York, el 15 de agosto de 1967, su última colección de relatos, ‘The Mortgaged Heart’, aparece en 1971. Para entonces, Carson McCullers ya esta considerada una de las voces más importantes y sugerentes de la literatura norteamericana del siglo XX.

(artículo diario “El Mundo” 10/10/2002)

14
Jun
10

LA VIDA INVENTADA DE QUIENES PUDIERON EXISTIR

LA VIDA INVENTADA DE QUIENES PUDIERON EXISTIR
(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

Adentrarme en la historia de los heterónimos es como tratar con ciencia ficción, unos somos los que poblamos la geografía mundial y otros los que pueblan los mundos del imaginarium, y que pese a haber dejado su estela, su huella, un nombre y una vida de identidad literaria, jamás existieron en la realidad. De esa especie de espectros ficcionales, es que trataré en este apartado, tema por demás osado, desafiante y apasionante, que está presente en el mundo de las letras y me remite a esas fuentes de todas las épocas, en la cual está patente la multiplicidad del artista escritor, en su versatilidad de multiplicarse y disociarse de sí mismo, en aras de un álter ego, que pudo representar una faceta distinta, comúnmente opuesta de su artífice y creador, bien llamado ortónimo, dentro de las figuras literarias.

Existen algunos casos muy notables por su gran envergadura y fama, de falsarios ilustres a veces menos famosos que sus heterónimos, pero que tuvieron su cuarto de hora de gloría, como diría el rey del Pop Art: Andy Warhol, perpetuándose, no sin menos asombro a posteriori, al llegar a descubrirse su verdad, muchas veces por notables y sesudos investigadores en detectar el engaño; otros existieron con más pena que gloria en una especie de anonimato, mientras algunos pudieron ser quizás un secreto a voces, como parte de alguna broma, una ironía filosófica, parte de un proceso lúdico, o formando un artificio burlesco o un humorismo intelectual del non sense.

Lógicamente tiene sus aristas, también se ha llegado a pensar que dentro del mundo interior rico y complejo del escritor creador, existen una serie de factores coadyuvantes de algún problema psiquiátrico, y hasta se relaciona con cierta crisis de identidad, un problema patente de personalidad múltiple, un desahogo de conciencia, o un serio problema de origen histérico-neurasténico, como lo creyó el escritor y poeta lusitano Fernando Pessoa, padre o creador de hasta 70 heterónimos, algunos de ellos destacados, (pero volveré otra vez al apartado de esta gran figura de las letras). Hubieron casos en los cuales se usaron heterónimos por los más diversos motivos, unos para poder realizar críticas sociales, ataques a rivales literarios, ataques al mecenazgo y la riqueza, desengaños por conseguir una vejez más digna en lo literario, económico y reconocimiento, caso del escritor español Lope de Vega, quien se sirvió de heterónimos con intención burlesca o para ironizar sobre ciertos temas.

El escritor y crítico literario Juan Manuel Rozas establece al menos tres características básicas de los heterónimos, aduciendo que la primera es característica externa y las otras dos internas:
1.) La creación de un personaje, entre lírica, dramática y narrativa. La fabulación voluntaria de un escritor distinto a uno mismo: un personaje que escriba versos.
2.) Un verdadero desdoblamiento del autor, lúcido y voluntario, como dice Pessoa, con dominio de la inteligencia sobre la emoción, viviendo cada estado del alma.
3.) Una situación de despersonalización aceptada, en la que uno llega a escribir sentimientos distintos a los propios, y aún opuestos. Es decir, que al escritor le dicta un ente de ficción.

Aunque la heteronimia sea una invención literaria, subyace en el hombre una búsqueda existencial, el hecho de sentirse varios, el ser múltiple o disgregado, explicaría la búsqueda de otro Yo ausente y mítico. Pero ya desde antiguo se vio en Nietzche, Sócrates, Platón y el mismo Kierkegaard, un hecho de utilización de máscaras, diálogos consigo mismos despersonalizados, lo mismo que en Shakespeare, suponiendo así que cada heterónimo representa una forma de ver el mundo, una dialéctica de la identidad, o una especie de saudade de felicidad infantil, como parece le ocurría a Pessoa, quien jamás abandonó el gran recurso imaginativo de su infancia, potenciado en su adultez en recreaciones literarias, donde llega a explotar una diversidad de posibilidades creativas, con características definidas dentro de la literatura.

Obviamente tenemos a los famosos heterónimos de escritores famosos, entre ellos destacar al burlesco por excelencia, Lope de Vega y su heterónimo el licenciado Tomé de Burguillos, quien fuera a su vez autor de sonetos de influencia petrarquista como: “Rimas Humanas y Divinas”, 179 poemas, entre los que se encuentra el poema narrativo “La Gatomaquia”. Se le atribuyó así mismo a “Amarilis” supuesta poetisa peruana, de quien se dijo fuera monja y admiradora suya, autora de “Epístola a Belardo”, que se publica en 1621.

El romántico inglés Thomas Chatterton, fue uno de los más arteros falsarios de la historia, que fallece por suicidio antes de los 18 años e inventó más por necesidad de ayudar a su familia, una serie de falsificaciones supuestamente medievales, manuscritos que simuló eran del Siglo XV y cuyo autor según dijo fue del monje Thomas Rowley, a cuya obra designó su autoría, las églogas: “Eleonure y Juga”, venta que le dio dinero y fama, y algún placer de burlarse de eruditos de la época. Finalmente el caso Chatterton fue descubierto por el profesor Skeat, quien demostró el carácter falso de la obra y que Rowley era Chatterton, cerrando así el debate.

No podría excluir de este apartado a James Macpherson, creador del tan famoso, bardo celta: Ossián. Para quien escribiría: “The Works of Ossian“ (1761) y “Fingal”, poema épico sobre el rey Fingal. El prestigio de esa obra fue enorme para los románticos europeos de entonces y libro de lectura preferida de poetas y filósofos famosos de esa época. Así mismo, Samuel Johnson dictaminó finalmente que sus poemas, eran en realidad obra de Macpherson, además jamás pudo mostrar el material original.

Fernando Pessoa, poeta lusitano, fue otro de los grandes ortónimos de heterónimos como: Chevaliar de Pas (el menos conocido de todos); Álvaro de Campos, autor de poemas como “Tabaquería”, autor de: “Oí contar que otrora cuando Persia”, “Poesías de Álvaro de Campos” (1944) y supuesto ingeniero, quien tuvo varias fases poéticas. Ricardo Reís, Latinista monárquico, según Pessoa se trasladó a Brasil y de obra clásica y depurada, autor de: “Odas de Ricardo Reís” (1946); Alberto Caeiro, Campesino con pocos estudios apenas la primaria, poeta, filósofo, no escribió prosa. Autor de: “Poemas de Alberto Caeiro” (1946).

Antonio Machado, poeta español también inventa heterónimos como Juan de Mairena, personaje filósofo y su maestro Abel Martín, llamando a los heterónimos “Apócrifos o complementarios“; así como el poeta Miguel de Unamuno, inventó al poeta Rafael y autor de “Teresa”. Felix Grande, creo el heterónimo Horacio Martín; José Emilio Pacheco, creo el heterónimo Julián Hernández, a quien hace decir “la poesía no es de nadie, se hace entre todos”. El escritor Julio Cortazar, inventa a Morelli en su novela “Rayuela”, y se cree es el álter ego del propio Cortazar. Valery Larbaud, poeta, escribe poemas que atribuye a su heterónimo: Archivald Olson Barnabooth. También esta el caso del poeta portugués Eca de Queirós, quien establecía una correspondencia que fue publicada con su heterónimo Fradique Mendes. El escritor hispano-mexicano Max Aub, crea al escritor y pintor Josep Torres Campalans, a quien dedica una biografía y para el que incluso pinta cuadros.

Deducimos finalmente que estos escritores u ortónimos, padres o creadores de heterónimos, los crean en base a distintas razones intrínsecas, ya fuere por un perpectivismo literario, una tendencia de expresión múltiple, un afán por lograr la destrucción de su propio Yo, o ironizar desdoblándose a sí mismos, intentando una forma de cosmovisión, procurando como diría Pessoa “ser plurales como el universo”, sin embargo, con la melancolía impresa y desilusión definitiva y amarga, de que todo es nada.

Barcelona, 13 de junio, 2010

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06
Feb
10

KAFKA: LA ANULACIÓN POR EL MIEDO

 

                KAFKA:  LA ANULACIÓN POR EL MIEDO
                   (Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

Muchas veces son de importancia preponderante en la vida adulta, las experiencias de la infancia,  mucho más, con ciertas personas del entorno. Es el  caso del escritor checo: Franz Kafka;  podríamos decir que la imponente figura de su padre:  Hermann Kafka, fue aparte de una relación traumática de amor-odio, una relación muy difícil para un Kafka aún niño, cuyos tortuosos recovecos lo dejarían muy marcado y con una conciencia evocadora casi aterrada por el miedo, aún después de años de escribirle su “Carta al Padre”, que jamás la leería el destinatario, porque su madre intermediaria,  no se la hizo llegar y se la devolvió a Kafka. Se evidencia en un fragmento de su propia carta.

“Querido padre:

No hace mucho me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestarte; en parte, precisamente por el miedo que te tengo; en parte porque en la explicación de dicho miedo intervienen demasiados pormenores para poder exponerlos con mediana consistencia. Y si, con esta carta, intento contestar a tu pregunta por escrito, lo haré sin duda de un modo muy incompleto, porque aún escribiendo, el miedo y sus consecuencias me atenazan al pensar en ti, y porque las dimensiones de la materia exceden con mucho los límites de mi memoria y de mi entendimiento.

                                                                         Franz Kafka.”

Un hombre de naturaleza extremadamente sensible que quedo  marcado para el resto de su existencia. Parecido influjo es de suponer tuvo el padre en sus tres hermanas que lo seguían: Gabriele (“Elli”),  Valerie (Vallie),  y Ottilie (Ottla), quienes morirían posteriormente en campos de exterminio Nazi.

 

 

Sin embargo, Kafka en su fuero interno tuvo tiempo de ir purgando sus propios demonios, relatar sus dolores tortuosos y de ir adentrándose en su lado más oscuro y doloroso, al recordar episodios de su infancia, con la  gran sensación de sentirse un esclavo,  con unas leyes que a su juicio su padre habría creado sólo para él, leyes que juzgó nunca pudo obedecer del todo, ambos equidistantes y cada cual en su propio mundo;  luego estaba el mundo de los otros, de aquellos libres de ordenes y obediencia, los felices. Para el caso describe así el aspecto cruel de su propio padre:  “En ti observé lo que tienen de enigmáticos los tiranos, cuya razón se basa en su persona, no en su pensamiento. Al menos así me lo parecía.”

La carta esta plagada de recuerdos negativos y tristemente célebres sobre su padre, sus salidas violentas, los gritos, la dureza extrema que empleaba con él, quizás en su absurda idea machista de hacer de Kafka un chico fuerte y valeroso, los malos tratos a su clientela en su tienda y a sus empleados, razón por la cual él rechazó desde siempre la tienda. Kafka expresa muchas veces la palabra vergüenza para relatar dichos episodios de su infancia, al mismo tiempo que se ponen de manifiesto en él, una sensación de inutilidad, sentimiento de culpa, miedo, repulsión de su padre hacia sus escritos, una gran timidez y una sensación de incapacidad para vencer su miedo al padre. Él mismo escribiría: “Me volví inconstante, indeciso. Cuanto más crecía, mayor era el material que podías oponerme como prueba de mi nulidad; poco a poco tuviste efectivamente razón en más de un aspecto…Tenías una confianza especial en la educación por medio de la ironía, que era a sí mismo la que mejor correspondía a tu superioridad sobre mi.”

 

Con Felice Bauer (1912)

Pero el aspecto de su independencia del padre, estaba cifrado más allá de él mismo, en el ideal de formar un matrimonio, excusa perfecta y plausible como para llegar a conseguirlo, en un intento de evasión del dominio paterno, liberándose al mismo tiempo de su tiranía, críticas, ironía y menosprecio. Su padre, no obstante, concibió el fracaso de su matrimonio como uno más de la lista de sus fracasos. Kafka rememora también su manera de relacionarse con su padre, siempre hablándole entre tartamudeos, por el gran temor que representaba para él. En cierta parte expresa su discrepancia y contradicción con la idea del matrimonio al decir: “el matrimonio me parecía también algo obsceno”…Su padre lo había amedrentado con la idea que debía antes de casarse frecuentar a prostitutas, para lo cual le había dicho previamente su padre: “si tienes miedo, yo mismo te acompañaré”…porque sino, según su padre, corría el riesgo de poner en vergüenza el buen nombre de su familia, entonces ante el dilema como diría él mismo: “habías reprimido, siempre (inconcientemente) mi capacidad de decisión”, ante su pudor, modestia, temor, recelo, servilismo e inseguridad y falta de confianza en sí mismo, abortó 2 veces en su vida llegar al matrimonio, pues “se sentía rechazado, sentenciado y vencido”, según sus propias palabras y rompió su compromiso matrimonial dos veces con su novia Felice Bauer, por su impotencia ante el matrimonio. Escribe en otra oportunidad a su  novia Milena Jasenská: “No puedo hacerte comprender, ni a ti ni a nadie, lo que pasa en mi interior.¿Cómo explicarte por qué me ocurre todo esto?. Ni siquiera puedo explicármelo a mí mismo. Pero tampoco esto es lo principal, lo principal es muy claro: me es imposible vivir una vida humana entre los hombres”. Otros compromisos sin matrimonio fueron los que mantuvo con Grete Bloch, Julie Wohrizek y Dora Diamant.

Hasta que Kafka decide finalmente dejar de intentar su independencia por el matrimonio. Pese a que ejerce como pasante en un buffet de abogados de un tío materno apellidado Löwy, y posteriormente trabaja en una aseguradora,  Kafka fallece sin poder  lograr ser él mismo en sus relaciones con las mujeres y más bien se vuelve a hundir en todos los peligros desesperados de la literatura, sin resolver jamás el gran conflicto creado por su padre desde su infancia.

Barcelona, 05 de febrero de 2010.

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12
Dic
09

BORGES: CRONOLOGÍA LITERARIA

 

   BORGES:  CRONOLOGÍA LITERARIA
       (Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

En 1899 nace Jorge Luís Isidro  Borges, un 24 de agosto, en la casa de sus padres: Jorge Guillermo Borges y Leonor Acevedo, situada en la calle Tucumán de Buenos Aires.

De chico recibe las primeras instrucciones de su institutriz inglesa miss Tink, quien les lee, a él y a su hermana, a Wells, Poe, Langfellow, Stevenson, Dickens, Cervantes (en inglés), Carrol, Mark Twain y “Las mil y una Noches”. Hace sus primeras practicas de escritura: un resumen de mitología griega y “la visera fatal” sobre el tema de El Quijote.
Traducida al español aparece en “El País” de Buenos Aires, en 1910 una versión suya de “El Príncipe Feliz”, de Oscar Wilde firmada como Jorge Borges, hijo.

El 3 de febrero de 1914 la familia de Borges viaja a Europa. Visitan Paris y Londres. El 4 de Agosto estalla la Primera Guerra Mundial y la familia se instala en Ginebra. En esa ciudad ingresa al Liceo Juan Calvino a estudiar bachillerato. Estudia francés y, por su cuenta, aprende alemán. Toma clases de latín con un clérigo. Escribe versos en francés.
Al finalizar la Primera Guerra Mundial en 1919, la familia realiza un viaje por Europa. Conoce en Sevilla España a los poetas del ultraísmo. Colabora con las revistas Ultra, Hélices y Cosmópolis. Publica su poema “Al Mar”.
Hacia 1921 La familia Borges retorna a Buenos Aires. Jorge Luís descubre su ciudad natal, a la que comienza a mitificar e idealizar. Conoce al escritor Macedonio Fernández y asiste a sus veladas literarias. Aunque comienza a descreer del ultraísmo, interviene con Fernández en la fundación de la revista ultraísta Proa, que se publica en 1922 y 1923.

Borges con su hermana Norah

Se relaciona con el poeta Oliverio Girondo y con otros escritores del grupo vanguardista Martín Fierro. Edita los poemas de ”Fervor de Buenos Aires” (1923), su primer libro. En julio la familia Borges emprende otra vez un viaje a Europa.

Publica el libro de poemas “Luna de Enfrente” (1925). Conoce a Victoria Ocampo, editora de la revista Sur.
En 1926 publica en colaboración con los escritores Vicente Huidobro, de Chile, y Alberto Hidalgo, de Perú, el “Índice de la Nueva Poesía Americana”, donde aparecen nuevos poemas suyos. Edita el libro de ensayos “El tamaño de mi esperanza”, que tiempo después eliminaría de sus “Obras completas“.

En 1927 se estrena como conferencista en los salones del diario “La Prensa”. Pese a su juventud es operado de cataratas. Conoce a Pablo Neruda y a Alfonso Reyes. Publica en la revista “Nosotros”, la primera versión de su poema “Fundación Mítica de Buenos Aires”, que aparecerá en 1929 en su libro “Cuadernos San Martín”. Publica en la revista Martín Fierro su relato “Leyenda Policial”.

En 1928 publica “El idioma de los argentinos”, que, pese a haber sido premiado, no incluirá en sus “Obras Completas”.
En el año 1929 edita “Cuadernos San Martín”, libro de poemas que gana el II Premio Municipal de Poesía de Buenos Aires.

Borges, 1921

Hacía el año 1930 publica “Evaristo Carriego” biografía del poeta porteño y al año siguiente comienza a trabajar en Sur, la revista dirigida por Victoria Ocampo, como miembro del Consejo de redacción.

En 1932 edita “Discusión”, libro de ensayos. Conoce a Adolfo Bioy Casares, junto a quien publicará muchos textos. Al lado de Ulises Petit de Murat, dirige el suplemento cultural del diario “Crítica”. Conoce a Federico García Lorca, quien se halla en Buenos Aires para el estreno mundial de “La casa de Bernarda Alba”.

Es en el año 1935 que  publica Historia Universal de la Infamia”, luego seguirán  sus ensayos: “Historia de la eternidad” (1936). Inicia en “El Hogar” la publicación de su columna “Libros y autores extranjeros”. Para Sur traduce “Un cuarto propio” de Virginia Woolf.

En colaboración de Pedro Enríquez Ureña, publica “antología Clásica de la literatura argentina” (1937). Traduce “Orlando” obra de Virginia Woolf.

Publica “Antología de la Literatura Fantástica” (1940) en colaboración de Bioy Casares y Silvina Ocampo, de cuya boda es padrino en ese mismo año.

Traduce “Un bárbaro en Asia” de Henri Michaux y “Palmeras Salvajes”, de William Faulkner. Publica “El jardín de senderos que se bifurcan” (1941). En colaboración de Bioy Casares y bajo el seudónimo de “H. Bustos Domecq”, edita “Dos fantasías memorables”.

En 1942 con “El jardín de senderos que se bifurcan” no obtiene el primero sino el segundo lugar en el Premio Nacional de Literatura, “Sur” dedica su número 94, editado en julio, a desagraviar a Borges; allí aparecen textos que protestan por la decisión del jurado, firmados por intelectuales como Enrique Amorín, Adolfo Bioy Casares, Eduardo Mellea, Ernesto Sábato y Pedro Henrique Mellea.

En 1944 publica “Ficciones”, una de las obras cumbres de la literatura del siglo XX que incluye “El Jardín de senderos que se bifurcan” y “Artificios”, otro volumen de relatos. En 1945 “Ficciones” recibe el gran Premio de honor a la Sociedad Argentina de Escritores.

En 1946 colaboración de Bioy Casares, edita “Dos fantasías memorables” y “Un modelo para la muerte”. Por manifestarse como Juan Domingo Perón, quien gobernaba en Argentina, y a favor de la democracia, se ve obligado a renunciar a su empleo de bibliotecario.

Aparece “El Aleph” (1949) su segunda obra maestra. Al año siguiente es designado Presidente de la sociedad Argentina de Escritores. Comienza a enseñar Literatura inglesa.

Borges, 1962

“Ficciones” es traducido al francés y editado en París en 1951. Publica en México “Antiguas Literaturas Germánicas” y en Buenos Aires “La muerte y la Brújula”, una antología de textos.
En 1952 publica su volumen de ensayos: “Otras Inquisiciones”. Es encargado de despedir los restos de Macedonio Fernández, gran amigo suyo y a quien admiraba como a un maestro. Edita en París “Labryrinths”, bajo el cuidado del narrrador y ensayista Roger Caillois.

En 1953 renuncia al cargo de Presidente de la Sociedad Argentina de Escritores. Comienza la edición de sus “Obras Completas”. Ya para el 54 publica “Poemas” (1923-1953).

Para el año 1955 es nombrado Director de la Biblioteca Nacional y elegido Miembro de la Academia Argentina de Letras. En colaboración de Bioy Casares escribe dos guiones para cine y además escribe: “Los Orilleros”, “El Paraíso de los Creyentes”.

Es designado catedrático titular de literatura inglesa y norteamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1956. Recibe el Premio Nacional de Literatura y el doctorado honoris causa de la Universidad de Cuyo.

En 1960 se afilia al Partido Conservador. Edita “El hacedor”. Obtiene el Gran Premio de Fondo Nacional de las Artes en 1962. Publica “El otro, el mismo” (1964). La revista literaria francesa “Cahiers de L’Herne” le dedica un número monográfico que incluye ensayos sobre su obra escritos por autores de muchas nacionalidades.

Publica “Para las seis cuerdas” (1965), conjunto de milongas a las que pone música Astor Piazzola.
El 21 de septiembre de 1967, a los sesenta y ocho años, se casa con Elsa Astete Millán, novia de su juventud, viuda reciente, vive con ella hasta octubre de 1970. Publica en colaboración de Bioy Casares “Crónicas de Bustos Domecq”. Edita “Obra poética” (1923-1967). Enseña en la Universidad de Harvard como profesor invitado.
En el año 1969 edita “Elogio de la Sombra”, traduce: “Hojas de hierba” de Walt Whitman. Publica en 1970 “El informe Brodie”. Obtiene el divorcio de Elsa Astete Millán. Logra el Premio de literatura de la Bienal de Sao Paulo. Sale al mercado su autobiografía en inglés. “Il Corriere della Sera” realiza una encuesta donde Borges aparece en el primer lugar como el escritor señalado para obtener el Premio Nobel de Literatura.

Borges y María Kodama.

En 1971 las Universidades de Oxford y de Columbia le otorgan el doctorado honoris causa. Publica “El oro de los tigres”. La Universidad de Michigan le concede el doctorado honoris causa en 1972.

 Es nombrado “ciudadano ilustre” de Buenos Aires en 1973. Publica la edición de un solo tomo de sus “Obras Completas” (1974). Edita “El Libro de Arena” y “La Rosa Profunda”. Fallece su madre a los 99 años. María Kodama se convierte en su asistente y compañera de viajes.
En 1976  junto a otros intelectuales acude a la recepción de la Casa Rosada, sede del gobierno presidido por el dictador Jorge Rafael Videla. Publica “La moneda de hierro” y “El libro de los sueños”. Edita en 1977 “Historia de la noche” y en colaboración con Bioy Casares “Nuevos Cuentos de Bustos Domecq”.
Publica Siete Noches” (1980). Compartido con Gerardo Diego, obtiene el Premio Cervantes de literatura. Firma junto a otros intelectuales una carta abierta donde se pide cuenta de los desaparecidos.
En 1981 aparece su libro de poemas: “La Cifra”. Edita “Nueve ensayos dantescos” (1982) . Critica al gobierno argentino de entonces.
En España recibe la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio en 1983. Interviene en algunos cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Publica “23 de agosto de 1983 y otro cuentos”.
En colaboración con María Kodama, publica “Atlas” en 1984. Sale a la luz “Los conjurados”, su último libro (1985).
El 26 de abril de 1986 se casa con María Kodama. Muriendo el  14 de junio en Ginebra. Es sepultado en el cementerio de Plain Palais.

Barcelona, diciembre de 2009.

17
Oct
09

HABITACIONES FELICES Y CON VISTAS

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HABITACIONES FELICES Y CON VISTAS
(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

En el intrincado mundo del hombre, parece impensado el acto de confinarse a una sola habitación, pero eso a veces es mejor a degradarse, tomar drogas, perderse en la vacuidad del consumismo, el consolarse comiendo, cuando en realidad, ese tipo de consuelo deviene de una sarta de frustraciones de otra índole, las economías sumergidas, la pobreza imperante, el no haber conseguido objetivos, el desplome de algunos sueños, las ilusiones perdidas y otras rotas quimeras inalcanzables, las insatisfacciones cotidianas, el vacío por la invasión de una atenazante soledad, la incomprensión de aquellos que estando cerca, parecen existir en mundos paralelos, la ineficaz conexión con otros seres de nuestro entorno, los fallos perdurables que suscitan la sensación de irremediables, como si no pudiéramos permitirnos el lujo de fallar, equivocarnos o errar los caminos o nuestras elecciones, las aspiraciones truncadas, con visos de imposibles, todo ello que va dejando un mal sabor de boca y un gran resquemor en nuestro ánimo, en el mundo de nosotros, los mortales y podrían ser causantes de amilanar y aniquilar la sonrisa y el bienestar de cualquier congénere en cualquier tiempo y lugar.

Sin embargo; he hallado indicios de seres que aspiraron o aspirarían tener su propio Wonderland privado en una habitación, —los más interesantes creo yo—, que nada los ha hecho más felices que ser reos de sí mismo, confinados en cuatro paredes, aquellos quienes después de conocer el mundo quisieron por voluntad propia renunciar a él, aquellos quienes después de conocer las felicidades efímeras, las buscaron en habitaciones cerradas para el mundo y decidieron crearse un mundo aparte y quizás lleno de infinitas posibilidades, donde ellos lograron gobernar y reinar en cierto modo, sin llegar a perder la felicidad, la dicha vedada a los ramplones y llegaron a conocer placeres desconocidos e impensados para una inmensa mayoría de personas; aquellos que se llevaron el scalextric con todas sus rutas marcadas a la habitación, como se lleva el mapa michelín de carreteras antes de un magnifico viaje de vacaciones y aguardaron en las estaciones cerradas y confinadas, el paso de los trenes en el tiempo, con las horas del reloj en los andenes, el maletín de los sueños e ilusiones, el abrigo y el agur que anuncia los adioses y los buenos días, al paso de cada tren en la estación de madrugada o medianoche, según se mire, para no perderse ninguno y llegar a tiempo a las citas con la vida, con la presteza optimista de dar en la diana y alcanzar el éxito primero, que no existe tal vez en ningún otro mundo y realizar los viajes hacía senderos llenos de promesas y razones. Quizás en su mundo también existieron la lobreguez de las tardes fragosas de junio, las tempestades añosas, para las cuales ya previeron los paraguas, la gabardina y los pañuelos blancos, para los catarros, las lágrimas o los sudores del pack del cansancio y la inspiración, que conlleva el trabajo que no reporta dinero, ni se espera y raramente asoma hacia el velo de lo infranqueable y traspasa los confines de esas cuatro paredes.

Encontré grandes figuras del pasado, escritores como el mismo Franz Kafka que habría aspirado gustoso hallar un sótano tranquilo, inadvertido y silencioso, para confinarse y escribir lejos del mundanal ruido y recibir la comida en la puerta cada día; quizás su gran deseo frustrado de soledad y aislamiento, porque por escribir y dedicar su vida a ello tampoco se casó, pese a tener etapas más o menos felices y afortunadas con sus novias de entonces, Felice Bauer, fue una de ellas, cuya correspondencia atestigua su estado de gran felicidad, luego tuvo otra novia o amor frustrado con Milena Jassenska y posteriormente con la judía Dora Diamant. La soledad, el desamparo y su derrumbamiento interno, fueron causa constante de su “agobiante observación de sí mismo”, la desesperación y el absurdo se observan con frecuencia en su narrativa, las claves y leyes incomprendidas que rigen el mundo, contra las cuales parece quedarse perplejo, confundido y revelarse constantemente. La norteamericana, Emily Dickinson, es la poetisa y escritora que más férreamente vive su aislamiento del mundo, quien realmente vivió y murió en el anonimato y quien escribió en la sombría estancia de Amherst, en la que Dickinson escribió toda su obra. Durante al menos un cuarto de siglo, no salio nunca de su casa, ni siquiera ya en sus últimos años de su habitación. Respondió una vez a Higginson, su maestro, al preguntarle si había ido a ver a su médico: “No he podido ir, pero trabajo en mi prisión y soy huésped de mi misma”. Otro grande de la literatura, el eximio, Snob y diletante mundano, Marcel Proust, quien cansado del mundo social en el cual se movía a menudo, anhela huir posteriormente después de una larga vida social y de la dolorosa experiencia de la muerte de su madre. Relata como un buen día se sintió un extraño, vacío y ajeno a todo aquel boato y exuberancia que lo circundaba, para dejar de asistir a las invitaciones constantes, inventándose excusas en un principio y evitándolas por completo después,  para vivir recluido en el 102 del Boulevard Haussmann de París, donde pide se recubran de corcho las paredes de su habitación, para aislarse de ruidos y volcarse en su extenso y monumental trabajo por completo, trabajo de gran esfuerzo de memorización e intento de recuperación del tiempo perdido, que le sirvió de aliciente para hallar un sentido real a su existencia, viviendo de noche y tomando mucho café, como lo relataría posteriormente Celeste Albaret, su asistente en esos años y quien estuvo presente en sus últimos momentos de vida.

Friedrich Hölderlin, poeta lírico alemán que se confinó 40 años a sí mismo en Tubinga, escribiendo sus obras y su poesía, incluida su famosa Hiperión, dedicada a su gran amor, una mujer casada con Jakob Gontard, a quien llamó Doitima en su poema Hiperión, dedicándole otros muchos poemas, y cuyo nombre real era Susette. Puedo recordar a un famoso personaje de Melville que se confinó a si mismo en su trabajo de oficina, “Bartleby el escribiente”, incurablemente solitario, llegando a la apatía total y a una gran dejadez para ejercer el trabajo de escribiente para el cual fuera contratado, respondiendo siempre igual y con una gran indiferencia ante los reclamos de su jefe: “preferiría no hacerlo”, quien termina siendo detenido por vago y encarcelado, dejándose finalmente morir de hambre en esa cárcel.

Pero más asombroso y conmovedor que todo historial habido y por haber, es tal vez el confinamiento voluntario y real de millones de jóvenes de hoy en día, llamados los Hikikimori en el Japón de hoy, que juzgo ocurre en cualquier rincón del planeta y cuya tendencia va en aumento. Ello es equivalente a los adolescentes y jóvenes adultos que deciden y prefieren recluirse en sus habitaciones, aislarse paulatinamente más y más, hasta llegar a perder el contacto con sus amistades y hasta con su familia. Es un nuevo fenómeno social que puede darse por desengaños amorosos, con sus colegas o jefes, depresiones, miedos a enfrentarse al mundo, debido a la gran presión que ejerce la sociedad sobre ellos y debido a la vida competitiva y difícil que se presenta, convirtiéndose en parásitos de sus padres y gozando a un mismo tiempo de todas las comodidades, sin esfuerzo alguno, cuyo único contacto con el mundo o los pocos amigos: es el Internet, la televisión y distraerse con los videojuegos, algunos piensan en el suicidio como una vía de escape ante las presiones familiares o sociales, con determinadas fobias inobjetables. Los medios tecnológicos de hoy en día, facilitan el fenómeno y lo hacen mucho más soportable para el Hikikimori, no así para la familia o la forma de volver a integrarlo con la realidad exterior.

Es interesante tener un mundo interior y particular, contar con momentos tranquilos que nos permitan trabajar a gusto y poder aislarse de vez en cuando, pero sin extralimitarnos en ello. Opino que jugar en solitario es extremadamente grato, también lograr ser fieles a nosotros mismos, mucho más el llegar a descubrir que no existen infiernos para los corazones solitarios, y detrás de una ventana también se pueden llegar a vislumbrar, algunos placeres que no conocen los mediocres, sin tener que confinarnos al aislamiento por ello y una especie de encuentro con ciertos paraísos perdidos, imposibles de hallar tan lejos de nosotros mismos.

 Avinyó, Barcelona, 12 de octubre de 2009.

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08
Sep
09

MONSIEUR FLAUBERT, C’EST MOI

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MONSIEUR FLAUBERT, C’EST MOI
¿El Idiota de la Familia?
(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

En cerca de  cuatro mil  páginas y en 3 tomos, escritos entre 1971-1972, comprendidos de la  existencia de Flaubert entre 1821 a 1857, y en una sobria edición de Gallimard, el filósofo existencialista Jean Paul Sastre,  se dio a la tarea de intentar demostrar lo indemostrable, que el gran novelista francés Gustave Flaubert, fuera considerado el idiota de su familia. Todos quisimos ser alguna vez Flaubert, igualar la agilidad de su exuberante pluma, dar en el clavo con el uso de “le mot juste”, como lo hizo este gran novelista y padre de “Madame Bovary” y la “Educación Sentimental”, entre otras. Escritores como el propio Joseph Conrad, Mario Vargas-Llosa, Tolstoi, Navokov, Henry James y Guy de Maupassant, lo han estudiado e intentado emular su genio y estilo escritural. Georges Perec,  se confesó como un saqueador de frases de Flaubert,  de su novela “La Educación Sentimental” e incluirlas en la suya llamada: “Las Cosas: Una historia de los años sesenta” y sólo por desear ser  Flaubert. Como lo dijera alguna vez el propio Flaubert:  “Madame Bovary, soy yo”.   Él,  quien supo meterse indudablemente en la piel de su personaje: Emma Bovary, hasta en el momento crucial de envenenarla con arsénico, narraría después, que padeció de largas y extrañas indigestiones;  jamás habría creído que pudiese ser considerado un idiota en su familia, sólo por haber aprendido a leer entre los 7 y 8 años, pero su proceso era distinto muy posiblemente, habríamos que analizar pacientemente, sin embargo, qué había dentro de un gran genio como Flaubert, si bien es cierto,  fue un mal alumno en su Colegio y  fue considerado un vago, porque él tenía su propio mundo, es posible que hoy en día habría sido diagnosticado como un niño con Síndrome de  Déficit de Atención, como muchos de nosotros mismos de pequeños, que pareciamos habitar en nuestro propio planeta, ensimismado en algunas nubes, un mundo particular muy propio de los artistas y creadores fantasiosos y más propio de las mentes creativas, que de las prácticas y muy afincadas en tierra firme, más dispuestas a vivir del mundo tangible, que a volar con sueños e imaginarios gravitantes y fantasiosos que poblaron su mente de ensoñaciones lejanas que lo mantenían soñando despierto.

Ya notamos en el filósofo Jean Paul Sartre, un apasionado interés por aquellos artistas y escritores famosos, inteligentes, de vida tormentosa y rebeldes, como Baudelaire, y Jean Genet,  caídos en cierto modo en desgracia y cuyas oscuras existencias se impusieron con un brillo inusitado, pese a un sino desgraciado. Gustaba de analizarlos en el marco de una antropología existencial, no exenta de crudeza, como propuestas audaces y no menos polémicas que sin lugar a dudas levanta aún ampollas con “L’Idiot de la famille”. Los propios editores de Sartre, juzgan ambigua la relación Sartre-Flaubert, por contradictoria, cargada de antipatías y manifiestas simpatías. Considera a Flaubert, el autor de una cosa, que por otro lado sólo su obsesión le incitó a proseguir escribiéndola.

En el estudio Sartriano saldrían a la luz algunos aspectos del genio, su infancia, su relación con una madre poco afectuosa y un  padre tirano, su dificultad con las palabras y su eterno deseo de emular siempre a su hermano mayor,  a quien vio como un modelo a seguir.

La novela de Flaubert, “Madame Bovary”, fuerte quizás para algunos puritanos de su época, le acarreó acciones legales por un tribunal. A lo que el español Francisco Umbral comentaría: “Al solterón más casto y feo de Francia, al masturbador literario de su prosa, al solitario que sólo vive orgías de tabaco y aburrimiento, en sus paraísos de humo y gramática, se le pone un proceso por inmoral”. Y más aun, ya en el siglo XX, es declarada “pornográfica” por La Congregación del Santo Oficio e incluida en el Índice de los Libros “perversos”.

A su vez Jean Paul Sartre justifica su razón para escribir sobre Flaubert del siguiente modo: “

…¿por qué Flaubert? Por tres razones. La primera, completamente personal, hace ya mucho tiempo que dejó de actuar, aunque esté en el origen de mi elección; en 1943, al releer la Correspondencia de Flaubert, sentí que tenía una cuenta que arreglar con él y que para ello debía conocerlo mejor. Desde entonces mi antipatía inicial se trocó en empatía, única actitud requerida para comprender. Por otra parte, Flaubert se ha objetivado en sus libros… ¿Cuál es, pues, la relación del hombre con la obra..? Por último, me pareció que para esta difícil prueba era lícito escoger a un sujeto fácil… Añado que Flaubert, creador de la novela “moderna”, está en el cruce de todos nuestros problemas literarios de hoy. Y ahora, debemos comenzar. ¿Cómo? ¿Por dónde? Poco importa: se entra en un muerto como Pedro por su casa. Lo esencial es partir de un problema…”

Sabiendo que nadie es profeta en su tierra, un genio en las distancias cortas es o será siempre uno más de la especie humana, con sus virtudes y sus defectos, alguien con sus peculiaridades comunes y sus excentricidades quizás, que al fin y al cabo hasta para sus propios allegados, se constituye en un ser querido, pero nada más. Otras historias de famosos escritores avalarían esta tesis. Cuenta Vila-Matas que pese a las grandes afinidades y la gran amistad fraguada entre los escritores Jorge Luis Borges y sus grandes amigos Bioy Casares y su mujer Silvina Ocampo, ésta buscaba mil estratagemas cada vez que Bioy invitaba a comer a su casa a Borges, en cambio, ese privilegio lo habrían anhelado muchos de sus férreos seguidores y admiradores. Oí alguna vez en mi familia, por comentarios veraces, que Borges en persona no deslumbraba en absoluto, como en sus libros, quizas era de aquellos genios que como Flaubert necesitaba tiempo para fluir con admirable contundencia, y parecía en cambio muy silvestre y muy “normalito” en sus tertulias entre amigos. El mismo Franz Kafka, ya sea por inseguridades personales o no,  fue publicado y dado a conocer gracias a las diligencias y publicaciones póstumas de sus libros, que le hiciera su buen amigo Max Brod.

Otro caso, quizas de los muchos acaecidos en famosos escritores,  es el poco aprecio y valor que le da la  propia famila a los escritos  de sus allegados. La poeta gallega Rosalía de Castro, encargó a sus hijas que una vez fallecida, quemaran sus poemas, cosa que las hijas realizaron, salvándose por suerte muy pocos de sus valiosos poemas. La hermana de Fernando  Pessoa, creería que no era su hermano quien escribía sino otro, tal vez en ello él mismo  tuvo parte de culpa, pues  tenía varios heterónimos, luego, ya al fallecer el poeta, la hermana consideraría toda la soledad de su hermano y se lamentaría con los años por ello. Se cuenta igualmente que la madre polaca del poeta Apollinaire expresaría alguna vez: “¿Mi hijo un poeta?. Decid más bien que era un haragán. Rostand: ¡Ese sí, que era un poeta!”…

Y volviendo a nuestro predilecto escritor francés,  Gustave Flaubert, deseo añadir que nunca se casó, que se dedicó en cuerpo y alma a escribir sus novelas y según Emile Faguet, la única relación sentimental que marcaría su vida y tuviera un real significado para Flaubert,  sería la que mantuvo con la poetisa Louise Colet, relación tormentosa e intensa que está preservada en las innumerables cartas que ambos se escribieron a lo largo de diez añós. 

 

Barcelona, 08 de septiembre de 2009. 

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06
Ago
09

INSTANTES

“Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.

Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.

Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.

Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.

Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.

Pero ya ven, tengo 85 años…
y sé que me estoy muriendo.”

(Texto atribuido a Jorge Luis Borges, pero queda en duda su autoría)

05
Jul
09

IWTOLD GOMBROWICZ Y LA GIOCONDA

 

WITOLD GOMBROWICZ Y LA GIOCONDA
(Juan Carlos Gómez)

Gombrowicz era todavía un adolescente y ya el mundo se la hacía insoportable. La familia, la sociedad, la nación, el estado, el ejército, los ideales, las ideologías y él mismo le resultaban unas caricaturas. Erraba por los campos cabizbajo aplastando terrones con la punta de sus zapatos. No había dejado de creer pero la fe ya no le interesaba por lo que su soledad llegó a ser completa.

Cuando observaba a sus compañeros de la infancia, pequeños campesinos que habían integrado una guardia que él organizaba y comandaba, se daba cuenta que ellos no eran caricaturas, eran sencillos y sinceros. No podía comprender por qué la cultura y la educación falsificaban al hombre, mientras el analfabetismo daba buenos resultados. Viajando en tren hacia Varsovia, en circunstancias extrañas y dramáticas, se le vino a la cabeza una idea que, por lo menos en parte, le aclaró este enigma.

En la estación siguiente a la de su ascenso al tren subió uno de sus tíos Kotkowski y se sentó junto a él. Era un hombre mayor, terrateniente, tirador excelente y apasionado por la caza. De repente miró a su alrededor: –Salgan, por favor. La gente observó que estaba armando un revolver, y otra vez con tono firme pero sin levantar la voz : –Salgan, por favor. El compartimento se vació en un santiamén, entonces el tío le guiñó un ojo.

La Gioconda

“Por fin, un poco más de espacio. Había tanta gente que no sabía lo que decía. Ando mal de los nervios, no puedo dormir, voy a Varsovia a ver si allí mejoro un poco” Gombrowicz se dio cuenta que se había vuelto loco, que dispararía si lo provocaban, tuvo que convencerlo al guarda del tren de que podía controlarlo hasta que llegaran a Varsovia.

“Es terrible que todo terrateniente tenga que ser un excéntrico y haya de comportarse como si estuviera chiflado; –¿Tú crees? Pero sí, es verdad, lo he observado, se han vuelto tan extravagantes que da vergüenza, serán sus fortunas que se le han subido a la cabeza; –Sabes tío, yo tengo una teoría (…)”

“La gente sencilla vive una vida natural, sus necesidades son elementales y por lo tanto sus valores son verdaderos; –¡Qué cosas dices!; –Para un hombre rico, en cambio, el pan, por ejemplo, no es un valor porque está saciado de pan. Un hombre rico no tiene que luchar para vivir, entonces inventa necesidades artificiales, es decir, falsas: el cigarrillo, la elegancia, la genealogía, los galgos, por eso son excéntricos y no encuentran el tono adecuado”.

La necesidad artificial y falsa del cigarrillo Gombrowicz la emplearía mucho tiempo después en la polémica que mantuvo con Jean Dubuffet sobre la naturaleza de la pintura.

Con esta explicación que le dio al tío no sólo resolvió el enigma de la educación y el analfabetismo, sino que también dio una clase doméstica de lo que el marxismo llama la dialéctica de las necesidades y los valores.. La idea sobre lo artificioso de la forma de las clases superiores iba a ser uno de los puntos de partida de su trabajo artístico.

“Cuando, transcurridos una decena de años, narré a los hombres de letras del café Ziemianska, cómo por miedo a un revólver cargado llegué a concebir una de las tesis fundamentales del marxismo, los contertulios se me echaron encima acusándome de fabulador”.

Quizá sea útil saber, para estar informado sobre la verdadera naturaleza del cigarrillo, esa arma terrible que Gombrowicz esgrimía para combatir a la pintura, que fumaba cuarenta cigarrillos por día, y que los sostenía al modo de los fumadores de pipa.

Los cigarrillos que fumaba eran horribles y muy fuertes, dejaba el paquete sobre la mesa, y si alguien le ofrecía cigarrillos importados, los rechazaba con dignidad: –No, gracias, yo fuma Tecla. Quien le ofrecía con frecuencia cigarrillos norteamericanos era un personaje del café Rex, un suizo alemán al que todo el mundo llamaba Philip Morris. Elegante, serio, puntual, sólo fumaba esa marca de cigarrillos. Gombrowicz le despreciaba sistemáticamente esas invitaciones, pero lo desplumaba jugando al ajedrez, poca plata, apenas le alcanzaba para pagarse una comida.

Gombrowicz emprendió su peregrinación a Francia como un estudiante sin mundo, provinciano y, no obstante, profundamente ligado a Europa, para poner a prueba las conclusiones que había sacado de la clase doméstica que le había dado al tío Kotkowski sobre la dialéctica de las necesidades.

En París caminaba por las calles, no visitaba nada y no tenía curiosidad por nada. Su indiferencia no era más que una apariencia que ocultaba en el fondo una guerra implacable. Como polaco, como representante de una cultura débil, tenía que defender su soberanía, no podía permitir que París se le impusiera. La necesidad de preservar su independencia y su dignidad le impedía gozar de París, no podía admirar a París.

“¿Le gusta París?; –Así, así. A decir verdad no he visitado nada; –¿Por qué?; –No me gusta levantar la cabeza delante de los edificios y, en general, las visitas turísticas me aburren y deprimen; –¿Así que París no ha tenido la suerte de caerle en gracia?; –Bueno… más o menos… no mucho; –Pero, cómo, ¿no le gustan las perspectivas de la Place de la Concorde?; –Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico y por el Renacimiento. Lástima que la población no esté a la altura… Para ser sincero los parisinos son más bien feos y carecen de encanto…”

Desde muy joven la admiración constituyó para Gombrowicz una actitud impracticable. No sé que es lo que habrá hecho en Polonia pero aquí, en Buenos Aires, entraba a las exposiciones renqueando apoyado en alguno de nosotros; si le preguntaban algo, en algunos casos alegaba que lo hacía para compensar alguna falta de balance de la propia exposición, y en otros porque le dolía mucho una pierna, y que era una lástima que la belleza de la pintura calmara menos el dolor que una aspirina.

Cuando en la quinta de Hurlingham me presentó las esculturas metálicas de Giangrande evitó que me pusiera en pose de admiración: –Vea, son unos pluviómetros muy especiales que se fabrican aquí para una empresa agrícola. En París, en una de esas tardes de vagabundeo, acompañó a su amigo Jules al Louvre.

“Cuando se me ocurre ir a un museo me preocupo mucho más por los rostros de los visitantes que por los rostros pintados. Mientras los rostros pintados miran con una tranquilidad soberana, en los rostros vivientes y reales se nota algo convulsivo y desesperado, falso y ficticio que hasta puede asustar a una persona poco acostumbrada. Ah, por Dios, estas miradas piadosas o conocedoras, ese esfuerzo para ‘estar a la altura’, esa pseudo profundidad que se junta con todo un mar de pseudo impresiones, pseudo sentimientos, pseudo juicios (…)”

“La Gioconda es una hermosa tela, pero si Leonardo da Vinci hubiese podido presentir las convulsiones que originaría su cuadro, es posible que hubiese aniquilado el rostro pintado para salvar los rostros reales”.

Jules había adoptado de repente un aire místico, se acercaba a los cuadros en estado de tensión, Gombrowicz pensó que adoptaba esa pose para atraerlo a su culto, mientras tanto echaba miradas desabridas a los cuadros con una mezcla de menosprecio y aburrimiento que le producía el exceso de pintura: –¿Por qué me haces reproches?, no comprendes que yo no miraba los cuadros, sino otra cosa; –¿Qué cosa?; –La gente, tu miras los cuadros y yo miro a la gente que admira los cuadros, tienen una expresión estúpida, ¿entiendes?, un hombre al admirar un cuadro pone cara de imbécil, ¡es un hecho!.

La belleza de la pintura afeaba la cara de los admiradores, el cuadro era hermoso, pero lo que había delante del cuadro era esnobismo y un esfuerzo torpe para advertir algo de esa belleza de cuya existencia se estaba informado.

El sentimiento de admiración que aparece de vez en cuando en las obras de Giombrowicz, es un sentimiento de admiración derrumbado, enfermizo y teatral. Con una expresión de perfecto campesino Gombrowicz echaba unas miradas descuidadas a aquellas salas llenas de la monotonía infinita de las obras de arte. Bostezaba. La expresión de Jules rayaba entre la histeria y el odio: –Estoy harto, Basta. ¡Vámonos! Salimos al mundo, ¡qué delicia!: sol, mujeres.

“Cuando hombres normales e inteligentes en todas las demás realidades se pierden de modo tan lamentable frente a cierta clase de fenómenos, esto quiere decir que hay algo de falso y de malo en su relación misma con esos fenómenos. Y, por cierto, en el terreno artístico se acumuló una cantidad tan grande de absurdos, paradojas, falsedades, que eso no se puede explicar sino por algún error básico en nuestro modo de tratar el asunto. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que delante de un cuadro firmado por Rafael nos muramos de entusiasmo y la copia del mismo cuadro aunque perfecta nos deje fríos?”.

El escritor debe obligarse a desarrollar una política frente a la cultura, no puede dejarse subyugar, debe conservar su soberanía y no tan sólo en atención a su yo. La atracción que produce la belleza en el arte no tiene lugar en una atmósfera de libertad, una voluntad colectiva que pertenece a la región interhumana de la que no tenemos conciencia nos obliga a admirar.

De modo que somos puestos en el trance de tener que admirar, la relación que surge entonces entre el que admira y la belleza que admira es falsa. En esta escuela de tergiversaciones se ha formado un estilo, no sólo artístico sino también de pensar y de sentir de una elite que se perfecciona y consigue la seguridad de su forma de una manera inauténtica.

“¿Cómo es posible reducir todo eso a la pura estética y a una retórica estéril y vacía sobre la grandeza del arte? ¿Cómo se puede de tal modo enseñar la literatura y el arte a los niños en las escuelas acostumbrándonos desde pequeños a una pura ficción? Nuestra vida artística se desarrolla en un clima de perpetua mentira, y es por eso que la clase culta no tiene ningún real contacto con la cultura y que, en verdad, todas nuestras actuaciones culturales recuerdan mucho más un rito solemne que una auténtica convivencia espiritual. Mientras no tengamos el valor necesario para dejar las ilusiones, mientras no lleguemos a una mejor conciencia de las fuerzas que nos dominan, siempre el rostro pintado de la Gioconda va a transformar nuestro propio rostro en algo… algo… en fin, en algo bastante dudoso”.

 

18
Jun
09

RAINER MARÍA RILKE, UN ELEGÍACO

Rilke1

                     RAINER MARÍA RILKE,  UN ELEGÍACO
                        (Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

René Maria Rilke, nace un 4 de diciembre de 1875 en Praga. Sus padres, un matrimonio desigual. Ella ambiciosa y de una mejor situación social que la del padre, él un militar que debido a su mala salud debe abandonar la carrera militar e intenta imprimir en su hijo una disciplina y educación militar que revierte negativamente en la vida del poeta. A sus 9 años es inevitable la separación de sus padres y a los 10 años ingresa a la Academia de Sant Pölten, en Munich, donde permanecerá 4 años, luego de ser enviado a la Academia de Mährisch-Weisskirchen, dándosele de baja posteriormente por su precaria salud. Educación castrense que reconocerá más tarde el poeta como el origen de su dolor existencial, viéndose mermado de su fuerza vital, en cambio emprenderá un camino de introspección y una soledad que permanecerá a lo largo de su vida.

Por influencia de su tío Jaroslaw se prepara para acceder a la Universidad de Praga donde se matricula primero en Filosofía el año 1895 y luego en derecho. A los 19 años ya Rilke cuenta en Praga con varias publicaciones y frecuenta círculos literarios, publicando en periódicos y revistas. Pese a su afán de promocionar su obra, retira él mismo de la librerías su primer libro. Fase que considerará más tarde el poeta como de búsqueda de referencias.

En 1896 regresa a Munich, hecho que cambiará radicalmente su vida, y aunque conserve su peculiar sensación de horfandad y soledad, aunado a su caracter especial, se irá consolidando su genial interés por el quehacer literario y creador.

Munich significa una distancia saludable con respecto a su familia y se manifestará con una concentración casi exclusiva por la escritura. Se enriquece realizando numerosas visitas a Museos, estudiando italiano e historia del arte; y en una de sus visitas a tertulias, donde se va haciendo un círculo social, conoce a Lou Andreas -Salomé, intelectual y escritora que influirá decididamente en su maduración poética, aparte de entablar con ella una intensa relación amorosa, marcada por la admiración y la amistad, que mantendrá hasta el final de sus días.

El encuentro con Lou, será además una especie de ruptura con el pasado, pues ella influirá en su cambio de nombre de René a Rainer, forma alemana de René, con cuyo nombre formará su libro: “Mir Zur Feier”.

Rilke se instala posteriormente en la capital alemana y en abril de 1898 viaja por primera vez a Florencia y Toscana, donde da inicio a su “Diario Florentino”. Dadas las buenas relaciones con el matrimonio de Lou y su marido Carl Andreas, realizan juntos un viaje por Rusia, que ejercerá en el poeta una notable influencia. Su encuentro con Tolstoi y su experiencia de la Pascua, supondrán para Rilke una notable revelación sobre los moscovitas, tanto así que se animará a retornar a Rusia en compañía de Lou solamente. Un nuevo encuentro con el escritor Tolstoi y el conocimiento del alma del país moscovita le influenciarán sobremanera en su obra: “El Libro de las Horas”, donde incluirá nuevos conceptos sobre un Dios no cristiano. Al final de este segundo viaje por Rusia, se definirá su separación sentimental de Lou, debido al estado de ansiedad constante que experimenta el poeta. A partir de allí su obra y su vida se ven impulsadas de una gran libertad.

Al regresar a Rusia en 1900, el poeta no sólo visita Worpswede, sino que se asienta allí, después de visitar al pintor Heinrich Vogeler se encontrará con un grupo de artistas viviendo en comunión con la naturaleza. En este lugar el poeta intentará establecerse, en un intento de renuncia a su aventurera vida. En esta estancia conocerá a la pintora Paula Becker, a quien años más tarde dedicará su obra: “Requiem para Una Amiga”, quien al poco tiempo contraería matrimonio con el pintor Modershon, también trabará una profunda amistad con la pintora Clara Westhoff, discípula de Rodín, con quien contraerá matrimonio el 28 de abril de 1902, y con quien tendrá una hija: Ruth, que nacerá el 12 de diciembre del mismo año. Es un matrimonio que no está basado en los cánones tradicionales, imposible de sobrellevar para dos artistas, que en cambio intentarán ser ambos guardianes de su propia soledad y aunque en breve se separan, quedando su hija al cuidado de sus abuelos, mantendrán más tarde una intensa amistad epistolar.

Libre otra vez, Rilke se refugia en el castillo del Príncipe Emilio Scönach-Carolath, aquí volcará todo su tiempo a su labor literaria y al disfrute de su soledad, además de la corrección del manuscrito de su obra: “Libro de las Imágenes”.

Ya para entonces y con algunas obras publicadas más un cierto éxito de público. Rilke llega a París, en la cual termina la redacción de “Nuevas Poesías” y se dedica a escribir: “Malte Laurids Brigge”. El historiador de arte Richard Muther encarga a Rilke la preparación de una monografía sobre el escultor Auguste Rodín, razón por la que el poeta se afinca en París. Rodín será para Rilke fuente de inspiración y un ejemplo de trabajo.

Después el poeta se traslada a Viareggio,  en busca de un lugar de refugio y descanso de la bulliciosa París, en donde termina su libro: “El Libro de la Pobreza y de la Muerte”, que viene a ser la tercera parte del  “Libro de las Horas”.Posteriormente emprende un periplo por Roma y al año siguiente por los paises escandinavos, un peregrinaje que se prolongará hasta el fin de sus días. Estará inspirado por los nórdicos Jens Peter Jacobsen y el filósofo Kierkegäard.

Entre 1910 y 1914 cambiará por lo menos 50 veces de lugar de residencia. Viajará por Alemania, Francia, el Norte de África, Italia, España. Trabará amistad con la duquesa de Thum und Taxis, quien le permitirá descansar en su castillo del Duino, lugar que dará nombre a uno de sus libros: “Elegías de Duino”, obra que tendrá hasta una novena parte y le costará al artista no pocos sufrimientos y trabajo a lo largo de diez largos años.

Traducirá a André Gide y a la monja portuguesa Mariana de Alcoforado, entre otros, movido por su gran interés de conocer obras que considera importantes.

En 1916 Rilke es liberado por amistades del archivo de guerra de Viena, después de ser llamado a filas. En este periodo se hace patente su indesición y la inestabilidad de sus relaciones sentimentales con la pintora Lou Albert-Lasard o la pianista Magda Von Hattinberg Benvenuta, con quien mantiene un abundante intercambio epistolar.

Posteriormente dejará Munich para dar un ciclo de conferencias por Suiza. En 1920 irá al castillo Berg am Irchel, aunque le faltarán las fuerzas para concluir las Elegías. Luego, en compañía de la pintora Baladine Klossowska, descubrirá la Torre fortificada de Muzot, que gracias a la intervención de su amigo Werner Reinhart, se convertirá en su última residencia. Aquí después de una gran sequía creativa escribe “los Sonetos de Orfeo” y concluye las “Elegías de Duino” realizando aún una segunda parte de “Los Sonetos de Orfeo”, que dedicará a una joven de 19 años: Wera Ouckama Knnop, quien morirá por una enfermedad degenerativa.

El 1923 es ingresado por primera vez en el sanatorio de Val-Mont, al que vuelve un año después. Aún no habiendo perdido sus ansias de viajero empedernido, vuelve a París en 1925 y retorna en septiembre del mismo año a Muzot, donde permanece poco tiempo, para después ingresar nuevamente a Val-Mont, donde le descubren un tipo extraño de leucemia del que morirá el 29 de diciembre de 1927. Ya este 4 de diciembre se cumplirá  el 134 aniversario del nacimiento de esta figura clave de la Literatura Universal.

Según los designios del propio Rilke,  su tumba se dispone junto a la vieja iglesia de Rarogne con el siguiente epitafio:

“Rosa, oh pura contradicción, delicia
de no ser dueño de nadie bajo tantos
párpados”.
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25
May
09

*PAPELES INESPERADOS

Julio_Cortazar 

En la antevíspera de la Navidad de 2006, Aurora Bernárdez, viuda de Julio Cortázar, charlaba en su casa de París con el escritor y crítico Carles Álvarez Garriga. En un momento de la conversación, ella extrajo de una vieja cómoda un puñado de manuscritos y textos mecanografiados. “¿Has leído alguna vez esto?”, le preguntó. Aquellas páginas resultaron ser inéditas. Los textos encontrados, junto con otros muchos que habían visto la luz de forma muy dispersa, integran ahora el libro ‘Papeles inesperados’ que la editorial Alfaguara difundirá en España la próxima semana. Reproducimos uno de los relatos incluidos en ese volumen, así como tres historias recuperadas de cronopio
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(JULIO CORTAZAR)

Llegaré a Estambul a las ocho y media de la noche. El concierto de Nathan Milstein comienza a las nueve, pero no será necesario que asista a la primera parte; entraré al final del intervalo, después de darme un baño y comer un bocado en el Hilton. Para ir matando el tiempo me divierte recordar todo lo que hay detrás de este viaje, detrás de todos los viajes de los dos últimos años. No es la primera vez que pongo por escrito estos recuerdos, pero siempre tengo buen cuidado de romper los papeles al llegar a destino. Me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia, aunque luego prefiera borrar sus huellas. Hoy el viaje me parece interminable, las revistas son aburridas, la hostess tiene cara de tonta, no se puede siquiera invitar a otro pasajero a jugar a las cartas. Escribamos, entonces, para aislarnos del rugido de las turbinas. Ahora que lo pienso, también me aburría mucho la noche en que se me ocurrió entrar al concierto de Ruggiero Ricci. Yo, que no puedo aguantar a Paganini. Pero me aburría tanto que entré y me senté en una localidad barata que sobraba por milagro, ya que la gente adora a Paganini y además hay que escuchar a Ricci cuando toca los Caprichos. Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.

Debo ser muy ingenuo, pero ahora sé que hasta la ingenuidad puede tener su recompensa. Consultando las carteleras averigüé que Ruggiero Ricci continuaba su tournée en Lyon. Haciendo un sacrificio me instalé en la segunda clase de un tren que olía a moho, no sin dar parte de enfermo en el instituto médico-legal donde trabajaba. En Lyon compré la localidad más barata del teatro, después de comer un mal bocado en la estación, y por las dudas, por Ricci sobre todo, no entré hasta último momento, es decir hasta Paganini. Mis intenciones eran puramente científicas (¿pero es la verdad, no estaba ya trazado el plan en alguna parte?) y como no quería perjudicar al artista, esperé una breve pausa entre dos caprichos pera pensar en mi tía. Casi sin creerlo vi que Ricci examinaba atentamente el arco del violín, se inclinaba con un ademán de excusa, y salía del escenario. Abandoné inmediatamente la sala, temeroso de que me resultara imposible dejar de acordarme otra vez de mi tía. Desde el hotel, esa misma noche, escribí el primero de los mensajes anónimos que algunos concertistas famosos dieron en llamar las cartas negras. Por supuesto Ricci no me contestó, pero mi carta preveía no sólo la carcajada burlona del destinatario sino su propio final en el cesto de los papeles. En el concierto siguiente -era en Grenoble- calculé exactamente el momento de entrar en la sala, y a mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pensé en mi tía. Las luces de la sala se apagaron, hubo una confusión considerable y Ricci, un poco pálido, debió acordarse de cierto pasaje de mi carta antes de volver a tocar; no sé si la sonata valía la pena, porque yo iba ya camino del hotel.

Su secretario me recibió dos días después, y como no desprecio a nadie acepté una pequeña demostración en privado, no sin dejar en claro que las condiciones especiales de la prueba podían influir en el resultado. Como Ricci se negaba a verme, cosa que no dejé de agradecerle, se convino en que permanecería en su habitación del hotel, y que yo me instalaría en la antecámara, junto al secretario. Disimulando la ansiedad de todo novicio, me senté en un sofá y escuché un rato. Después toqué el hombro del secretario y pensé en mi tía. En la estancia contigua se oyó una maldición en excelente norteamericano, y tuve el tiempo preciso de salir por una puerta antes de que una tromba humana entrara por la otra armada de un Stradivarius del que colgaba una cuerda.

Quedamos en que serían mil dólares mensuales, que se depositarían en una discreta cuenta de banco que tenía la intención de abrir con el producto de la primera entrega. El secretario, que me llevó el dinero al hotel, no disimuló que haría todo lo posible por contrarrestar lo que calificó de odiosa maquinación. Opté por el silencio y por guardarme el dinero, y esperé la segunda entrega. Cuando pasaron dos meses sin que el banco me notificara del depósito, tomé el avión para Casablanca a pesar de que el viaje me costaba gran parte de la primera entrega. Creo que esa noche mi triunfo quedó definitivamente certificado, porque mi carta al secretario contenía las precisiones suficientes y nadie es tan tonto en este mundo. Pude volver a París y dedicarme concienzudamente a Isaac Stern, que iniciaba su tournée francesa. Al mes siguiente fui a Londres y tuve una entrevista con el empresario de Nathan Milstein y otra con el secretario de Arthur Grumiaux. El dinero me permitía perfeccionar mi técnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hacían ahorrar mucho tiempo; en menos de seis meses se sumaron a mi lista Zino Francescatti, Yehudi Menuhin, Ricardo Odnoposoff, Christian Ferras, Ivry Gitlis y Jascha Heifetz. Fracasé parcialmente con Leonid Kogan y con los dos Oistrakh, pues me demostraron que sólo estaban en condiciones de pagar en rublos, pero por la dudas quedamos en que me depositarían las cuotas en Moscú y me enviarían los debidos comprobantes. No pierdo la esperanza, si los negocios me lo permiten, de afincarme por un tiempo en la Unión Soviética y apreciar las bellezas de su música.

Como es natural, teniendo en cuenta que el número de violinistas famosos es muy limitado, hice algunos experimentos colaterales. El violoncelo respondió de inmediato al recuerdo de mi tía, pero el piano, el arpa y la guitarra se mostraron indiferentes. Tuve que dedicarme exclusivamente a los arcos, y empecé mi nuevo sector de clientes con Gregor Piatigorsky, Gaspar Cassadó y Pierre Michelin. Después de ajustar mi trato con Pierre Fournier, hice un viaje de descanso al festival de Prades donde tuve una conversación muy poco agradable con Pablo Casals. Siempre he respetado la vejez, pero me pareció penoso que el venerable maestro catalán insistiera en una rebaja del veinte por ciento o, en el peor de los casos, del quince. Le acordé un diez por ciento a cambio de su palabra de honor de que no mencionaría la rebaja a ningún colega, pero fui mal recompensado porque el maestro empezó por no dar conciertos durante seis meses, y como era previsible no pagó ni un centavo. Tuve que tomar otro avión, ir a otro festival. El maestro pagó. Esas cosas me disgustaban mucho.

En realidad yo debería consagrarme ya al descanso puesto que mi cuenta de banco crece a razón de 17.900 dólares mensuales, pero la mala fe de mis clientes es infinita. Tan pronto se han alejado a más de dos mil kilómetros de París, donde saben que tengo mi centro de operaciones, dejan de enviarme la suma convenida. Para gentes que ganan tanto dinero hay que convenir en que es vergonzoso, pero nunca he perdido tiempo en recriminaciones de orden moral. Los Boeing se han hecho para otra cosa, y tengo buen cuidado de refrescar personalmente la memoria de los refractarios. Estoy seguro de que Heifetz, por ejemplo, ha de tener muy presente cierta noche en el teatro de Tel Aviv, y que Francescatti no se consuela del final de su último concierto en Buenos Aires. Por su parte, sé que hacen todo lo posible por liberarse de sus obligaciones, y nunca me he reído tanto como al enterarme del consejo de guerra que celebraron el año pasado en Los Ángeles, so pretexto de la descabellada invitación de una heredera californiana atacada de melomanía megalómana. Los resultados fueron irrisorios pero inmediatos: la policía me interrogó en París sin mayor convicción. Reconocí mi calidad de aficionado, mi predilección por los instrumentos de arco, y la admiración hacia los grandes virtuosos que me mueve a recorrer el mundo para asistir a sus conciertos. Acabaron por dejarme tranquilo, aconsejándome en bien de mi salud que cambiara de diversiones; prometí hacerlo, y días después envié una nueva carta a mis clientes felicitándolos por su astucia y aconsejándoles el pago puntual de sus obligaciones. Ya por ese entonces había comprado una casa de campo en Andorra, y cuando un agente desconocido hizo volar mi departamento de París con una carga de plástico, lo celebré asistiendo a un brillante concierto de Isaac Stern en Bruselas -malogrado ligeramente hacia el final- y enviándole unas pocas líneas a la mañana siguiente. Como era previsible, Stern hizo circular mi carta entre el resto de la clientela, y me es grato reconocer que en el curso del último año casi todos ellos han cumplido como caballeros, incluso en lo que se refiere a la indemnización que exigí por daños de guerra.

A pesar de las molestias que me ocasionan los recalcitrantes, debo admitir que soy feliz; incluso su rebeldía ocasional me permite ir conociendo el mundo, y siempre le estaré agradecido a Menuhin por un atardecer maravilloso en la bahía de Sydney. Creo que hasta mis fracasos me han ayudado a ser dichoso, pues si hubiera podido sumar entre mis clientes a los pianistas, que son legión, ya no habría tenido un minuto de descanso. Pero he dicho que fracasé con ellos y también con los directores de orquesta. Hace unas semanas, en mi finca de Andorra, me entretuve en hacer una serie de experimentos con el recuerdo de mi tía, y confirmé que su poder sólo se ejerce en aquellas cosas que guardan alguna analogía -por absurda que parezca- con los violines. Si pienso en mi tía mientras estoy mirando volar a una golondrina, es fatal que ésta gire en redondo, pierda por un instante el rumbo, y lo recobre después de un esfuerzo. También pensé en mi tía mientras un artista trazaba rápidamente un croquis en la plaza del pueblo, con líricos vaivenes de la mano. La carbonilla se le hizo polvo entre los dedos, y me costó disimular la risa ante su cara estupefacta. Pero más allá de esas secretas afinidades… En fin, es así. Y nada que hacer con los pianos.

Ventajas del narcisismo: acaban de anunciar que llegaremos dentro de un cuarto de hora, y al final resulta que lo he pasado muy bien escribiendo estas páginas que destruiré como siempre antes del aterrizaje. Lamento tener que mostrarme tan severo con Milstein, que es un artista admirable, pero esta vez se requiere un escarmiento que siembre el espanto entre la clientela. Siempre sospeché que Milstein me creía un estafador, y que mi poder no era para él otra cosa que el efímero resultado de la sugestión. Me consta que ha tratado de convencer a Grumiaux y a otros de que se rebelen abiertamente. En el fondo proceden como niños, y hay que tratarlos de la misma manera, pero esta vez la corrección será ejemplar. Estoy dispuesto a estropearle el concierto a Milstein desde el comienzo; los otros se enterarán con la mezcla de alegría y de horror propia de su gremio, y pondrán el violín en remojo por así decirlo.

Ya estamos llegando, el avión inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver cómo la tierra parece enderezarse amenazadoramente Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al timón. Sí, era un sombrero rosa con volados, a mi tía le quedaba…

(Artículo publicado en el Diario “El País”  el 24 de mayo de 2009)

15
Abr
09

PSICOPATOLOGÍA EN EL ARTE

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PSICOPATOLOGÍA EN EL ARTE
(De los estudios del Doctor: José Ingenieros)

 En el arte como en la literatura hay vestigios profundos que se plasman en ciertas obras de arte. La pintura, la literatura, son donde más se destaca esta característica. En los dominios de la psicología mórbida el arte y la ciencia se dan la mano también. Un valor estético es canon de belleza extraído de la experiencia, al igual que un canon lógico es un canon de verdad.

 Hay grandes estudiosos que hicieron profundas y sesudas investigaciones sobre la psicología mórbida, caso de Morel, Charcot, Mudsley, Ribot, Lombroso, Morselli, Jenet. No obstante, la pasión y la locura muchas veces están más acentuadas a veces en la obra de arte que en la realidad misma.

Tenemos grandes escritores que han maxificado y potenciado en sus obras, profundas características mórbidas y psicopatológicas en sus personajes, como al gran dramaturgo Shakespeare por excelencia, quien no sólo ha hecho una gran pintura de los caracteres humanos, sino que puede ser exaltado como un gran Maestro de este género de caracterizaciones. Obras suyas como Macbeth, Hamlet, El Rey Lear, Otelo, profundizan e interiorizan el gran drama humano que consume al hombre de todos los tiempos. El Rey Lear, suscita una gama diversa de sentimientos encontrados, antes viejo, vanidoso y autoritario, sensible a la adulación de sus hijas  Gonerila y Regana, y ante la sencillez leal y respetuosa de su hija más noble Cordelia. Él querrá conservar la autoridad después de perder el trono, preferirá no obstante la zalamería hipócrita de sus dos hijas, a la verdad leal que viene de labios de Cordelia. Hay una gran belleza estética en el personaje de Lear como uno de los arquetipos psicopatológicos más firmes de la historia literaria.

 En Hamlet, su rasgo clásico es la abulia, su idea fría obsesionante es vengar la muerte de su padre, tiene el humor negro con vagas ideas de suicidio, cree que la vida es insulsa y sin encantos, indigna de ser vivida, su reacción frente a la realidad es puramente intelectual, pero desorientada. Duda permanentemente de sí mismo y hasta de su propia obsesión. Desconfiado y cauto, sospecha siempre algo terrible, suspicaz y astuto; con estallidos de antipatía, ira, es cínico a veces, más bien que delirante sistematizado, se nos presenta como un psicasténico de cuya complejidad mental fluye el extraordinario secreto de su poesía.

 Otelo y Macbet, llegan a la locura por vías divergentes: la pasión de los celos y el terror del arrepentimiento. Macbeth, con la ambición del mando, sufre la tragedia terrible, su mujer lo empuja al crimen con palabras irresistibles, se prepara la tragedia psicológica que culmina con el asesinato del rey. Una lucha angustiosa desgarra a Macbeth, entre la obsesión del poder y el reproche de su conciencia, partiendo en dos su mente y su corazón, en un verdadero desdoblamiento de su personalidad, después le asaltan las dos alucinaciones de su sombra de Banco, cuando padece vértigos que hacen presuponer es epilepsia. Allí está también la figura no menos mórbida de Lady Macbeth, que con escenas de sonambulismo, se denuncia y se traiciona a sí misma, reproduciendo las escenas del tremendo delito, sin embargo la inequívoca locura del rey Lear y su derrumbe psíquico es más brusco que el de Macbeth y Hamlet.

 Hedda Gabler es otra obra de teatro apasionante del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, se la presenta con una pasmosa lucidez, sin presentar los síntomas fundamentales, sin alucinaciones, con una lógica rigurosa, percepción normal, con una mentalidad neurópata de las histéricas y los amorales, los obsesionados y los psicasténicos, un mundo poblado de personalidades mórbidas, que no adaptan su conducta al medio social en que viven, pero cuyos actos no imponen aún reclusión en un manicomio. Su lucidez e inteligencia puede exceder a la de sus parientes y amigos. Piensan bien, pero quieren mal y el peligro y desequilibrio está en su vida afectiva y de la voluntad.

 Hedda Gabler vive tiranizando y afligiendo enfermizamente a todas las personas que están obligadas a soportar su convivencia. Hedda, es una desequilibrada, tiene caracteres psicopáticos de la mujer delincuente, tiene inclinaciones abusivas y despóticas; como hija de General, es así mismo fuerte y masculina, se esfuerza por mostrar una indomable voluntad viril. Hedda, era una deficiente moral, aplica desde la escuela, pequeñas violencias y vejámenes mortificantes . Antes de perder la virginidad deserraja un pistoletazo al audaz Erberto. Se casa sin embargo más tarde con Jorge Tesmann, quien se equivoca suponiendo que su carácter minado por la neurosis podría modificarse por la ternura y la maternidad. Ella se irrita por las más leves contrariedades, todas las personas la estorban, nada la complace, ella goza haciendo sufrir a los demás. Le incomoda la felicidad ajena, conspira contra la tranquilidad de todos, poniendo en sus palabras una gota de veneno. Es simuladora, casquivana, inestable, su conciencia moral es más voluble que su temperamento. La histeria suele ser una enfermedad sentimental. Hedda Gabler me recuerda algo a la señorita Amelia,  personaje virago y masculina de Carson McCullers en “Balada del café triste”, que adquiere una resonancia interior profunda e intimista, aunque menos cruel y vencida por el amor.

 Se cree que Ibsen ha recogido en sus obras algunos análisis psicológicos más perfectos, como Zola, Balzac, Daudet, Dostoievsky, es así como se han forjado algunos caracteres que parecen representativos y simbólicos de todo un género, conciliando lo real y lo ideal, en forma de equilibrio estético que satisfacen al mismo tiempo un deseo de verdad y el anhelo de perfección. Los personajes de Ibsen han sido estudiados por Geyer.

 La eximia obra “Don Quijote de la Mancha” de Cervantes, es otro ejemplo de una locura con chispazos de una gran lucidez e ingenio. Esquirol lo denominaría monomanía caballeresca y delirios sistematizados. “Del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”, en Quijano que estaba predispuesto, fallaba algún resorte mental. En el Quijote no hay desmedro de su personalidad moral: “Lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto”, un acceso maniaco y alucinatorio. Vila-Matas lo definiría en clave de humor como “el hombre que murió de cuerdo”.

 Los tipos criminales en el arte y en la literatura han sido estudiados por Ferri, Maus, Lefort y Alimena; los alienados por Ireland, Porena y Regis. Los Delincuentes aristocráticos que actúan en las obras de Balzac, Lematrie, Zola, Ibsen por Schiller. El médico Schure ha estudiado y analizado la lucha entre sentimiento y voluntad en algunos tipos de Ibsen y Maeterlinck. Hay valiosas notas de Sciamanna, Sighele y Ferri, sobre los tipos alocados y delincuentes de las obras de D’Annuzio. Esto en cuanto a la psicopatología individual. La psicopatología colectiva ha sido expuesta por Taine, Sighele, Tarde, Le Bon, Rosi, estudios entre lo psicológico y lo sociológico mas bien.

 Barcelona, 28 de Noviembre de 2008.

01
Abr
09

MATAR A LA QUIMERA

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MATAR A LA QUIMERA
(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

Recorrer los pasadizos intrincados de la mente y tomar ventajas para llegar antes hacía una meta, es lo lógico cuando se está en busca del conocimiento y los frutos en sazón parecen estar a punto de caer y desprenderse del árbol del conocimiento para iluminarnos la razón. Alimentarnos de ellos, aún cuando hayamos supuesto que nuestra razón y conocimientos son los suficientes para esta vida. Inútil arrogancia de creernos saciados prontamente de la sabia de Atenea, Diosa griega de la inteligencia y la sabiduría infinitas, hija nacida de la frente de su padre Zeus, con cuya hacha minoica de doble hoja, el labrys, se enfrentó a la guerra, e hizo temblar a Urano y la Madre Gea, con su valor, el arco, la lira y el laurel.

Todo cuanto se ha vivido conforma el cúmulo de experiencias, pero añorar lo que fue es inútil. ¿Para qué hizo Dios a los poetas nostálgicos y tristes?, ¿para qué tendría que regresar la memoria por los parajes idos del ayer?, ¿para qué soñar lo que alguna vez pudo ser y nunca fue, ni será ya?…El olvido no acude presto a socorrer al poeta iluso y soñador, las sombras de una gris nebulosa no se apiadan, con sumergir las memorias en olvido, en cambio el círculo porfiado de la deidad, Nenósine, parece atenazar al pobre y vulnerable poeta de la pluma y el ensueño. Nenósine, dueña de una exacerbada memoria y madre de las musas inquietantes de las fuentes y los ríos, de obstinadas Nereidas, como las bellezas seductoras de Aglaya, Talía y Eufrosine, las tres gracias y deidades griegas del Olympo. Vivir al límite para después olvidar, parece ser la ley que aflige a los poetas de lo muerto, lo caduco, lo fugaz, porque al final ya nada permanece, ni el rosal, ni su perfume, ni el sendero por donde plácidamente y al caer la tarde caminábamos, ni el instinto que exultante de una felicidad desconocida parecía guiarnos, con una cierta tenacidad hacía una magia desconocida, aquel vislumbre de resplandores dorados y bellezas, semejante a un largo e interminable amanecer que ahuyenta las sombras y las sustituye por luz, por belleza, alegría interminable y sin embargo, todo ello pertenece al mundo de lo efímero y lo perecedero.

¿Para qué soñar con lo imposible?, ¿por qué esperar aquello que jamás vendrá a nosotros?, ¿nostalgias, de qué?, me digo yo, el tiempo que se va no regresa nunca más, más en cambio, prosigue incesante su marcha acompasada el reloj, las horas van en progresión, los ríos recorren una vez el cause que los contiene y su torrente los ayuda a seguir sin vacilar, la vida fluye sin cesar en un continuo; si muere una flor o marchita un jardín, después de la noche resplandece otro amanecer, no es que el drama de la vida sea indiferente al dolor o comulgue con la paciencia de una Penélope de Itaca, siempre en espera de una ilusa felicidad. El Tánatos inevitable no impide el trinar alegre de los pájaros, el sol resplandesciente no deja de brillar y dar calor y el escenario no deja por ello de ostentar sus alegres colores, al tiempo que los capullos pugnan por abrirse en un milagro por florecer en primavera.

¿Por qué el anhelo inútil por intentar atrapar las memorias grises de la noche?, insensato poeta de la quimera y de las sombras, infeliz criatura del Erebo, en espera de un Belerofonte, héroe de Corinto, que montado en el caballo Pegaso, dio muerte a la Quimera, resolución táctica y simbólica de una lucha sin cuartel por estar al lado de una naturaleza que fluye, sin osar detenerse en la noche y detener los pesares, cual un castigo impuesto por Zeus a Atlas, perdedor en la Titanomaquia o guerra contra los Olímpicos, a llevar el peso de los cielos en sus hombros……¡Vaya Quimera!,… habrá que matarte en primavera.

Barcelona, 29 de marzo, 2009.

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01
Mar
09

LA SEDUCCIÓN DEL MAL

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LA SEDUCCIÓN DEL MAL

(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

Pertenercer al mundo de los escritores malditos ha sido una gran constante y paradoja a un mismo tiempo, para muchos afamados escritores, quienes han degustado del amargo manantial que ha marcado sus vidas de trepidantes montañas rusas, ya sea de pobrezas y riquezas, de profundas y oscuras caídas así como de importantes y luminosos momentos donde los envolvió una fama rutilante y futil que les dejó la estela del éxito y el reconocimiento, acercándolos hacía una fortuna efímera, el panal de miel y la gloria deseada para cualquier escritor.

Pienso como pensaría entonces ese gran chico homosexual y solitario de New Orleans que se hizo escritor por el aislamiento y alguna vez dijera: “Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse” (Truman Capote). Al parecer algunos le logran sacar partido a sus dones y talentos, pero es el caso de innumerables escritores de todos los tiempos, que en cambio parecen haber purgado antes una especie de expiación por tener que merecer el éxito y la fama, en contraposición a su aparente vida éxitosa, fueron más bien desgraciados, infelices, desequilibrados, adictos a sustancias psicotrópicas como drogas o el alcohol, o simplemente les acompañó durante su existencia una vida marcada por el infortunio, además de algunos otros que llevaron el estigma de Caín, por ser homosexuales o lesbianas, en una sociedad hipócrita que los marginó o los apartó de sí como a la peste.

También me he preguntado por qué siempre me habían gustado tanto, cierto tipo de escritores perteneciéntes a ese contingente particular, nunca los escogí a dedo para leerlos o me interesó siquiera su nacionalidad o procedencia. El primero de ellos que me sedujo fue el escritor Inglés Oscar Wilde, al leer en la adolescencia “El retrato de Dorian Gray”, escritor encarcelado por su condición sexual; después llegaría el francés Marcel Proust, quien analizó y expresó abiertamente su tendencia en su cuarto tomo “Sodoma y Gomorra“, abordando al mismo tiempo el tema de la homosexualidada masculina y femenina. Acierto casual y extraordinario, fue para mi conocer a Proust, que me cambió en cierto modo la vida como aprendiz de escritora. Otro baluarte de exquisita sensibilidad fue el gran poeta checo, Reiner María Rilke, a quien conocí a los 18 años, al leer su libro semi-autobiográfico: “Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge”, donde el poeta relata sin tapujos la etapa de su primera infancia, en la cual su madre Sophia Entz, lo vistió de mujer durante sus primeros cinco años, al no poder soportar la muerte prematura de su hermana mayor Sophie, razón por la cual lo llamaría “René”, cuya equivalencia en el francés vendría a ser “renacido”. Nombre que más tarde cambiaría el poeta por el de Reiner. Al leer a Andre Gide en “La Sinfonía Pastoral”, me pareció genial, dotado de una gran sensibilidad y talento. Defendería su homosexualidad en “Corydon” (1924). Por esa suerte de casualidades leí “Al Faro” de la gran escritora Inglesa Virginia Woolf y me fascinó el despliegue extraordinario de imágenes y la maestría técnica de su forma expresiva, compleja y profunda al escribir. En su vida personal tuvo una amante lesbiana, la escritora Vita Sackville-West. Podriamos enumerar a muchas escritoras lesbianas destacadas, Gabriela Mistral y su conocida novia Doris Dana, Anmarie Scharzenbach, a quien Thomas Mann bautizaría como “el ángel devastado” y de cuya hija, Erika Mann, se enamoró; siendo posteriormente amante de la mezzo soprano alemana Emma Krüger. Y como no, no olvidemos a la inolvidable y talentosa escritora lesbiana, Patricia Highsmith, autora de: “El Talento de Mister Ripley” y muchas obras más; así como su obra llevada al cine “Extraños en un tren”, que Alfred Hitchcock dirigiría.

 .

Entre los muchos escritores que admiré y destacaron, también por su tendencia homosexual, factor que nunca me interesó per se, están el novelista y dramaturgo polaco Witold Gombrowicz, el poeta Hart Crane, quien se suicidó arrojándose al mar. Pero quien demostró un talento singular fue indudablemente, Tennesse Williams, autor de fascinantes melodramas que también se han llevado al cine con extraordinario éxito, como “Un Tranvía Llamado Deseo” (1955), obra que gano el prestigioso Premio Pulitzer de Literatura y fuera llevada al cine bajo la dirección de Elia Kazan y la actuación de Marlon Brandon y Vivien Leigh; “La Gata Sobre el Tejado de Cinc caliente”, escenificada con Paul Newman y Liz Taylor. Recuerdo la bella película que se hizo de su obra “El Zoo de Cristal” (1970), con Kirk Douglas y Jane Wiman; otra película de Williams de mi predilección: “Verano y Humo” (1961), excelente y bella película bajo la dirección de Peter Glenville, con los excelentes protagonistas Geraldín Page y Laurence Harvey; otras obras famosa del escritor llevadas al cine son: “La Noche de la Iguana” (1964) con Richard Burton y Ava Garner; “Dulce Pájaro de Juventud” con Natalie Wood y Robert Redford; y “La Primavera Romana de la Sra. Stone” (1961) interpretada en la pantalla por  Warren Beatty y Vivien Leigh. Gran talento para la dramaturgia, pero una vida totalmente atormentada la de Tennesse Williams.

Podemos decir que no todo apunta hacia el gran éxito de producción en estos grandes e inmortales escritores, si al sopesar vemos que fueron bastante desafortunados en otras materias, razón por la cual se hicieron adictos a ciertas drogas, padecieron hondas depresiones y adicciones al alcohol, es el caso de Scott Fitzgerald, quien murió alcoholizado y tomando antidepresivos; Tennesse Williams, fallece por sobredosis de alcohol y drogas, aunque se le encontró en su lecho de muerte atragantado con la tapa de una botella, razón por la cual se barajaron otras hipótesis de su trágico final; Truman Capote, murió por sobredosis al mezclar psicofármacos y alcohol; Edgard Allan Poe, murió alcoholizado y tras andar divagando en sus delirios, por las calles; Malcolm Lowry, poeta y novelista, quien falleciera por la ingestión de alcohol y antidepresivos. La escritora inglesa Virginia Woolf, se suicidaría por temor a la locura inminente.

No sabemos si en ciertos casos tanto el uso de sustancias como las drogas y el alcohol fueron también recursos para buscar la alucinación como proceso creativo, huír de una vida solitaria e infeliz, como en los tiempos experimentales de William Burroughs y algunos de sus seguidores, los integrantes de la llamada Generación Beat, cuyos seguidores se dedicaron a ingerir las entonces llamadas sustancias psicodélicas, como herramientas de conocimiento. De esas épocas se influyeron músicos como Bob Dylan y Patti Smith. Entre sus exponentes están el novelista y poeta estadounidense Jack Kerouac, quien creía poder explicar mejor la mística de las novelas, estando borracho y quien finalmente moriría de cirrosis, por la ingestión de alcohol. Otros miembros destacados de la Generación Beat, son Neal Cassady, verdadero catalizador del movimiento, quien se suicidó arrojándose a las vías del metro en México; Allen Gisnsberg, fue otro de sus exponentes, quien escribía bajo la influencia de distintas drogas, poeta, autor de “Howl y otros poemas”, que empieza crudamente diciéndo al mundo: “He visto a las mejores mentes de mi generación, destruídas por la locura”.

Yo lógicamente no deseo obviar ni olvidar de esta clasificación al poeta, novelista y dramaturgo francés, Jean Genet, hijo de padre desconocido y de una joven prostituta, cuya madre al cumplir un año, lo entregó a la asistencia pública. Auténtico ladrón desde pequeño, autor de “El Milagro de la Rosa” escrita el 46, que publicaría Gallimard en 1951; “Diario de Ladrón“ (1949); “Pompas Fúnebres“ (1947), escribió asi mismo obras para el teatro. Declarado culpable de realizar actos impúdicos (homosexual). Ejerció de ladrón, chapero por toda Europa, mendicidad, falsificador de documentos, carterista, prostituto, delincuente por excelencia. En sus distintas obras deja traslucir una ternura de los delincuentes, impone historias de amor, y hace el retrato de una miseria lírica. Se le ha dedicado algunas películas y canciones. La última película de Fassbinder está basada en una obra suya: “Querrelle de Brest”. Witold Gombrowicz diría de Genet: “convierte la fealdad en belleza”.

Barcelona, 26 de febrero, 2009.
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01
Feb
09

FITZGERALD Y LA MITOLOGÍA DE LOS FUEGOS FATUOS

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FITZGERALD Y LA MITOLOGÍA DE LOS FUEGOS FATUOS
(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

Entre los llamados escritores de la Literatura del Siglo XX o grandes escritores norteamericanos de la llamada Generación Perdida, están aquellos que vivieron en París desde la Primera Guerra mundial hasta la Gran depresión. Fueron muchos, pero los más destacados fueron cinco escritores que a un mismo tiempo estuvieron involucrados con la armada y muy cercanos a  la Primera Guerra Mundial, Fitzgerald, Hemigway, Faulkner, Steinbeck y Dos Pasos. Ellos estuvieron muy influenciados por aquella época del desenfreno, el Jazz y los excesos, como también vieron llegar la gran decadencia y el Crack de 1929 en la economía norteamericana, causante de la gran depresión, con grandes quiebras en los bancos y grandes fraudes y donde ya sobresalían  nombres como los Rotchilds y los Rockefellers en la década de los años 20’ y el tráfico de alcohol de entonces en Norteamérica.

Una de las parejas de apariencia perfecta a quienes acompañó en un principio el glamour y el éxito fueron Scott Fitzgerald y Zelda Sayre, una pareja que se conocío en un baile en Alabama y parecía tenerlo todo, talento, belleza, y despúes reconocimiento de los  sectores intelectuales y el ámbito del cine hollywoodense. Ellos estuvieron juntos en las épocas muy buenas y esplendorosas del Jazz, la fama, el despilfarro y también fueron víctimas de su propio éxito y desenfreno, cuando vino la debacle y la gran decadencia del hundimiento físico y moral de sus propias vidas. El terminaría alcoholizado y ella recluida en una Clínica psiquiátrica.

Zelda Sayre se correspondía al modelo de una flapper o mujer moderna de su tiempo, desprejuiciada, atrevida y mundana a un mismo tiempo, y fue quien deslumbró a Fitzgerald y con quien decidió casarse en la iglesia de Sant Patrick de Nueva York en 1920. Él recrearía el modelo prototípico de Zelda para sus novelas.

Estando en el servicio militar ya tenía el borrador de su exitosa novela “A este lado del Paraíso” a la que llamó inicialmente “El Egoísta Romántico” que se publica en 1920. Su segundo libro “Hermosos y Malditos” ve la luz en 1922, retrato de una sociedad hedonista, donde la belleza y la fortuna son elementos pasajeros y fugaces; después escribiría su tercera novela a la que llamó inicialmente “El Curioso Caso de Benjamín Button”, que más tarde transforma e incluye en “Historias de la Éra del Jazz” que se publica en 1922 y es un éxito de crítica y de público. Esta obra ha sido llevada al cine en el 2008, dirigida por David Fincher y protagonizada por Brad Pitt . Después vendría su más importante novela según los críticos y entendidos: “El Gran Gatsby” que se publica en 1925, novela de la que apenas se vendieron 24.000 ejemplares, que logró ser recién reconocida en los años 50 y alcanzar un renombre póstumo. Posteriormente escribe una novela que refleja su propia vida con Zelda, “Suave es la Noche”, que se publica en 4 entregas en el “Scribner’s Magazine” en 1934. Escrita en sus épocas más oscuras y decadentes, donde se hicieron patentes sus apremios económicos y sus agudos problemas con el alcohol. Ésta fue en verdad la última de sus novelas que terminaría en vida.

De sus más de 150 cuentos Fitzgerald selecciona 46 para publicarlos en 4 libros: “Jovencitas y Filósofos” (1920); “Cuentos de la Edad Del Jazz” (1922); “Todos los hombres Tristes” (1926); “Toque de Diana” (1935). Cuentos que también fueron publicados inicialmente en “The Saturday Evening Post”. Más tarde escribe guiones para el cine en Hollywood.

Zelda Sayre nunca quiso quedarse atrás y escribió emulando a Fitzgerald, pero jamás logró alcanzar su fama, ni su exquisito estilo y fina sensibilidad. En 1930 ella escribe su novela autobiográfica: “Concédeme ese vals”, hecho que enfurece a Fitzgerald y escribe en represalia una publicación basada en las cartas de amor de Zelda. En su vorágine de vida desenfrenada Zelda se enreda en amores con su profesora de danza Egorowa, mientras sospecha a su vez que Scott mantenía una relación homosexual con Hemingway y le reprocha sus borracheras y sus ausencias. Nancy Milford diría de Zelda: “Era la chica americana que vivía el sueño americano y ese sueño llegó a enloquecerla”. Zelda, que aún sobrevivió a Fitzgerald, durante 8 años más, diría a su vez  sobre su amor con Fitzgerald:  “Nuestro delírio nos unía, la lucidez nos alejaba”.

Scott Fitzgerald y Zelda Sayre dejan su hogar en Long Island en 1924, para vivir en Europa en la Costa Azul francesa y París, y no retornarían a Estados Unidos, sino ya definitivamente en 1931. De sus años juntos y de felicidad nacería su única hija,  ambos escribían y se dedicaban a los excesos del alcohol, fueron años de felicidad, de glamour, de fama, despilfarro, ambición y también de una vida llena de conflictos, comportamietos erráticos, infidelidades, decadencia y depresiones mutuas. A partir de allí Zelda es diagnosticada con trastorno bipolar y esquizofrenia y se la interna en el Psiquiátrico de Highland Mental Hospital de Asheville de Carolina del Norte, lugar en donde fallece junto a otras 8 personas en un fatal incendio en 1948.

Los episodios de la existencia de Zelda Sayre y su tumultuosa vida junto al  escritor Scott Fitzgerald , se empezará a rodar para el cine en abril próximo con el título del segundo libro de Fitzgerald, “Hermosos y malditos” (1922), bajo la dirección de Nick Cassavetes y los guiones de Hanna Weg. El rol protagónico de Zelda estará a cargo de la bella  actriz Keira Knigthtle. Otro hecho que exalta la vida de Zelda es “Alabama Song”, novela del escritor Gilles Leroy, premiado con el prestigioso Premio de las letras francesas, el Goncourt de novela, en la cual hace una biografía imaginaria de Zelda Sayre, esposa de Fitzgerald, contada en primera persona y la complicada vida de éstos, en los años del glamour de Hollywood y su centelleante y efímera felicidad envuelta por las sombras.

Scott Fitzgerald fallece un 21 de diciembre de 1940, de un ataque al corazón, en el departamento de su amante hollywoodense, Sheila Graham, arruinado, deprimido y olvidado. Dejó sin terminar su  novela “El Último Magnate”. La recopilación descarnadamente desgarradora y hermosamente desdichada y honesta sobre lo que fue su estrepitosa caída, la  reunió Edmund Wilson en “El Crack-Up”, publicado en 1945, en donde el propio Scott diría: “Toda vida es un proceso de demolición”…

Barcelona, 26 de enero de 2009.
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21
Ene
09

TOLSTOI Y YO

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TOLSTOI Y YO
(Rosa de Lera)

Primero me desprendí sinuosamente de la falda de terciopelo, que se deslizó por mis caderas hasta caer al suelo. Desabroché los botones de la blusa y la dejé sobre una silla, junto a las medias de encaje, todavía húmedas. Los zapatos de charol tuve que dejarlos en el pasillo, porque el barro los había cubierto casi totalmente. En cambio la ropa íntima quedó colgada junto a la estufa para que se secara durante la noche. Fuera las gotas de lluvia golpeteaban febrilmente contra los cristales de las ventanas, que estaban desencajadas y no pude cerrar.
Lentamente me introduje en la vieja cama. Mi piel desnuda se estremeció al entrar en contacto con las sábanas tanto tiempo deshabitadas. Pero poco a poco la palidez de mi rostro y de mis manos fue recobrando su habitual tono sonrosado, a medida que él hizo su aparición. Era una relación muy extraña, yo estaba totalmente “enganchada”, no podía dejarle, pero al mismo tiempo mi cuerpo se dejaba llevar por el sueño, que se proclamó vencedor. Sin embargo, él también me acompañó al paraíso onírico, donde juntos pudimos culminar nuestra maravillosa pasión, ya que él se hacía hombre y con su tonante voz y sus ojos rientes me hacía sucumbir de emoción. Por eso, al despertar con una luz cítrica procedente de la entreabierta ventana, comprobé desilusionada que me había vuelto a quedar dormida leyendo aquel manoseado volumen de Guerra y Paz. Lo cogí entre mis manos con mucho cuidado y con una mirada pícara desee que llegara pronto la noche para reencontrarme con Rostov, Pierre, el Príncipe Andréi y los demás.

02
Ene
09

EL EMISARIO DEL PRÍNCIPE

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 EL EMISARIO DEL PRÍNCIPE
(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

 Después de casi 60 años de la desaparición del escritor y aviador francés Antoine de Saint Exupery, por situaciones que se concatenaron y corroboraron después, fue posible tener la certeza del hallazgo de una pulsera con su nombre a orillas del mar de Marsella, hecho que trajo consigo una búsqueda infructuosa y posterior hallazgo de su avión.

 Antoine de Saint Exupery nació el 29 de junio de 1900 en Lyon, en el seno de una familia aristocrática. Fue el tercero de cinco hermanos, pasaron gran parte de su infancia en el castillo de los abuelos maternos. Su madre era una mujer culta, pintora aficionada, se preocupó de que sus hijos tuvieran una esmerada educación. Su padre falleció cuando él tenía 2 años. Antoine se inclinó desde pequeño hacia las ciencias, la mecánica, y, sobre todo los aviones. A los 12 años, tras la visita a un aeródromo, Jules Védrines le dio su primer paseo aéreo en su aeroplano. Hizo el servicio militar en el segundo regimiento de Aviación de Estrasburgo y fue allí donde obtuvo el título de piloto. En su periodo de practicas se vio forzado a aterrizar su avión envuelto en llamas y poco después se fracturó el cráneo en un segundo accidente, no obstante siguió volando. Su Coronel durante la Segunda Guerra Mundial diría: “quienes lo conocen, poco pueden ver en él a un poeta, un moralista, un sabio o un mago, pero nosotros sus hermanos, sabemos que era esencialmente un aviador, un hombre del aire. Y no porque buscase la gloria, sino por pura vocación, por pasión”.

 Trabaja posteriormente de todo, como contable, vendedor de camiones, periodista y obrero y descubre una nueva pasión, la escritura. Su primer libro fue titulado “El aviador”. En la Primera Guerra Mundial, repara aviones que iban de Francia al norte de África, después pilotaba aviones de la ruta Toulouse-Casablanca-Dakar. En 1928 se instala en África, en Cabo Juby como jefe de operaciones. Fruto de sus vivencia escribe su primera novela “Correo del Sur”, publicada por Gallimard, gracias a la recomendación del escritor galo André Gide. Después se le encomienda la labor de abrir la línea de correo aéreo en la Patagonia, de esta época escribe “Vuelo nocturno”, con un elogioso prólogo de Gide.

 En Buenos Aires conoce a la temperamental salvadoreña Consuelo Sucín, viuda del diplomático y escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. Saint Exupery, le propone enseñarle la ciudad desde el aire y en pleno vuelo le asegura que si no se casa con él estrellará el avión. Ella acepta y así da comienzo un matrimonio tormentoso, marcado por las infidelidades de ambos.

 Después regresa a Francia y pasa años de penurias económicas, pese al éxito de su novela “Vuelo nocturno”, de la que se venden sus derechos para una película con Clark Gable y John Barrimore, que se estrena en 1933. Colabora en un par de guiones y escribe reportajes sobre un viaje a la URSS y sobre la guerra civil española, en la que está a punto de ser fusilado por los anarquistas.

 Intenta batir un record Nueva York- Tierra de Fuego y vuelve a sufrir otro accidente por llevar mucho combustible, sufre una conmoción cerebral y está a punto de perder un brazo, en su larga convalecencia escribe “Tierra de hombres”. Vuelve a implicarse en la guerra donde pasa a un escuadrón que realiza misiones de reconocimiento. El fruto literario de esta etapa será la novela “Piloto de guerra”. Posteriormente los nazis invaden Francia y el ejército galo se rinde, como consecuencia Saint Exupery huye a los Estados Unidos en un barco que zarpa en Lisboa. Su compañero de camarote hacia el exilio es el cineasta francés Jean Renoir.

 En Nueva York, la casa de Saint Exupery se convierte en un punto de encuentro de los intelectuales franceses expatriados. Por su casa pasan escritores como André Maurois, Saint-John Perse, André Breton y artistas como Ernst Marcel Duchamp y los catalanes Dalí y Joan Miró.

 En esta su etapa norteamericana Saint Exupery escribe y dibuja “El Principito”, la idea le ronda desde hacia tiempo y esboza trazos del personaje en las servilletas y menús de restaurantes. Siguió dando forma a su personaje con ayuda de unos lápices de colores que le regaló el cineasta René Clair. Su editor Curtie Hitchcock, le pidió convirtiese esos esbozos en un cuento infantil. Se publica el 6 de abril de 1943 en plena guerra. Ya con 43 años, su superiores deciden retirarlo por sobrepasar la edad máxima para volar que eran los 35 años, y el escritor se siente desmoralizado. De esta época escribe su ultima novela “Ciudadela” que verá la luz póstumamente.

 Obsesionado con volar consigue que se le readmita y despegó desde Córsega la mañana del 31 de julio de 1944 en una misión de reconocimiento y no regresó nunca. Se especuló con su muerte o suicidio, hasta ser reconocida su pulsera y 5 años después su avión en las costas de Marsella, ya  al cumplirse casi los 60 años de su desaparición.

 El escritor y cronista de París León-Paul Farque dijo sobre Antoine de Saint Exupery: “Su rostro era completo: aunada a la sonrisa infantil y la mirada seria del sabio; el heroísmo discreto y la fantasía expontánea; la belleza de la mirada y la agilidad corporal. Siempre era un acontecimiento estrecharle la mano. Uno le veía, se acercaba a él y se llenaba de ideas nuevas, de sentimientos puros, se sentía feliz”.

 El relato infantil “El Principito” es el tercero más vendido en el mundo después de La Biblia y El Capital de Marx. Se ha traducido a más de 120 idiomas.

Barcelona, 11 de diciembre de 2008.

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06
Dic
08

NATURALEZA ROTA Y LOS HAPPY END

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27
Nov
08

YA VAGUÉ POR LAS CALLES BULLICIOSAS

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26
Oct
08

LO TRISTE Y LO BELLO

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18
Sep
08

VOLVIMOS A NACER

 LEE ESTAS LETRAS PINCHANDO ESTE ENLACE: http://macpik2.wordpress.com/2010/02/16/volvimos-a-nacer/

11
May
08

*CLARICE LISPECTOR

CLARICE LISPECTOR

La felicidad clandestina:

(Nadia Battella Gotlib presenta la biografía de  Clarice Lispector )

La primera imagen que nos acerca a la figura de Clarice Lispector es la de una niña apoyada en una baranda, en el parque de Recife. Tiene nueve años, el pelo corto y es delgada, quizá frágil, aunque es posible que esa sensación se deba a la ropa que usa: un vestido sin mangas totalmente negro. Está de luto por la muerte de su madre. En otra fotografía aparece en todo su esplendor, con un moño que deja ver su cuello y la mirada, altiva y misteriosa, es la de una escritora que, a los 18 años, acaba de publicar una novela soberbia, inclasificable, que se ama o se odia: “Cerca del corazón salvaje”. En la última imagen llama la atención la postura encorvada, el vestido hasta más abajo de la rodilla, los párpados muy pintados y sus pies, grandes y descalzos, que parecen refrescarse en el piso frío del departamento. Está rodeada de plantas y Ulises, su perro, posiblemente sea el único acompañante.

(Publica El Mercurio)

Por Álvaro Matus

A esas alturas, principios de los setenta, Lispector ya sabe lo que es el reconocimiento, las traducciones, las invitaciones a congresos, si bien su actitud es la de una mujer incómoda o disconforme. ¿Con qué y por qué y desde cuándo? Estas son las interrogantes que busca despejar Nadia Battella Gotlib en “Clarice, una vida que se cuenta” (Adriana Hidalgo, 2007), hasta ahora la biografía más contundente de la escritora brasileña.

Tratándose de una mujer tan excéntrica, contradictoria y ensimismada -alguien la definió como “lisérgica”-, cualquier intento por develar sus secretos adquiere carácter épico. “Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano. Y es solitario”, señaló Lispector. Ante una declaración semejante el lector tiene dos caminos: prescindir de cada una de sus declaraciones o, al revés, asumir que hay quienes necesitan colocarse una máscara para decir la verdad. Con ella se protegen, pero al mismo tiempo se sienten liberados. Nadia Battella Gotlib intuye que Lispector pertenece a esta última clase.

El enigma del nacimiento

Los padres de Clarice Lispector abandonaron Ucrania después de la victoria de los bolcheviques, en medio de un clima de inestabilidad económica y constantes persecuciones a los judíos. Clarice nació en el trayecto, en una pequeña aldea llamada Tchechelnik, y se supone que llegó a Brasil a los dos meses. Battella Gotlib, rastreando las informaciones sobre los barcos que arribaron en esa época, se inclina a pensar que fue en 1922, si bien existía cierto consenso en que la fecha de nacimiento es 1925. Lispector, además, mencionaba 1921, 1926 y 1927.

Desde el comienzo entonces la escritora aprovecha los vacíos para ir borrando sus huellas, para fabricarse un personaje a su medida. Respecto a la ocupación del padre, por ejemplo, era frecuente que cambiara su actividad: vendedor de telas, agricultor, representante de firmas comerciales.

Lo que aflora con total evidencia es que desde pequeña se sintió abandonada. Y la razón es clara: su madre padecía una parálisis progresiva, por lo que toda la casa giraba en torno a los cuidados que requería. Clarice se entretiene leyendo, contando historias y jugando con los animales. “Yo a una gallina la entiendo perfectamente -aseguró-. Quiero decir, la vida íntima de una gallina, yo sé como es”.

Al diario de Recife envía sus primeros cuentos, que eran rechazados porque nunca contaban una historia a la manera del “Había una vez…”. Eran emociones, sensaciones, divagaciones íntimas. Una suerte de matriz que con el tiempo alcanzaría su esplendor en La manzana en la oscuridad, El libro de los placeres o Agua viva, por nombrar tres libros que escapan a cualquier clasificación de género. Según César Aira, más que cuentos, novelas o crónicas, sus textos son “travesías de la conciencia por la escritura, lentas, a veces estáticas, despreocupadas de todo efecto de relato”.

Joyce, Woolf y Lispector

Tras la muerte de la madre, en 1930, la familia se trasladó a Río de Janeiro, donde Lispector completa su educación escolar, estudia leyes y da sus primeros pasos en el periodismo. También lee todo lo que cae en sus manos: sus ídolos son Hesse, sobre todo El lobo estepario, y la cuentista neozelandesa Katherine Mansfield. Poco antes de casarse, en 1943, escribe su primera novela, Cerca del corazón salvaje (1944), sobre una mujer seducida por el mal: miente, roba, se interesa por “las historias terribles de los dramas en los que la maldad era fría e intensa como un baño de hielo”.

La reconstrucción del arranque de la carrera literaria y el posterior seguimiento, libro a libro, es la mayor fortaleza de esta biografía que acierta en no ligar a Lispector con la literatura feminista. Se trata únicamente de Literatura, con mayúscula. Battella Gotlib se sumerge en cartas, crónicas, entrevistas y testimonios de familiares y amigos para tejer un denso tapiz en el que vida y obra resultan inseparables.

Hoy se asume naturalmente que Lispector desciende de Virginia Woolf, Faulkner y Joyce, pero en su momento la escritora no reconoció dicha influencia, asegurando que no los había leído. En el caso de los dos primeros, pase, pero el título mismo del libro está tomado del autor de Ulises: “Estaba solo. Abandonado, feliz, cerca del corazón de la vida”, escribió Joyce. Como sea, la novela dividió a la crítica, pues rompe con cualquier noción de trama o desarrollo dramático. Lispector jamás perdonaría a Álvaro Lins, quien poco menos que la trató de representante comercial del monólogo interior en Brasil.

En esos años la escritora vive en Nápoles, así que toda la discusión se produce por cartas que viajan lentamente, aumentando así la ansiedad. Lispector, casada con un diplomático, se trasladaría luego a Suiza, donde escribe La ciudad sitiada (1949) y posteriormente a Estados Unidos. En total pasa 16 años en el extranjero, sometida a una vida social exasperante: “En todo este mes de viaje, no he realizado nada, ni leído, ni nada. Soy completamente Clarice Gurgel Valente”. Define la vida diplomática como una larga tarde de domingo que la está apagando, deprimiendo, erosionando. “¿Has visto como un toro cansado se transforma en buey?”, pregunta en una misiva.

En Nueva York escribe cuentos con la máquina en la falda, sentada en un sofá, con los niños jugando alrededor. El libro Lazos de familia (1960), sin embargo, así como La manzana en la oscuridad (1961), deben esperar más de cuatro años para verse publicados. Paulo Francis, amigo de la autora, explica que ella tenía un nombre, aunque “los editores le huían como una plaga, porque representaba la realidad a fogonazos, indirecta e instintiva”.

Lazos de familia contiene algunos de sus mejores relatos, como “El crimen del profesor de matemáticas”, “Amor” y “Feliz cumpleaños”. En apariencia, los personajes aceptan el curso de la vida familiar sin mayores cuestionamientos, hasta que un suceso inesperado -el encuentro con un ciego, el silencio del esposo, la muerte de un perro- les provoca un temblor tan inquietante como placentero: la felicidad es siempre clandestina.

De regreso en Brasil

Las falencias de Clarice, una vida que se cuenta se hacen sentir cuando la autora regresa a su país y, a los pocos meses, se divorcia. Battella Gotlib no entra en el drama que significó la separación (Lispector incluso afirmó que era “el dolor más grande de mi vida”) ni en las causas que la motivaron. Las cartas que Maury Gurgel Valente le envía a Clarice parecen puestas para demostrar su arrepentimiento, pasando por alto la insinuación de posibles infidelidades y de unas cartas que le provocarán a ella “rabia y escarnio”. La biógrafa se limita a subrayar la incompatibilidad de caracteres a la hora de asumir la vida diplomática. Tampoco entrega mayores detalles sobre la relación de Clarice y su hijo mayor, enfermo de esquizofrenia, o de una tardía adicción a los tranquilizantes.

En esta biografía las fichas están puestas en las dificultades de la carrera literaria. En varios pasajes el reconocimiento de su obra, que se afirmó justamente en los sesenta y setenta, es visto como un modesto premio de consuelo.

“La pasión según G.H.” (1964), la historia de una escultora que se come una cucaracha porque descubre en ella “la identidad de mi vida más profunda”, obtiene elogios unánimes. Y “Agua viva” (1973) confirma que Lispector narra desde una perspectiva desplazada: sus personajes no saben lo que ocurre, pero no por eso dejan de contar lo que están sintiendo. Otros libros suyos se reeditan y traducen al francés, español e inglés.

Contra lo que podría pensarse, para sobrevivir Lispector debe echar mano al periodismo, escribiendo columnas en Jornal do Brasil y, en otros medios, participa en las secciones femeninas con diferentes seudónimos. Como Helen Palmer da consejos para evitar la excesiva transpiración y llama a no arredrarse pasados los cuarenta. Entre 1960 y 1961 inventa a una artista de cine y modelo que sentencia: “La belleza no se improvisa. Tú misma puedes crearla”.

Entre broma y broma -entre máscara y máscara- la verdad se asoma: “Prefiero que salga una buena foto mía en el diario que un elogio”, escribió en 1969. Tres años antes, Lispector había sufrido graves quemaduras por quedarse dormida con un cigarro prendido.

Como siempre, la vejez es brutal. Lispector declara una y otra vez que la fama la agobia. Su carácter se vuelve irritable. A Olga Borelli, quien estuvo a su lado en la etapa final, le confiesa que su vida carece de rumbo. Con todo, lectores anónimos la llaman para contarle su vida y Cortázar manda decir que quiere conocerla. “¿Será que estoy de moda?”, se pregunta en un cuaderno.

Incómoda por el “mito Clarice”, da entrevistas para decir que lleva una vida normal, que su máxima alegría fue criar a sus hijos, que está arrepentida de cada uno de los libros que escribió. Frases que combinan la buena crianza con la ironía y, por qué no, con el desprecio hacia la banalidad. Clarice Lispector nunca perdió el humor ni el misterio. Al final todo parece un juego coqueto, como cuando cambiaba la fecha de su nacimiento. Enfurecida, un día antes de morir, le dijo a su enfermera: “¡Usted mató a mi personaje!”.

 

23
Abr
08

*INTERROGANTES SOBRE EL SUICIDIO DE A. STORNI

INTERROGANTE SOBRE EL SUICIDIO DE A. STORNI

A los cuarenta años de la muerte de la poetisa argentina Alfonsina Storni, un vendedor de golosinas de Mar del Plata abrió un interrogante sobre la forma en que murió una de las grandes de la literatura sudamericana.

Hasta ahora era aceptado que Alfonsina se suicidó el 25 de octubre de 1938, lanzándose a las aguas de este famoso balneario argentino, pero Enrique Tissone, el hombre que descubrió el cuerpo flotando, cree que “pudo ser un accidente”.

Tissone afirma que ninguno de los relatos conocidos sobre el trágico episodio es exacto, ni siquiera con respecto a la ropa que vestía Alfonsina. “Ella no vestía túnicas blancas como han dicho, yo no vi ninguna”, asegura.

Alfonsina Storni nació en 1892 en Lugaggia (Suiza italiana) y ejerció el magisterio primario y secundario en Buenos Aires. Entre sus obras más conocidas figuran “La Inquietud del Rosal” (1916), “Irremediablemente” (1919), “Languidez” (1920) y “Ocre” (1925).

Aquejada de una enfermedad incurable escribió un soneto, “Voy a Dormir”, y un día después apareció flotando frente a la playa Bristol, en Mar del Plata.

Tissone rememora que en la mañana del 26 de octubre de 1938 recorría la escollera junto con un banero amigo suyo, “la escollera había sido muy dañada por la marea. Tenía grandes grietas, verdaderas trampas mortales, era necesario andar con mucho cuidado para no pisar en falso”, dice el vendedor de golosinas.

Añade que “allí encontramos un zapato de mujer de color negro de gamuza número 35” y explica que “una bandada de gaviotas volaba en círculos sobre un objeto que se encontraba a 200 metros de distancia de la costa y comprendimos que se trataba de un ahogado”.

Cuando el cuerpo fue llevado a la costa, Tissone comprobó que era una mujer, “pequeña de estatura” que vestía una “blusa blanca, pollera negra y negras eran también sus prendas interiores. En la mano izquierda llevaba un anillo con brillantes, yo no vi ninguna túnica blanca como se dijo después”.

(“El Comercio” artículo)

21
Mar
08

*NOVELA NEGRA

DIEZ AÑOS SIN PATRICIA HIGHSMITH
Por Elena Gosálvez

Todavía la veo al otro lado de la mesa, cenando un cuenco de caldo y una litrona de cerveza. Con un solo cubito maggi cenábamos las dos. Hablábamos de Graham Greene y otros habitantes de su pasado o nos interrogábamos mutuamente, presas de la misma curiosidad voraz, propia de mis 20 años y de sus vibrantes 74. Me despedí de ella el 16 de diciembre de 1994. Cuarenta días después estaba muerta.

Yo no sabía quién era Patricia Highsmith hasta que un amigo común, el editor Daniel Keel, me comentó cenando en su casa de Zurich que buscaba a alguien que se mudara con una importante escritora norteamericana al Ticino suizo. Estaba enferma y necesitaba un ayudante que supiera inglés, tuviera carnet de conducir y fuera de plena confianza. “¿Qué hago? ¡No puedo poner un anuncio en el periódico!”, comentó agobiado. “Iré yo”, repliqué sin pensar. Pero era la propia Pat quien se encargaba de remunerar a su ayudante, y también de seleccionarle. Dani me cerró una entrevista para el sábado siguiente.

En el tren, llegando ya a la impresionante región de Centovalli, me terminé El temblor de la falsificación, el primer libro suyo que leía. Había visto en la televisión Extraños en un tren, la primera novela de Patricia que Hitchcock adaptó para la pantalla cuando ella sólo tenía 28 años, pero el libro entre mis manos tenía otra fuerza. En la estación me recogió un divorciado cincuentón que había sido el asistente de la autora durante un par de años, desde el principio de su enfermedad. “Pat es muy especial –me dijo–, pero yo he decidido meterme a monje”.

Su casa de una planta era como una U construida con tres cajas de cerillas. Ella misma la había diseñado. Una amplia habitación con baño ocupaba cada palito de la U, dejando cocina y salón en el medio. Cada dormitorio tenía dos ventanales para salir al patio central y al jardín salvaje que rodeaba la construcción. Me senté en un sillón blanco junto a un gato gordo y naranja. Una mujer delgada, vestida con camisa de cuadros y pantalón de hombre y melena canosa hasta la barbilla, algo encorvada y con cara de huraña me saludó amablemente, esforzándose por sonreír.

“Gracias por venir. Dani me ha dicho que eres española pero hablas muy bien inglés y que quieres ser editora. Por cierto: ¿te gusta Hemingway?”.

Supe que esa era la pregunta decisiva. Me quedé callada sin saber si era el momento de mentir. Seguro que ambos autores americanos enamorados de Europa habían sido amigos. “No”, contesté tajante. Siempre es mejor decir la verdad, especialmente a la gente relevante, porque nadie suele ser sincero con ellos. “¡Odio a Heminway!”, chilló Pat desde lo más hondo de su ser. “¿Puedes empezar el lunes?”.

Durante las semanas siguientes me pude leer toda su obra cronológicamente, cogiendo las primeras ediciones directamente de la ordenadísima estantería. En el salón estaban sus diarios, que escribió religiosamente desde los 15 años hasta su muerte: más de cien cuadernos tamaño folio que en unos cuantos años se harán públicos. Leía hasta muy tarde, atrapada en su eterna búsqueda del crimen perfecto, en sus cuentos misóginos, en sus héroes reinventados…

Sobre las 9 de la mañana me despertaba la gata naranja Charlotte pidiéndome su desayuno: pulmones de vaca crudos. Los troceaba con las tijeras de cocina y los alvéolos explotaban en el silencio hasta que las noticias de la BBC se encendían al fin en el cuarto de Pat: un día más se había despertado. A los pocos minutos empezaba el estruendo de aquella máquina de escribir donde estaba terminando su última novela, Small G: un idilio de verano. Por superstición escribió toda su obra con esa misma máquina prehistórica. Me iba confiando los folios a un limpio impoluto para que yo se los pasara por fax a Daniel. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Dos veces a la semana la llevaba en coche al hospital de Locarno.

Extremadamente crítica con su obra, parecía que solamente estaba orgullosa de El temblor, también mi favorita. Su patria natal nunca consideró que la tejana escribiera literatura mayor. La gran editorial Knopf rechazó su genial obra El diario de Edith por no ser una novela “de misterio” y no saber “qué hacer con ella”. Mientras, en Europa cada vez era más respetada, llegó a sonar muy fuerte para el Nobel, especialmente cuando se publicó Carol, y hasta los presidentes de gobierno la invitaban a cenar. Solamente las recientes películas basadas en su Ripley han sacado a Pat de secciones secundarias de las librerías de su país, una tierra que abandonó muy joven pero que nunca dejó de querer. Aunque miraba mucho el dinero, no le importaba pagar impuestos en dos continentes para mantener su nacionalidad, sus raíces.

Antes de morir quiso reconciliarse con la memoria de su padre, con quien debió de tener serios problemas en su primera juventud. De pronto le pareció injusto no haber firmado nunca con su verdadero apellido: Plangman. Tampoco olvidó la colonia de escritores que la becó para escribir esa primera obra que, sólo diez días después de ser publicada, Hitchcock compró por 6.800 dólares de entonces. “Cambió mi novela –me confesó–, pero siempre le estaré agradecida porque gracias a él pude seguir escribiendo y viviendo de escribir”.

Nunca pudo aceptar que la moral hollywoodiense de la época no permitiera que el malo se saliera con la suya: para ella el antihéroe tenía que triunfar, al menos a primera vista. Sí que le gustaron, sin embargo, las primeras adaptaciones al cine de su serie Ripley, aquellas francesas protagonizadas por Alain Delon. Menos mal que no vio las posteriores, aunque al menos el Ripley protagonizado por Malkovich hizo un gran esfuerzo por respetarla.

Cuando Daniel publicó por primera vez una obra suya en alemán, en 1968, ella le advirtió de que “las críticas no eran muy buenas” y le dijo que esperaba que Diogenes “no perdiera mucho dinero” editándola. En Estados Unidos se estaban negando a imprimir su obra en tapa dura, porque la consideraban propia de bolsillo. Daniel nunca perdió el entusiasmo por su nueva autora, aunque le costó 10 años de buenas críticas colarla en las listas de los más vendidos.

En 1981 ella pagó la fidelidad de Daniel dándole los derechos mundiales de los libros que escribiera a partir de entonces, y a su muerte pasó la gestión mundial de toda su obra a Diogenes. “Tenemos una relación amistosa. Me llama en domingo y los dos estamos trabajando. Para él el domingo es un día más”, comentó de él. Después de años, Pat le podía regañar por comprarle unas flores “obscenamente caras” (“y además odio las rosas”), o le podía decir a su mujer que el filete estaba seco mientras Daniel le explicaba qué pasaje de qué novela no le convencía.

Era algo arisca porque renunció conscientemente a muchas cosas para poder escribir, pero merece ser recordada tanto por su calidad literaria como por su personalidad. Pat era modesta, disciplinada, apasionada, detallista, salvaje, honesta… pero sobre todo agradecía profundamente su suerte: la de habernos regalado sus novelas.

Elena Gosálvez es editora de MR Ediciones (Grupo Planeta).
Publicado en la sección “LIBROS” del Suplemento de “Libertad Digital” el 10 de febrero de 2005.

07
Mar
08

*PATRICIA

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PATRICIA
(Por: Elvira Lindo)

Lo de que la belleza física es algo relativo está por ver. Realmente creo que esa teoría forma parte de esa idea tan americana de que nadie tiene por qué aceptar la más mínima frustración. De la misma forma que la enseñanza consiguió borrar del mapa el fracaso escolar -a cada estudiante hay que exigirle según sus posibilidades-, se inventó el ballet en silla de ruedas o los concursos de misses para mujeres gordas. La clave de la modernidad es que a nadie se le puede decir: tú para esto no sirves. Por supuesto se considera progresista el suponer la belleza como algo arbitrario, algo que depende del color del cristal con que se mira, cuando la realidad es que no ha cambiado tanto el canon desde que el arte representó de forma realista el rostro humano. En cuanto a la gordura, de la que la pintura ha dejado tan espléndidas muestras, ha sido la consecuencia más de la mala alimentación que de la estética. Hay científicos que afirman que un bebé siempre se sentirá más atraído por una cara agradable. Todo eso al margen de que hay feos atractivos, feos irresistibles; lo cual no quita para que por mucho que adecuemos el lenguaje a la corrección política siempre habrá guapos y feos. Además de la herencia genética, también nuestros rostros están expuestos a la vida que nos toca. Los lectores de Patricia Highsmith se quedarían asombrados si vieran sus fotos de juventud. A Highsmith la recordamos por esas fotos de anciana de facciones durísimas, hinchadas probablemente por el alcohol. Sin embargo, en la biografía que sobre ella ha escrito Andrew Wilson, vemos algunas imágenes de los años cuarenta en las que aparece Patricia desnuda. Su imagen, tan dulce, tan bella, podría ser la de una actriz de hoy. Una compañera de universidad de la novelista decía: “Cuando la vi en sus últimas fotos no podía creer en lo que se había convertido…”. Leyendo la biografía de Highsmith deduje que esa asombrosa transformación de su cara era consecuencia del alcohol y de esa personalidad atormentada que los lectores con propensión a la mitomanía atribuyen al genio, y que la propia Patricia achacaba a los complejos y la consideración de bicho raro que tenía sobre sí misma. A ella, que acabó siendo una mujer fea, le siguieron gustando hasta su muerte las mujeres hermosas.

Artículo aparecido en “EL País” el 05/05/2004.

07
Mar
08

*El HOMBRE A LA SOMBRA

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LEONARD WOOLF, EL HOMBRE SIN ATRIBUTOS:
Victoria Glendenning revela la importancia del esposo de Virginia Woolf como escritor.

En 1966, cuando su vida había atravesado ya dos guerras mundiales, el ocaso de un imperio y el suicidio de la mujer que amaba, Leonard Woolf se encerró a reflexionar y escribió: “A la edad de ochenta y ocho años, mirando hacia atrás mis cincuenta y siete años de trabajo político en Inglaterra, veo con claridad que no he obtenido prácticamente nada. El mundo presente y la historia del hormiguero humano de los últimos cincuenta y siete años serían exactamente idénticos si hubiera jugado al ping pong en vez de presidir comités y escribir libros y memorandos”. Y concluía con “la confesión más bien humillante” de haber arado la propia existencia con “algo así como ciento cincuenta o doscientas mil horas de trabajo perfectamente inútiles”.

(Publica La Nación)

Por Livia Manera

Pero el intenso trabajo desarrollado en las filas del partido laborista no debía de ser el único motivo de frustración para un escritor ambicioso y competitivo, que había padecido el desafío de estar casado con Virginia Woolf. En Cambridge, Leonard se había vinculado con algunas de las mentes más brillantes del siglo, entre las cuales se encontraban John Maynard Keynes, Lytton Strachey, E. M. Forster y Bertrand Russell. En Londres, había fundado la Hogarth Press y había sido el editor de T. S. Eliot y de Sigmund Freud, y en calidad de codirector del Political Quaterly, había publicado y trabajado con personalidades del nivel de H. G. Wells, Thomas Hardy e Isaiah Berlin. Nunca existió una persona más asediada que Leonard Woolf por la grandeza de los amigos y los parientes cercanos.

Y por eso hoy se ha convertido en noticia el hecho de que al hombre sin atributos de Bloomsbury se le haya restituido la dignidad perdida con el relanzamiento, en Gran Bretaña y en los Estados Unidos, de su primera novela, The village in the jungle, de los cuentos de A tale told by midnight , pero sobre todo, con la publicación de una brillante biografía escrita por Victoria Glendinning, que le reconoce una interesante y contradictoria personalidad. Glendenning describe a Leonard Woolf como a un hombre austero, tímido, despótico, irascible y pesimista (su inefable lema era “¡Nada importa!”), a quien el amor por una mujer con la que no tenía ninguna intimidad sexual suavizó hasta el punto de convertirlo en un ser generoso, protector y paciente. Un hombre con una cara como el filo de un cuchillo y de cuerpo menudo, que amaba a las mujeres (“Siempre me sentí fuertemente atraído por la mente y el cuerpo femeninos”) y que era retribuido por ellas. Menos de dos años después del suicidio de Virginia, ese hombre vivió una segunda temporada de amor con la vivaz y alegre Trekkie Parsons, esposa de Ian Parsons (que consentía la relación), editor de Chatto & Windus. Leonard y Trekkie compartieron los siguientes treinta años de vida.

Un hombre que se declaraba marxista y socialista, y del que hasta la misma Virginia decía que era “muy duro con las personas. Sobre todo con la servidumbre… La extrema rigidez de su mente me sorprende… su severidad: no hacia mí, yo puedo levantarme y mandarlo al diablo. ¿De dónde viene? Del hecho de no ser un gentleman , en parte: de no sentirse cómodo en presencia de las clases inferiores… Supongo que tiene un deseo de dominio. Amor de poder. Y después escribe contra esas cosas…”.

En las palabras de la mujer, uno encuentra todo el desenvuelto antisemitismo de la buena sociedad inglesa. Y aunque Leonard haya negado que alguna vez se sintiera discriminado, es difícil creer que el hecho de pertenecer a una familia judía empobrecida imprevistamente a la muerte del padre abogado no le haya sido pesado cuando frecuentaba una escuela de larga tradición antisemita como St. Paul. Una vez que salió de allí, pasó a Cambridge con una beca de estudios y fue de nuevo alguien distinto entre iguales: el único de aquel excepcional círculo de amigos “arrogantes, altaneros, cínicos y sarcásticos”, como los describía él mismo, que en caso de recibir una mala nota podía ser castigado con la pérdida del derecho a frecuentar la universidad. Después de graduarse, aceptó con humildad un empleo en la administración colonial. Y los siete años durante los cuales fue administrador de una aldea en Ceilán se convirtieron en el bagaje de experiencia de su posterior pasión antiimperialista.

Fue precisamente mientras Leonard estaba en Ceilán cuando el homosexual Lytton Strachey le escribió en 1909 que había pedido la mano de Virginia Stephen, que se había arrepentido y que, por suerte, había sido rechazado. Ahora le tocaba a Leonard casarse “por su cabeza” con la hermana del amigo común Toby Stephen, le decía Strachey. Y Leonard lo hizo, aunque aterrorizado por las “espantosas complicaciones de la virginidad y del matrimonio”. Se convertiría en un marido extraordinario y en un amante inexistente, que no mostró celos cuando Virginia vivió su historia de amor con la escritora y aristócrata Vita Sackville-West.

¿Qué queda hoy de esa vida ensombrecida por el brillo de las de otros? Dos novelas, The village in the jungle (1913) y Wise Virgins (1914), que transcurren la primera en Ceilán y la segunda, en un ambiente suficientemente semejante al de su familia de origen como para ponérsela toda en contra, además, una inmensa masa de escritos políticos, por propia admisión irrelevantes (“Pero hasta el fracaso puede ser portador de un granito de conocimiento”); y una espléndida autobiografía en tres volúmenes, escritas cuando ya reflexionaba “pasaron las tempestades y las tensiones de la vida, las ambiciones y las competencias”. Por todo esto, Leonard brotó a los ochenta años bien cumplidos en los tres volúmenes de su autobiografía, dice hoy Victoria Glendinning. Porque escribir lejos de los consejos críticos de los amigos ilustres, ya muertos, fue para él una liberación. Y es extraño que sea ella quien lo diga. Porque ni siquiera su biógrafa se resiste a la tentación de decirle a Woolf lo que debería haber hecho (“Si hubiera perseguido con mayor fuerza la idea de una nueva versión del Judío Errante… habría escrito probablemente su obra maestra”). Es la demostración de que nunca habrá paz para Leonard Woolf, eterno viudo de Virginia. Aunque hoy se lo rescate.

Corriere della Sera. Traducción de Hugo Beccacece.

07
Mar
08

*LAS FLORES DEL MAL

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Charles Baudelaire, a pesar de haber inventado la poesía moderna, fue un tipo con mala suerte y también con mala muerte. El contraste de la vejez de su padre (que tenía 62 años cuando lo engendró) y de la juventud risueña de su madre (que tenía 27 cuando lo concibió) es el precipitado que produce Las flores del mal. Ganó el segundo premio de versos latinos en un concurso en el que participaban niños de todos los colegios de Francia, y supo que no había marcha atrás en el espinoso camino de la poesía.El profesor José Antonio Millán Alba, traductor de Baudelaire, afirma que hay un antes y un después de este genio, «sin él es inconcebible la poesía actual, su influencia es universal porque codificó la estética contemporánea e influyó en nuestra manera de vivir. Ni el siglo XX ni el actual han dado nada nuevo, sólo han sido difusores de los hallazgos del XIX y de Baudelaire, sobre todo, que sigue teniendo la influencia de un coloso».

Publicado por primera vez hace ahora ??50 años, Las flores del mal produjo un desenfreno de insultos y una condena judicial por ultraje a la moral pública. La edición fue secuestrada, el autor procesado y condenado a una multa de 300 francos y a suprimir seis de los poemas que exaltaban la desnudez femenina y las relaciones LesBianas. Precisamente el primer título en el que pensó el poeta para su obra fue Las lesbianas, luego se inclinó por titularla Los limbos. El título definitivo se lo propuso el periodista Hippolyte Babou y resumía una idea obsesiva de Baudelaire: consideraba que la naturaleza es fea y que la belleza sólo es una exudación del mal.
El poeta ecuatoriano Mario Campaña asegura que «Las flores del mal inventan la poesía moderna, es decir, urbana, irónica, descreída, pegada a la vida y al margen de Dios, de la historia y de la naturaleza. Desgarrado entre la sensualidad y el espiritualismo, este libro es un buen retrato de la primera mitad del siglo XIX, una época que nos ha hecho como somos».

La figura ambivalente de la mujer atraviesa las páginas de Las flores del mal. Sus referencias literarias son la hechicera Circe que encantó a Ulises, la Venus del amor, la Cibeles de la fecundidad, Elvira, la última esposa de Don Juan o la Lady Macbeth de Shakespeare. Las referencias reales son tres de sus amantes: Jeanne Duval, Apollonie Sabatier y Marie Daubrun.

Tenía 46 años cuando lo enterraron en el cementerio de Montparnasse. Allí yace el padre de la poesía moderna, el precursor del simbolismo, el inspirador del surrealismo y el autor de las flores más tiernas y atroces del jardín universal de los versos.

VERSOS CENSURADOS: Selección de algunas estrofas de ‘Las flores del mal’, por los que fue condenado y la edición secuestrada.

LESBOS: ¿Quién entre los Dioses osará, Lesbos, ser tu juez / y condenar tu frente pálida de extravíos, / si sus balanzas de oro no han pesado el diluvio / de lágrimas que al mar han vertido tus arroyos? / ¿Quién entre los dioses osará, Lesbos, ser tu juez? ¿Qué quieren de nosotros las leyes de lo justo y de lo injusto? / ¡Vírgenes de corazón sublime, honor del archipiélago, / vuestra religión como otra cualquiera es augusta, / y el amor se reirá del Infierno y del Cielo!

LAS JOYAS: Con los ojos en mí, cual tigre domado, / con aire vago y soñador ensayaba posturas, / y el candor unido a la lubricidad / añadía un nuevo encanto a sus metamorfosis; y sus brazos y sus piernas, y sus muslos y sus caderas, / como el aceite pulidos, ondulantes como un cisne, / pasaban ante mis ojos clarividentes y serenos; / y su vientre y sus senos, esos racimos de mi vid, / avanzaban, más zalameros que los Ángeles del mal.

MUJERES CONDENADAS DELFINA E HIPÓLITA:Tendida a sus pies, tranquila y llena de gozo, / Delfina la cobijaba con ardientes miradas, / como una bestia fuerte vigilando su presa, / luego de haberla, desde luego, marcado con sus dientes. Siento fundirse sobre mí pesados terrores / y negros batallones de fantasmas esparcidos, / que quieren conducirme por caminos movedizos / que un horizonte sangriento cierra por doquier.
Via.

(Artículo aparecido en la página de LesNoticias.com)




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