Archive for the '*ART. LITERARIOS' Category

10
May
11

ESTE BLOG ENTRA EN RECESO UNA TEMPORADA. ESPERO VOLVER “ALGÚN DÍA”
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25
Abr
11

LOS AMORES DESTRUCTIVOS

LOS AMORES DESTRUCTIVOS
(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

Para el dramaturgo Irlandés Oscar Wilde, genio preclaro de las letras Inglesas, enamorarse de una persona inconveniente y de muy distinta forma de ser,  le costó muy caro. Tal parece que a ciertos genios y hombres ilustres, nada los derribará, sobre todo si han logrado influir tanto en una época y en el mundo de las letras, aparte de destacar con tanto ingenio y sapiencia en su propia formación, tan llena de premios merecidos, becas y ser una persona brillante, bastante relevante y conocida desde su época de estudiante por sus méritos, tanto en su formación en Literatura Clásica, Griega y Latina;  sus conferencias en Estado Unidos, la publicación de sus libros de la más distinta índole, pues destacó en los distintos géneros,  escribió: Prosa, poemas, ensayos, cuentos y teatro con bastante belleza, erudición e ingenio y siempre se destacó de él su inteligencia y su gran poder de influir en su medio, con su vestimenta extravagante, peinados de postura esteticista y decadentista, que muchos jóvenes de entonces intentaron copiar. Fue indudablemente una personalidad destacada de la época Victoriana, en la cual vivió.

Según se afirma en el año, 1891 Oscar Wilde de 37  años conoce a “Bosie”, Lord Alfred Douglas, hijo de los marqueses de Queensberry, de 21 años, quien es tristemente conocido por ser la problemática y conflictiva pareja de Oscar Wilde y quien fuera dado a conocer a fondo en la carta “La tragedia de mi vida“ (Carta a lord Alfred Douglas), epístola escrita por Oscar Wilde a su amante, durante su estancia en la prisión de Reading, en 1897, la carta también ha sido dada a concer como “De Profundis”, y sólo vería la luz parcialmente al ser publicada en 1905, por su amigo y periodista Robert Ross, a quien Oscar Wilde se la confió. La versión completa la publicaría Vyvyan Holland, hijo de Wilde en 1949, y recién se hizo de dominio público a partir del año 1960, debido a contrastaciones y correcciones posteriores.

La carta está redactada con ese estilo que caracterizó a Wilde,  exquisito, profundo, a veces exaltado, que va desvelando sus  distintos estados de ánimo, el verdadero desgarro de haber caído tan bajo, la humillación, el dolor de ir poco a poco perdiéndolo todo: esposa, hijos, amigos, fama, fortuna, su casa, sus libros y la gran afrenta pública que eso significó para él, antes tan destacado y afamada figura de la época Victoriana;  sino también el gran dolor que traspasó a sus familiares y su propia madre, quien agravando su dolor, fallece en el lapso de estar preso en la prisión de Reading, donde fue condenado a cumplir dos años de trabajos forzados, tras demandar al padre de su novio, por difamación y sodomía, juicios que perdió, por las costumbres y cerrazón de la época moralista, hipócrita y prejuiciosa de entonces. El juicio a Oscar Wilde, que emprendió con saña el marqués de Queensberry,   fue un gran escándalo de grandes proporciones en su tiempo.

La Epístola de unas 248 páginas, si bien es cierto, jamás pierde su belleza expresiva, su nivel aleccionador, su maestría literaria de gran dramaturgo, su cautivadora prosa exquisita y no exenta de poesía, sorprende paso a paso. Si bien es cierto empieza con cierto reproche a su amante “Bosie”, del siguiente modo: “Luego de una prolongada e infructuosa espera, he tomado la decisión de escribirte, y ello tanto en tu interés como en el mío, pues me subleva el pensar que he estado en la cárcel dos interminables años sin que haya recibido de ti una sola línea, una noticia cualquiera, que no he sabido nada de ti, aparte de aquello que tenía que serme doloroso. Ha concluido para mí de un modo funesto y con escándalo público para ti, nuestra trágica amistad por demás lamentable. Sin embargo, muy rara vez me abandona el recuerdo de nuestra vieja amistad, y experimento una profunda tristeza cuando pienso que mi corazón, henchido antes de amor, está ahora para siempre colmado de maldiciones, de amargura y de desprecio. Y con toda seguridad, tú mismo sientes en el fondo de tu alma, que es mejor escribirme a mí, que me encuentro en la soledad de la existencia carcelaria, que no dar a la publicidad, sin mi expresa autorización, cartas mías, o dedicarme poesías, sin permiso alguno también…”

En ella, reprocha a “Bosie” su gran orgullo, sus grandes diferencias sustanciales desde la adolescencia en los estudios. Va formulándose mediante una introspección analítica los pasos que lo llevaron a parar en esa horrenda condición de reo carcelario, lo que estuvo mal de parte suya en cuanto a dejarse arrastrar y lo que fueron excesos  del mismo “Bosie”. Va desgranando paso a paso las consecuencias del odio mutuo que parecía anidar entre padre e hijo, el marqués de Queensberry y Sir Alfred Douglas, razón primordial, por la cual, Wilde terminó en prisión, mal aconsejado y envenenado constantemente por su amante para que Wilde denuncié a su padre, con las amargas consecuencias deplorables del caso.

Otro aspecto es su auto  reproche y pesar por la mala influencia de “Bosie” en su vida en relación a su propia creación literaria, cuando dice: “Me acuerdo, por ejemplo -a fin de citar un solo caso entre muchos ,que, en septiembre de 1893, arrendé varias habitaciones amuebladas, con el único propósito de trabajar sin que me molestasen.

“Había rescindido mi contrato con John Hare, a quien había prometido una obra teatral, y que me urgía para que le diese término lo antes posible. En el transcurso de la primera semana, no te dejaste ver; habíamos disputado, lo cual no podía dejar de ocurrir, a raíz del mérito de tu traducción de Salomé”.

“Te limitaste a escribirme, diciendo al respecto los mayores dislates. Escribí y terminé hasta en sus mínimos detalles, durante aquella semana, el primer acto de El marido ideal, dejándolo tal como en definitiva hubo de ser representado. Volviste a aparecer la segunda semana, y mi trabajo se acabó… .Tan sólo pienso en la naturaleza de esa amistad, en tanto perduró. Espiritualmente, me ha envilecido. Se encontraban en ti, en germen, los impulsos de un temperamento artístico; pero di contigo demasiado tarde, o demasiado temprano, no puedo puntualizarlo. Cuando te hallabas lejos, en mí todo se iba ordenando a la perfección.

Cuando -a principios de diciembre del año antes mencionado- conseguí que tu madre te enviase al exterior de Inglaterra, de inmediato torné a juntar las embrolladas y rotas mallas de mi imaginación, recobré otra vez el dominio sobre mi vida, y no solamente finalicé los tres actos de “El marido ideal que faltaban, sino que imaginé también otras dos obras de índole completamente distinta: La tragedia florentina y La santa cortesana, estando casi en un tris de ponerles punto final. De pronto, sin que te llamaran, en momento escasamente oportuno, en circunstancias que habían de ser nefastas para mi felicidad futura, te haces presente en mi casa. Y no pude ocuparme de nuevo de esas dos obras sin terminación aún, y nunca, en lo porvenir, pude retornar a aquel estado de espíritu que les insuflara vida. Tú mismo, y en especial ahora que ya has dado a la publicidad un tomo de poesías, comprenderás cuán cierto es lo que acabo de decirte. Pero, lo comprendas o no, ésta es, de cualquier manera, la horrible verdad de la intimidad de nuestras relaciones“.

“En tanto estuviste a mi lado, fuiste la causa de la ruina total de mi arte; y por esto, porque consentí tu perenne presencia entre el arte y yo, siento ahora semejante vergüenza, tan insuperable pesar“…En otro aparte Wilde refiere la vergüenza y lo insoportable de las peleas de “Bosie”: “Aquellas continuas peleas que parecían ser para ti una necesidad física, y en las cuales se echaban a perder del mismo modo el cuerpo y el espíritu, y eran tan horrorozas de ver como de oír…”

De esta misma forma Wilde consintió con una gran permisividad y flaqueza,  por debilidad de carácter, que  Sir Alfred Douglas, le fuera arruinando totalmente la vida, quien lo  llevó a una vida de gastos y caprichos caros, a estancias en Grandes Hoteles, viajes de placer y una asidua concurrencia a  restaurantes de lujo, que poco a poco fueron minando con la economía de Oscar Wilde, gastos en el juego, los caprichos de “Bosie” y sus extravagancias, de este modo resultó ser un novio totalmente pernicioso para Wilde, porque no sólo exigía caprichos excesos y grandes festines mundanos, sino que su naturaleza egocéntrica por sentirse halagado y un afán exhibicionista, parecía ser el motor de toda su necesidad de boato y pasos por lugares caros, hechos no exentos de una gran vanidad y un caracter dominante, caprichoso  e insoportable.

…Desgraciadamente he sacrificado por ti mi arte, mi existencia, mi apellido, mi posición ante la posteridad, y aunque pudiese tu familia poseer todas las maravillas del mundo, el genio, la opulencia, el elevado rango, y otras cosas por el estilo, y lo depositase todo a mis plantas, ni siquiera podría pagarme la décima parte de las cosas más nimias que me fueron arrebatadas, ni una sola lágrima de las últimas que vertí. Sin embargo, es preciso que se pague todo cuanto uno hace. Hasta cuando se ha sido declarado en quiebra. Tú, por lo que advierto, supones que la quiebra es un medio muy cómodo para no saldar las deudas“.

Lord Alfred Douglas nunca mereció el amor y la gran generosidad del dramaturgo Oscar Wilde, la mayoría de las veces  sus actitudes fueron cobardes, deplorables y vergonzosas, mucho más después de la muerte del escritor. Alguna vez le dijo: “Dejas de ser interesante cuando no te hallas en tu pedestal”, a lo que Wilde escribió: “Debo confesar que, al terminar de leer tu carta,  me sentí mancillado, como si el trato con un individuo de tu índole, me hubiera hollado y deshonrado de una manera irreparable”.

En otro apartado Oscar Wilde, dice lo más revelador de su propio carcacter débil y generoso siempre con “Bosie”l, y del afán siempre oscuro, trepador y prepotente de “Bosie”: ” Premeditadamente, sin que te impeliese a hacerlo, te introdujiste a la fuerza en mi terreno, y usurpaste un puesto al cual no tenías el menor derecho, ni para el cual eras idóneo, logrando con tenacidad singular (me recuerda algún caso conocido), que tú presencia fuera uno de los elementos esenciales de todos y cada uno de mis días, recabando para ti mi vida entera, sin hacer con ella nada mejor que destrozarla”.

La carta a su novio reflexiona mucho sobre lo esencial y superficial de esta vida, sobre lo que envilece al hombre y lo que lo va perdiendo. Lástima, que tuviera que ser una practica necesaria y posterior a su encarcelamiento y no una previsión que lograra evitar tanto dolor y desdicha en Wilde. Es sin embargo, como un gran viaje a través del dolor, una transformación hacia la redención espiritual, una metamorfosis humana de liberación y reconquista de sí mismo hacia un nuevo hombre, que a posteriori se guiará con un espíritu cristiano y buscará su felicidad en las pequeñas grandes cosas de esta vida, para alcanzar la paz, emulando a Cristo en sus grandes lecciones de amor, perdón, y desterrando el rencor. De hecho, en su lecho de agonía y conciente, abrazó el catolicismo en una breve ceremonia religiosa.

En 1897  Oscar Wilde sale de la cárcel de Reading, y pese a la negativa de los  familiares de ambas partes, y a pesar  a conocerlo más en base a sus hondas reflexiones, volvieron a vivir juntos “Bosie” y Wilde, durante unos tres meses en Nápoles,  cuando  las ayudas de cada familia les fueron quitadas,  se tienen que  separar para siempre. Sólo a los tres años de  haber abandonado la prisión de Reading, en 1900, Oscar Wilde fallece, solo, triste y arruinado en París, en el Hôtel d’Alsace, núm. 13, de la Rue des Beaux Arts, víctima de una meningitis, que empezó como una otitis aguda, tan sólo a sus 46 años de edad.

El escritor español José Antonio de Villena, escribió: “Charlatán Crepuscular” sobre los amores desgraciados del escritor Oscar Wilde con Lord Alfred Douglas, en 1997. De sus amores inconvenientes y destructivos se han hecho otras representaciones teatrales y escritas.

Barcelona, 12 de Abril, de 2011.

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08
Abr
11

EL RETORNO DEL PROCESO: LOS HEREDEROS DE MAX BROD Y EL LEGADO DE FRANZ KAFKA

 

 

 

 

 

 

 

 

EL RETORNO DEL PROCESO: LOS HEREDEROS DE MAX BROD Y EL LEGADO DE FRANZ KAFKA
(Por Ioram Melcer)

A pesar de haber publicado 83 libros, Max Brod conquistó un lugar privilegiado en la historia de la cultura universal por haber sido el amigo más íntimo de Franz Kafka. El mérito de Brod fue que no cumplió las órdenes de Kafka de quemar sus manuscritos tras la muerte del gran escritor en Austria, en 1924. “Max, mi querido amigo, mi último pedido es que todo lo que se encuentre en mi legado escrito… sea quemado…”, decía la nota más famosa en la historia de la literatura. El Proceso, El Castillo y otras obras magistrales del genio quedaron condenadas a las llamas del olvido.

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Publica El País (Uruguay)

(Por Ioram Melcer)

En 1939, cuando los nazis llegan a Praga, Brod y su esposa huyen de Europa. Max Brod lleva una sola valija, repleta de manuscritos y papeles de Kafka. La pareja llega a Palestina y se instala en Tel Aviv. En la calurosa y húmeda ciudad mediterránea, Brod ha de hacer famoso a quien es considerado hoy el más grande escritor de lengua alemana en el siglo XX. En 1942 fallece la esposa de Brod. El viudo de 58 años de edad tiene una secretaria, Esther Hoffa. Casada, madre de dos hijas, 22 años más joven que Brod, ella es su mano derecha. Hoffa se ocupa tanto de los escritos de Brod como del legado de Kafka. Le demuestra a Brod una devoción absoluta. Éste muere a los 84 años, en 1968. En su testamento nombra a Esther Hoffa como heredera de los materiales y determina que sólo ella puede publicar sus obras, diarios y cartas. Además, indica que luego de la publicación debe entregar los materiales a una entidad pública en Israel o en otro país.

El testamento de Brod se presta a interpretaciones. En 1955 la Knesset, el parlamento israelí, dictó una ley que estipula que toda persona que tuviera en su poder documentos “de interés a la investigación del pasado, del pueblo, del estado o de la sociedad, o que tiene que ver con la actividad de gente de renombre” debe entregar una copia de tales documentos al Archivo Nacional de Israel. Hay quienes piensan que fue a causa de esta ley que en 1956 Max Brod decidió sacar de Israel los manuscritos de las tres novelas de Franz Kafka. Donó dos, los manuscritos de El Castillo y América, a la biblioteca de la Universidad de Oxford. El tercero, El Proceso, permaneció en sus manos, ya que Kafka se lo había regalado. Esther Hoffa se quedó con una gran cantidad de documentos -cartas, notas, diarios, manuscritos- de Franz Kafka y de Max Brod. Acerca de lo que sucedió durante los cuarenta años entre la muerte de Brod y la de Esther Hoffa, a los 102 años, en 2007, hay versiones divergentes pero también algunos hechos incontestables.

Una compra del Estado

Entre los años 1974 y 2008 se registran ventas de cartas de Kafka a través de casas de venta europeas. Se trata de cartas de Kafka a su amante Felicia Bauer, a Franz Werfel, a Max Brod, cartas de amor, de amistad, cartas que tratan de temas literarios. Mientras tanto, el material que queda en manos de Esther Hoffa es prácticamente inaccesible. Estudiosos de la obra de Kafka, biógrafos, parientes de Max Brod, así como el Archivo Nacional del Estado de Israel y la Biblioteca Nacional de Israel, no logran convencer a Esther Hoffa que muestre lo que tiene guardado. En 1974 Hoffa intenta salir de Israel con manuscritos de Kafka. Los agentes de la aduana descubren fotocopias de cartas de Kafka, su diario de viajes y el diario de Brod. La publicación del incidente llevó a una serie de acuerdos entre Esther Hoffa y las instituciones del Estado de Israel, pero nada se cumplió. Los años pasaban, se vendían documentos, y la antigua secretaria y allegada de Max Brod envejecía.

En 1988, Esther Hoffa vendió la joya más preciosa de cuantas tenía en su posesión: el manuscrito de El Proceso. Lo compró el gobierno de Alemania por un 1:980.000 dólares, (la cifra más alta ofrecida hasta entonces por un manuscrito moderno). El mismo se halla en el Archivo de la Literatura Alemana en la pequeña ciudad de Marbach, que fue agregando a su colección otros materiales de Kafka. Todo indica que Esther Hoffa, y luego su hija Hava Hoffa, siguieron vendiendo materiales de Kafka y de Brod hasta el año 2009.

Algo terrible. Esther Hoffa legó el tesoro a sus dos hijas. La Biblioteca Nacional de Israel le pidió a la Corte de Asuntos de Familia de Israel que impidiera la transferencia de los materiales a las hijas de Esther por incumplimiento del testamento de Brod. Pero surgieron dos complicaciones: nadie sabía ni dónde estaba el tesoro de documentos ni qué es lo que contenía. Los académicos suponen que contiene miles de cartas de Brod, muchas de las cuales hablan de Kafka, de su vida, de su arte, de su trabajo literario. Hay quien sueña con algún manuscrito desconocido de Kafka, o algunos de sus dibujos. Además, está el diario personal de Brod, que podría iluminar su amistad con Kafka y quizás hasta el extraño pedido incumplido que le hizo Kafka antes de su muerte. Esther Hoffa confesó que el diario estaba en sus manos. En 1988 negoció su venta a una editorial en Suiza. Recibió un anticipo, pero el diario nunca fue entregado. La editorial no pudo vencer a la testaruda anciana, que en 1993 dijo que de publicarse los diarios, se revelaría “algo terrible”.

Lo que queda del complicado asunto, por el momento, es un enredo legal. El Estado de Israel exige los materiales. Hava Hoffa, la hija que se ocupa del tema, exige que le sea permitido vender materiales del legado, según el testamento de su madre, y que el permiso se le dé de inmediato, pues ya es una mujer vieja y dice que no tiene de qué vivir. Al pleito se sumó el archivo de Marbach, que pide los materiales para que estén junto a la colección de manuscritos y documentos de Franz Kafka que ya tiene en su poder. Max Brod dejó abierta la posibilidad de que sea una institución fuera de Israel quien reciba el tesoro. Otras personas se han visto involucradas en la controversia. Familiares de Dora Diamant, la última compañera de Kafka, no pueden ver el testamento de Dora ni leer las cartas que le escribió a Brod. Los descendientes de Felix Weltsch, el gran filósofo judío, íntimo amigo de Kafka y de Brod, se quejan diciendo que materiales acerca de Weltsch y de la relación entre los tres hombres de cultura, no pueden llegar al conocimiento del público y de los investigadores.

Novela kafkiana

Y el juicio sigue. Órdenes del juez han causado que se descubran cajas fuertes en diversos bancos en Israel, conteniendo materiales del tesoro de Brod. Hacia fines de 2009 se descubrió una caja fuerte en un banco de Zurich con más materiales. En el año transcurrido desde este descubrimiento, Hava Hoffa, que ya ha cumplido 76 años, se ha quejado de robos en su casa. Dice que la publicidad que se le ha dado al caso atrae todo tipo de ladrones y sicarios. Hay quien ve en esos robos una maniobra de Hava Hoffa. Ante la posibilidad de perder el control del contenido de las cajas fuertes, Hoffa estaría creando una coartada para la reaparición “misteriosa” de documentos en otras partes. Nadie realmente cree que pueda haber documentos de importancia en el apartamento húmedo y descascarado de las Hoffa. Los vecinos se han quejado del mal olor causado por los gatos de quien describen como “una vieja huraña”.

El asunto deja muchas preguntas abiertas. Queda saber cuál fue la intención de Brod. Si cumplió Esther Hoffa con el testamento de Brod, que por su parte merece la gratitud de la Humanidad por no haber cumplido otro testamento, por cierto más importante. O si tiene el Estado de Israel el derecho absoluto de poseer copias de los documentos, al igual que cualquier otro archivo del mundo, por sobre el derecho de los privados que tienen esos documentos.

Llegó el 2011 y se sigue ignorando qué había en el legado de documentos de Brod, qué se vendió, qué desapareció, dónde está lo que queda. Por el momento nadie se ha despertado para descubrir que se ha transformado en un insecto gigante. Pero falta elPero falta el escritor que haga de todo esto una novela kafkiana.

 

12
Oct
10

“VARGUITAS” EL PRIMERO DE LA CLASE

“VARGUITAS” El PRIMERO DE LA CLASE
«El joven “Varguitas” entendió que la excelencia de la escritura literaria a la que aspiraba exigía mucho sacrificio, mucha dedicación, mucha rutina: ese era el camino y a él se sometió como un obrero que asiste todos los días a su trabajo»
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(Por J. J. ARMAS MARCELO)

CARLOS Barral o Carlos Fuentes (todavía se disputa ese privilegio) lo nombraron «El Cadete». No sólo porque había escrito «La ciudad y los perros» (el mundo que conoció precisamente de «cadete», en el Colegio Militar Leoncio Prado), sino porque era el más joven del «boom» de la novela latinoamericana de los 60. Después del Leoncio Prado, y ya en el periodismo, Vargas Llosa era para todos «Varguitas», el primero de la clase. Quería ser Flaubert desde muy joven, soñaba y escribía novelas fumando como un poseso, y por la noches, con una jauría de tribuletes limeños comandados por Carlos «Coco» Meneses, visitaba hasta el amanecer los burdeles del puerto del Callao. Ya vivía literariamente: todo lo pasaba por el filtro del novelista que quería ser de mayor. Era muy joven, muy atractivo, bailaba muy bien y era, en fin, el primero de la clase. Era sartreano, aunque de mayor supo ver la luz y se hizo de Albert Camus. Y leyendo y escribiendo, siguió soñando con llegar a ser Flaubert, su modelo literario y estético. Según Vargas Llosa, aunque nunca he llegado a creérselo, el joven «Varguitas» supo desde el principio que escribir bien era muy difícil, pero al mismo tiempo entendió que la excelencia de la escritura literaria a la que aspiraba exigía mucho sacrificio, mucha dedicación, mucha disciplina, mucha rutina: ese era el camino y a él se sometió como un obrero que asiste todos los días a su trabajo. No en vano Carlos Barral, su editor y descubridor, dijo de «Varguitas», cuando ya iba camino de ser Vargas Llosa, que era el único escritor que conocía que trabajaba como un obrero a destajo y vivía como un burgués.

Un día de principios de los 70, lo visité en su casa de la calle Osio, en el barrio de Sarriá, Barcelona. Comimos en la cocina y luego nos sentamos a hablar de literatura en la sobremesa. A las cuatro en punto de la tarde, me dijo que lo sentía mucho pero que tenía que ponerse a escribir. «Me llama el trabajo», me dijo, «tú puedes quedarte aquí, leyendo, hasta las ocho, que termina mi jornada, y después seguimos hablando». Me pasé cuatro horas leyendo unos relatos de Juan Benet, que tenía encima de la mesa del salón, y tomando café colombiano puro que Patricia me servía en tazones, uno detrás de otro, con la sana intención de que no me durmiera antes de que volviera de escribir «Varguitas». A las ocho y unos minutos, entró de nuevo sonriente y nos fuimos a cenar a un italiano, el «Portofino», donde no dejó de hablar de literatura ni un solo momento. Aquel tipo, «Varguitas», era un verdadero animal de escritura literaria, su vocación era su vicio —la escritura literaria, precisamente— y su vicio era su gran pasión, a la que rendía culto de latría de una manera brutalmente exclusiva y excluyente. Seguía siendo muy atractivo, hablaba y escribía cada vez mejor, la gente comenzaba a leerlo y a saludarlo con admiración por la calle. Lo asediaban mujeres muy bellas, ya no bebía ni una copa de alcohol, detestaba la bohemia y había dejado de fumar para siempre, porque se había convencido de que todos esos vicios eran no sólo malos para la salud sino, sobre todo, para la literatura.

D Jorge Edwards me contó que en esa época era muy difícil discutir con él, con «Varguitas», sobre todo de literatura porque defendía sus puntos de vista y sus criterios como si le fuera la vida en esa trifulca, con argumentos de guerra si era preciso y sin dar nunca su brazo a torcer. Era insaciablemente literario, decía escribir ocho horas diarias al margen del mundo y hablaba de Flaubert como si hablara de un dios antiguo e indestructible. Cuando vivía en París, fue a conocerlo Carlos Barral. Comieron, hablaron, se hicieron amigos, pero a las cuatro de la tarde, en lo mejor de la conversación, mientras el editor y poeta bebía tragos de vodka interminables y «Varguitas» un vaso de leche, el novelista se levantó de su asiento y le dijo a Barral que lo sentía mucho pero que tenía que ponerse a escribir. Lo invitó a dormirse una siesta en el sofá de su casa de la rue Tournon y el editor aceptó. Minutos más tarde, Barral comenzó a escuchar, entre las brumas del alcohol vespertino, el traqueteo imparable de su máquina de escribir. Después, sonó el timbre. La máquina cesó de escribir. Oyó los pasos del novelista y l oyó abrir la puerta. «Hola», saludó «Varguitas», «pasa…, aunque estoy escribiendo…». Barral oyó entonces cómo se cerraba la puerta, oyó el ruido de unos tacones de mujer joven sobre el piso de madera, pasos que seguían a los del escritor. Y, unos segundos más tarde, la máquina de escribir recomenzó su trabajo. Barral estaba perplejo. Intentó poner la oreja, pero la máquina seguía echando palabras sobre el papel de manera incesante. Un poco más tarde, la máquina paró un segundo y Barral oyó la voz peruana del novelista: «¿Qué haces así desnuda? ¡Vístete, que te vas a constipar!». Y la máquina volvió a sonar sobre el papel. Después, muy poco después, Barral oyó los tacones de la muchacha caminando con prisa hacia la puerta de salida e, inmediatamente, un portazo. El editor no salía de su perplejidad, pero la máquina de escribir seguía echando humo y quemando palabras como una locomotora del viejo Oeste quemaba madera mientras avanzaba por la pradera interminable. A las ocho de la tarde, cuando «Varguitas» terminó su trabajo y Barral, todavía soñoliento, le preguntó que si había entrado alguna mujer en la casa o él lo había soñado, el novelista le contestó imperturbable. «Sí, hombre, es una muchacha hermosísima, pero ¿qué quieres que hiciera? Yo estaba escribiendo…». El tipo era insobornable, insoportable, intransitable, impermeable incluso a la más elegante belleza femenina porque, claro, ¡estaba escribiendo!.

Hace menos de tres años, caminando los dos por una céntrica calle de Estocolmo, le señalé la fachada del teatro donde entregan los Nobel. «Ahí es», le dije. «Ya se pasó el tiempo, nunca me lo darán», me contestó. «Pero ¿tú nos has visto con qué arrobo te miraban ayer los viejos académicos en la fiesta del embajador Garrigues? Esto cae más temprano que tarde, aunque sea para ti más tarde que temprano», le contesté. Ese mismo día, los grandes rotativos de Estocolmo y de toda Suecia se hacían eco de la visita de Vargas Llosa con titulares que reclamaban el Nobel de Literatura «para el gigante de la novela del siglo XX y del XXI». En la tarde, durante un pequeño crucero que hicimos por las islas suecas, le dije a Nuria Amat mientras los dos observábamos aquel mar frío: «Está hecho, aunque él no se lo cree».

El jueves pasado, a la una menos dos minutos de la tarde, un amigo sueco muy informado me llamó desde Estocolmo para que me enterara uno de los primeros de que «Varguitas» por fin era el Nobel de Literatura. Yo estaba en Tenerife, una hora menos, cerca del Teide. Abrí una botella de Taittinger bien fría y brindé mirando al Atlántico con mi copa hasta el borde. Había ganado la literatura. Y me acordé de lo que Octavio Paz había dicho cuando Vargas Llosa perdió las elecciones presidenciales de su país frente a un delincuente que ahora está en la cárcel: «Lo siento por el Perú; me alegro por Vargas Llosa». Y yo también.

(Artículo del diario “ABC” de España, el 09/10/2010)

01
Jul
10

CARSON McCULLERS, LA RETRATISTA DE LO MAS DESOLADOR DEL DEEP SOUTH

CARSON McCULLERS, LA RETRATISTA
DE LO MÁS DESOLADOR DEL “DEEP SOUTH”

(Javier Memba)

La crítica suele situar a Lila Carson Smith, más conocida por su nombre de pluma, Carson McCullers, a mitad de camino entre William Faulkner y Truman Capote. Como aquél, McCullers nos propone la decadencia del Sur estadounidense mediante el retrato de sus miserables protagonistas; como éste, no puede dejar de sentir cierta ternura por sus personajes. Su obra, reducida a cuatro novelas y un par de colecciones de relatos, nos muestra un mundo desolador poblado por sordomudos, mirones, niñas que buscan refugio en su fantasía, homosexuales y viragos.

Nacida en Columbus (Georgia) el 19 de febrero de 1917, su primera idea fue convertirse en una brillante concertista de piano. Para ello se trasladó a Nueva York en 1937 con el propósito de estudiar música. Sin embargo, tras seguir unos cursos de escritura creativa en la Universidad de Columbia, su verdadero destino quedó fijado. Por lo demás, su experiencia musical nunca llegaría más allá de su participación en algunas orquestas de segunda, empleo que alternaría con el de recepcionista en un hotel y, más tarde, con el de periodista.

NINA PRODIGIO DE LAS LETRAS NORTEAMERICANAS

Su primera novela, ‘El corazón es un cazador solitario’ (1940), publicada cuando Carson sólo contaba 24 años, la convirtió en toda una niña prodigio de las letras norteamericanas. Saludada con entusiasmo por la crítica, en sus páginas se daba cuenta de la existencia de varios habitantes de un pequeño pueblo. Así se entrecruzan las historias de Copeland, un médico interesado en concienciar a los negros; Biff, el dueño del “drugstore”; Mick, una adolescente apasionada de la música -a buen seguro trasunto de la autora- cuyos sueños la evaden de la miseria de su hogar; Blount, un forastero alcohólico; el sordomudo John Singer, interlocutor ideal… Cada uno a su modo, todos ellos amenazan con una ruina inminente, a la vez que componen una amplia panorámica a través de los distintos matices de la soledad.

El año siguiente, en 1941, aparece la quizá sea su novela más conocida, merced a la adaptación cinematográfica de ella que realizara John Huston: ‘Reflejos en un ojo dorado’. Si en su primera entrega la autora fue a dar cuenta de las miserias de la sociedad civil de su sur natal, en este caso será la sociedad militar la que merezca la aguda observación de la escritora. En esta ocasión se nos propone la historia de un crimen -el que un capitán comete en la persona de un soldado al que le gustaba ver dormir desnuda a la mujer del oficial-, que no es otra cosa que la mejor disculpa que la autora encuentra para mostrarnos los más íntimos agobios de sus protagonistas. El oficial, sin ir más lejos, es homosexual.

PAGINAS REGADAS CON ALCOHOL 

Becada a raíz del éxito de su primera ficción por la Fundación Guggenheim, finalizada la guerra, como vienen haciendo desde los años 20 todos los escritores norteamericanos, Carson McCullers se instala en París. En la capital francesa contraerá matrimonio con un oficial norteamericano destinado allí. Pero Carson no estaba hecha para el matrimonio. Muy probablemente, ‘Frankie y la boda’ (1946) -donde se nos propone la triste experiencia de una niña convencida de podrá irse a vivir con su idolatrado hermano cuando éste se case- guarde cierta relación con la unión de la escritora.

De regreso a América, Carson comienza a ser presa de constantes depresiones que acaban llevándola al alcoholismo. Entre borrachera y borrachera, a página diaria se afirma en su edición española (Bruguera, 1984), escribe ‘Reloj sin manecillas’, aparecida en 1961. En ella acomete un tema ineludible para todos los escritores nacidos en el Sur estadounidense: la segregación racial y los problemas que ésta genera, vistos desde la perspectiva de un farmacéutico que, con tan solo 40 años, descubre que está punto de morir. A la sazón, Carson McCullers padece una parálisis que va minando su vida inexorablemente.

Publicada dentro del volumen de relatos al que da título, ‘La balada del café triste’ -que en España suele editarse como un texto independiente, narra una mísera e imposible historia de amor: la habida entre la virago Amelia y su primo, un tullido que roza la subnormalidad.

Muerta en Nueva York, el 15 de agosto de 1967, su última colección de relatos, ‘The Mortgaged Heart’, aparece en 1971. Para entonces, Carson McCullers ya esta considerada una de las voces más importantes y sugerentes de la literatura norteamericana del siglo XX.

(artículo diario “El Mundo” 10/10/2002)

14
Jun
10

LA VIDA INVENTADA DE QUIENES PUDIERON EXISTIR

LA VIDA INVENTADA DE QUIENES PUDIERON EXISTIR
(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

Adentrarme en la historia de los heterónimos es como tratar con ciencia ficción, unos somos los que poblamos la geografía mundial y otros los que pueblan los mundos del imaginarium, y que pese a haber dejado su estela, su huella, un nombre y una vida de identidad literaria, jamás existieron en la realidad. De esa especie de espectros ficcionales, es que trataré en este apartado, tema por demás osado, desafiante y apasionante, que está presente en el mundo de las letras y me remite a esas fuentes de todas las épocas, en la cual está patente la multiplicidad del artista escritor, en su versatilidad de multiplicarse y disociarse de sí mismo, en aras de un álter ego, que pudo representar una faceta distinta, comúnmente opuesta de su artífice y creador, bien llamado ortónimo, dentro de las figuras literarias.

Existen algunos casos muy notables por su gran envergadura y fama, de falsarios ilustres a veces menos famosos que sus heterónimos, pero que tuvieron su cuarto de hora de gloría, como diría el rey del Pop Art: Andy Warhol, perpetuándose, no sin menos asombro a posteriori, al llegar a descubrirse su verdad, muchas veces por notables y sesudos investigadores en detectar el engaño; otros existieron con más pena que gloria en una especie de anonimato, mientras algunos pudieron ser quizás un secreto a voces, como parte de alguna broma, una ironía filosófica, parte de un proceso lúdico, o formando un artificio burlesco o un humorismo intelectual del non sense.

Lógicamente tiene sus aristas, también se ha llegado a pensar que dentro del mundo interior rico y complejo del escritor creador, existen una serie de factores coadyuvantes de algún problema psiquiátrico, y hasta se relaciona con cierta crisis de identidad, un problema patente de personalidad múltiple, un desahogo de conciencia, o un serio problema de origen histérico-neurasténico, como lo creyó el escritor y poeta lusitano Fernando Pessoa, padre o creador de hasta 70 heterónimos, algunos de ellos destacados, (pero volveré otra vez al apartado de esta gran figura de las letras). Hubieron casos en los cuales se usaron heterónimos por los más diversos motivos, unos para poder realizar críticas sociales, ataques a rivales literarios, ataques al mecenazgo y la riqueza, desengaños por conseguir una vejez más digna en lo literario, económico y reconocimiento, caso del escritor español Lope de Vega, quien se sirvió de heterónimos con intención burlesca o para ironizar sobre ciertos temas.

El escritor y crítico literario Juan Manuel Rozas establece al menos tres características básicas de los heterónimos, aduciendo que la primera es característica externa y las otras dos internas:
1.) La creación de un personaje, entre lírica, dramática y narrativa. La fabulación voluntaria de un escritor distinto a uno mismo: un personaje que escriba versos.
2.) Un verdadero desdoblamiento del autor, lúcido y voluntario, como dice Pessoa, con dominio de la inteligencia sobre la emoción, viviendo cada estado del alma.
3.) Una situación de despersonalización aceptada, en la que uno llega a escribir sentimientos distintos a los propios, y aún opuestos. Es decir, que al escritor le dicta un ente de ficción.

Aunque la heteronimia sea una invención literaria, subyace en el hombre una búsqueda existencial, el hecho de sentirse varios, el ser múltiple o disgregado, explicaría la búsqueda de otro Yo ausente y mítico. Pero ya desde antiguo se vio en Nietzche, Sócrates, Platón y el mismo Kierkegaard, un hecho de utilización de máscaras, diálogos consigo mismos despersonalizados, lo mismo que en Shakespeare, suponiendo así que cada heterónimo representa una forma de ver el mundo, una dialéctica de la identidad, o una especie de saudade de felicidad infantil, como parece le ocurría a Pessoa, quien jamás abandonó el gran recurso imaginativo de su infancia, potenciado en su adultez en recreaciones literarias, donde llega a explotar una diversidad de posibilidades creativas, con características definidas dentro de la literatura.

Obviamente tenemos a los famosos heterónimos de escritores famosos, entre ellos destacar al burlesco por excelencia, Lope de Vega y su heterónimo el licenciado Tomé de Burguillos, quien fuera a su vez autor de sonetos de influencia petrarquista como: “Rimas Humanas y Divinas”, 179 poemas, entre los que se encuentra el poema narrativo “La Gatomaquia”. Se le atribuyó así mismo a “Amarilis” supuesta poetisa peruana, de quien se dijo fuera monja y admiradora suya, autora de “Epístola a Belardo”, que se publica en 1621.

El romántico inglés Thomas Chatterton, fue uno de los más arteros falsarios de la historia, que fallece por suicidio antes de los 18 años e inventó más por necesidad de ayudar a su familia, una serie de falsificaciones supuestamente medievales, manuscritos que simuló eran del Siglo XV y cuyo autor según dijo fue del monje Thomas Rowley, a cuya obra designó su autoría, las églogas: “Eleonure y Juga”, venta que le dio dinero y fama, y algún placer de burlarse de eruditos de la época. Finalmente el caso Chatterton fue descubierto por el profesor Skeat, quien demostró el carácter falso de la obra y que Rowley era Chatterton, cerrando así el debate.

No podría excluir de este apartado a James Macpherson, creador del tan famoso, bardo celta: Ossián. Para quien escribiría: “The Works of Ossian“ (1761) y “Fingal”, poema épico sobre el rey Fingal. El prestigio de esa obra fue enorme para los románticos europeos de entonces y libro de lectura preferida de poetas y filósofos famosos de esa época. Así mismo, Samuel Johnson dictaminó finalmente que sus poemas, eran en realidad obra de Macpherson, además jamás pudo mostrar el material original.

Fernando Pessoa, poeta lusitano, fue otro de los grandes ortónimos de heterónimos como: Chevaliar de Pas (el menos conocido de todos); Álvaro de Campos, autor de poemas como “Tabaquería”, autor de: “Oí contar que otrora cuando Persia”, “Poesías de Álvaro de Campos” (1944) y supuesto ingeniero, quien tuvo varias fases poéticas. Ricardo Reís, Latinista monárquico, según Pessoa se trasladó a Brasil y de obra clásica y depurada, autor de: “Odas de Ricardo Reís” (1946); Alberto Caeiro, Campesino con pocos estudios apenas la primaria, poeta, filósofo, no escribió prosa. Autor de: “Poemas de Alberto Caeiro” (1946).

Antonio Machado, poeta español también inventa heterónimos como Juan de Mairena, personaje filósofo y su maestro Abel Martín, llamando a los heterónimos “Apócrifos o complementarios“; así como el poeta Miguel de Unamuno, inventó al poeta Rafael y autor de “Teresa”. Felix Grande, creo el heterónimo Horacio Martín; José Emilio Pacheco, creo el heterónimo Julián Hernández, a quien hace decir “la poesía no es de nadie, se hace entre todos”. El escritor Julio Cortazar, inventa a Morelli en su novela “Rayuela”, y se cree es el álter ego del propio Cortazar. Valery Larbaud, poeta, escribe poemas que atribuye a su heterónimo: Archivald Olson Barnabooth. También esta el caso del poeta portugués Eca de Queirós, quien establecía una correspondencia que fue publicada con su heterónimo Fradique Mendes. El escritor hispano-mexicano Max Aub, crea al escritor y pintor Josep Torres Campalans, a quien dedica una biografía y para el que incluso pinta cuadros.

Deducimos finalmente que estos escritores u ortónimos, padres o creadores de heterónimos, los crean en base a distintas razones intrínsecas, ya fuere por un perpectivismo literario, una tendencia de expresión múltiple, un afán por lograr la destrucción de su propio Yo, o ironizar desdoblándose a sí mismos, intentando una forma de cosmovisión, procurando como diría Pessoa “ser plurales como el universo”, sin embargo, con la melancolía impresa y desilusión definitiva y amarga, de que todo es nada.

Barcelona, 13 de junio, 2010

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06
Feb
10

KAFKA: LA ANULACIÓN POR EL MIEDO

 

                KAFKA:  LA ANULACIÓN POR EL MIEDO
                   (Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

Muchas veces son de importancia preponderante en la vida adulta, las experiencias de la infancia,  mucho más, con ciertas personas del entorno. Es el  caso del escritor checo: Franz Kafka;  podríamos decir que la imponente figura de su padre:  Hermann Kafka, fue aparte de una relación traumática de amor-odio, una relación muy difícil para un Kafka aún niño, cuyos tortuosos recovecos lo dejarían muy marcado y con una conciencia evocadora casi aterrada por el miedo, aún después de años de escribirle su “Carta al Padre”, que jamás la leería el destinatario, porque su madre intermediaria,  no se la hizo llegar y se la devolvió a Kafka. Se evidencia en un fragmento de su propia carta.

“Querido padre:

No hace mucho me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestarte; en parte, precisamente por el miedo que te tengo; en parte porque en la explicación de dicho miedo intervienen demasiados pormenores para poder exponerlos con mediana consistencia. Y si, con esta carta, intento contestar a tu pregunta por escrito, lo haré sin duda de un modo muy incompleto, porque aún escribiendo, el miedo y sus consecuencias me atenazan al pensar en ti, y porque las dimensiones de la materia exceden con mucho los límites de mi memoria y de mi entendimiento.

                                                                         Franz Kafka.”

Un hombre de naturaleza extremadamente sensible que quedo  marcado para el resto de su existencia. Parecido influjo es de suponer tuvo el padre en sus tres hermanas que lo seguían: Gabriele (“Elli”),  Valerie (Vallie),  y Ottilie (Ottla), quienes morirían posteriormente en campos de exterminio Nazi.

 

 

Sin embargo, Kafka en su fuero interno tuvo tiempo de ir purgando sus propios demonios, relatar sus dolores tortuosos y de ir adentrándose en su lado más oscuro y doloroso, al recordar episodios de su infancia, con la  gran sensación de sentirse un esclavo,  con unas leyes que a su juicio su padre habría creado sólo para él, leyes que juzgó nunca pudo obedecer del todo, ambos equidistantes y cada cual en su propio mundo;  luego estaba el mundo de los otros, de aquellos libres de ordenes y obediencia, los felices. Para el caso describe así el aspecto cruel de su propio padre:  “En ti observé lo que tienen de enigmáticos los tiranos, cuya razón se basa en su persona, no en su pensamiento. Al menos así me lo parecía.”

La carta esta plagada de recuerdos negativos y tristemente célebres sobre su padre, sus salidas violentas, los gritos, la dureza extrema que empleaba con él, quizás en su absurda idea machista de hacer de Kafka un chico fuerte y valeroso, los malos tratos a su clientela en su tienda y a sus empleados, razón por la cual él rechazó desde siempre la tienda. Kafka expresa muchas veces la palabra vergüenza para relatar dichos episodios de su infancia, al mismo tiempo que se ponen de manifiesto en él, una sensación de inutilidad, sentimiento de culpa, miedo, repulsión de su padre hacia sus escritos, una gran timidez y una sensación de incapacidad para vencer su miedo al padre. Él mismo escribiría: “Me volví inconstante, indeciso. Cuanto más crecía, mayor era el material que podías oponerme como prueba de mi nulidad; poco a poco tuviste efectivamente razón en más de un aspecto…Tenías una confianza especial en la educación por medio de la ironía, que era a sí mismo la que mejor correspondía a tu superioridad sobre mi.”

 

Con Felice Bauer (1912)

Pero el aspecto de su independencia del padre, estaba cifrado más allá de él mismo, en el ideal de formar un matrimonio, excusa perfecta y plausible como para llegar a conseguirlo, en un intento de evasión del dominio paterno, liberándose al mismo tiempo de su tiranía, críticas, ironía y menosprecio. Su padre, no obstante, concibió el fracaso de su matrimonio como uno más de la lista de sus fracasos. Kafka rememora también su manera de relacionarse con su padre, siempre hablándole entre tartamudeos, por el gran temor que representaba para él. En cierta parte expresa su discrepancia y contradicción con la idea del matrimonio al decir: “el matrimonio me parecía también algo obsceno”…Su padre lo había amedrentado con la idea que debía antes de casarse frecuentar a prostitutas, para lo cual le había dicho previamente su padre: “si tienes miedo, yo mismo te acompañaré”…porque sino, según su padre, corría el riesgo de poner en vergüenza el buen nombre de su familia, entonces ante el dilema como diría él mismo: “habías reprimido, siempre (inconcientemente) mi capacidad de decisión”, ante su pudor, modestia, temor, recelo, servilismo e inseguridad y falta de confianza en sí mismo, abortó 2 veces en su vida llegar al matrimonio, pues “se sentía rechazado, sentenciado y vencido”, según sus propias palabras y rompió su compromiso matrimonial dos veces con su novia Felice Bauer, por su impotencia ante el matrimonio. Escribe en otra oportunidad a su  novia Milena Jasenská: “No puedo hacerte comprender, ni a ti ni a nadie, lo que pasa en mi interior.¿Cómo explicarte por qué me ocurre todo esto?. Ni siquiera puedo explicármelo a mí mismo. Pero tampoco esto es lo principal, lo principal es muy claro: me es imposible vivir una vida humana entre los hombres”. Otros compromisos sin matrimonio fueron los que mantuvo con Grete Bloch, Julie Wohrizek y Dora Diamant.

Hasta que Kafka decide finalmente dejar de intentar su independencia por el matrimonio. Pese a que ejerce como pasante en un buffet de abogados de un tío materno apellidado Löwy, y posteriormente trabaja en una aseguradora,  Kafka fallece sin poder  lograr ser él mismo en sus relaciones con las mujeres y más bien se vuelve a hundir en todos los peligros desesperados de la literatura, sin resolver jamás el gran conflicto creado por su padre desde su infancia.

Barcelona, 05 de febrero de 2010.

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