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12
Dic
09

BORGES: CRONOLOGÍA LITERARIA

 

   BORGES:  CRONOLOGÍA LITERARIA
       (Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

En 1899 nace Jorge Luís Isidro  Borges, un 24 de agosto, en la casa de sus padres: Jorge Guillermo Borges y Leonor Acevedo, situada en la calle Tucumán de Buenos Aires.

De chico recibe las primeras instrucciones de su institutriz inglesa miss Tink, quien les lee, a él y a su hermana, a Wells, Poe, Langfellow, Stevenson, Dickens, Cervantes (en inglés), Carrol, Mark Twain y “Las mil y una Noches”. Hace sus primeras practicas de escritura: un resumen de mitología griega y “la visera fatal” sobre el tema de El Quijote.
Traducida al español aparece en “El País” de Buenos Aires, en 1910 una versión suya de “El Príncipe Feliz”, de Oscar Wilde firmada como Jorge Borges, hijo.

El 3 de febrero de 1914 la familia de Borges viaja a Europa. Visitan Paris y Londres. El 4 de Agosto estalla la Primera Guerra Mundial y la familia se instala en Ginebra. En esa ciudad ingresa al Liceo Juan Calvino a estudiar bachillerato. Estudia francés y, por su cuenta, aprende alemán. Toma clases de latín con un clérigo. Escribe versos en francés.
Al finalizar la Primera Guerra Mundial en 1919, la familia realiza un viaje por Europa. Conoce en Sevilla España a los poetas del ultraísmo. Colabora con las revistas Ultra, Hélices y Cosmópolis. Publica su poema “Al Mar”.
Hacia 1921 La familia Borges retorna a Buenos Aires. Jorge Luís descubre su ciudad natal, a la que comienza a mitificar e idealizar. Conoce al escritor Macedonio Fernández y asiste a sus veladas literarias. Aunque comienza a descreer del ultraísmo, interviene con Fernández en la fundación de la revista ultraísta Proa, que se publica en 1922 y 1923.

Borges con su hermana Norah

Se relaciona con el poeta Oliverio Girondo y con otros escritores del grupo vanguardista Martín Fierro. Edita los poemas de ”Fervor de Buenos Aires” (1923), su primer libro. En julio la familia Borges emprende otra vez un viaje a Europa.

Publica el libro de poemas “Luna de Enfrente” (1925). Conoce a Victoria Ocampo, editora de la revista Sur.
En 1926 publica en colaboración con los escritores Vicente Huidobro, de Chile, y Alberto Hidalgo, de Perú, el “Índice de la Nueva Poesía Americana”, donde aparecen nuevos poemas suyos. Edita el libro de ensayos “El tamaño de mi esperanza”, que tiempo después eliminaría de sus “Obras completas“.

En 1927 se estrena como conferencista en los salones del diario “La Prensa”. Pese a su juventud es operado de cataratas. Conoce a Pablo Neruda y a Alfonso Reyes. Publica en la revista “Nosotros”, la primera versión de su poema “Fundación Mítica de Buenos Aires”, que aparecerá en 1929 en su libro “Cuadernos San Martín”. Publica en la revista Martín Fierro su relato “Leyenda Policial”.

En 1928 publica “El idioma de los argentinos”, que, pese a haber sido premiado, no incluirá en sus “Obras Completas”.
En el año 1929 edita “Cuadernos San Martín”, libro de poemas que gana el II Premio Municipal de Poesía de Buenos Aires.

Borges, 1921

Hacía el año 1930 publica “Evaristo Carriego” biografía del poeta porteño y al año siguiente comienza a trabajar en Sur, la revista dirigida por Victoria Ocampo, como miembro del Consejo de redacción.

En 1932 edita “Discusión”, libro de ensayos. Conoce a Adolfo Bioy Casares, junto a quien publicará muchos textos. Al lado de Ulises Petit de Murat, dirige el suplemento cultural del diario “Crítica”. Conoce a Federico García Lorca, quien se halla en Buenos Aires para el estreno mundial de “La casa de Bernarda Alba”.

Es en el año 1935 que  publica Historia Universal de la Infamia”, luego seguirán  sus ensayos: “Historia de la eternidad” (1936). Inicia en “El Hogar” la publicación de su columna “Libros y autores extranjeros”. Para Sur traduce “Un cuarto propio” de Virginia Woolf.

En colaboración de Pedro Enríquez Ureña, publica “antología Clásica de la literatura argentina” (1937). Traduce “Orlando” obra de Virginia Woolf.

Publica “Antología de la Literatura Fantástica” (1940) en colaboración de Bioy Casares y Silvina Ocampo, de cuya boda es padrino en ese mismo año.

Traduce “Un bárbaro en Asia” de Henri Michaux y “Palmeras Salvajes”, de William Faulkner. Publica “El jardín de senderos que se bifurcan” (1941). En colaboración de Bioy Casares y bajo el seudónimo de “H. Bustos Domecq”, edita “Dos fantasías memorables”.

En 1942 con “El jardín de senderos que se bifurcan” no obtiene el primero sino el segundo lugar en el Premio Nacional de Literatura, “Sur” dedica su número 94, editado en julio, a desagraviar a Borges; allí aparecen textos que protestan por la decisión del jurado, firmados por intelectuales como Enrique Amorín, Adolfo Bioy Casares, Eduardo Mellea, Ernesto Sábato y Pedro Henrique Mellea.

En 1944 publica “Ficciones”, una de las obras cumbres de la literatura del siglo XX que incluye “El Jardín de senderos que se bifurcan” y “Artificios”, otro volumen de relatos. En 1945 “Ficciones” recibe el gran Premio de honor a la Sociedad Argentina de Escritores.

En 1946 colaboración de Bioy Casares, edita “Dos fantasías memorables” y “Un modelo para la muerte”. Por manifestarse como Juan Domingo Perón, quien gobernaba en Argentina, y a favor de la democracia, se ve obligado a renunciar a su empleo de bibliotecario.

Aparece “El Aleph” (1949) su segunda obra maestra. Al año siguiente es designado Presidente de la sociedad Argentina de Escritores. Comienza a enseñar Literatura inglesa.

Borges, 1962

“Ficciones” es traducido al francés y editado en París en 1951. Publica en México “Antiguas Literaturas Germánicas” y en Buenos Aires “La muerte y la Brújula”, una antología de textos.
En 1952 publica su volumen de ensayos: “Otras Inquisiciones”. Es encargado de despedir los restos de Macedonio Fernández, gran amigo suyo y a quien admiraba como a un maestro. Edita en París “Labryrinths”, bajo el cuidado del narrrador y ensayista Roger Caillois.

En 1953 renuncia al cargo de Presidente de la Sociedad Argentina de Escritores. Comienza la edición de sus “Obras Completas”. Ya para el 54 publica “Poemas” (1923-1953).

Para el año 1955 es nombrado Director de la Biblioteca Nacional y elegido Miembro de la Academia Argentina de Letras. En colaboración de Bioy Casares escribe dos guiones para cine y además escribe: “Los Orilleros”, “El Paraíso de los Creyentes”.

Es designado catedrático titular de literatura inglesa y norteamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en 1956. Recibe el Premio Nacional de Literatura y el doctorado honoris causa de la Universidad de Cuyo.

En 1960 se afilia al Partido Conservador. Edita “El hacedor”. Obtiene el Gran Premio de Fondo Nacional de las Artes en 1962. Publica “El otro, el mismo” (1964). La revista literaria francesa “Cahiers de L’Herne” le dedica un número monográfico que incluye ensayos sobre su obra escritos por autores de muchas nacionalidades.

Publica “Para las seis cuerdas” (1965), conjunto de milongas a las que pone música Astor Piazzola.
El 21 de septiembre de 1967, a los sesenta y ocho años, se casa con Elsa Astete Millán, novia de su juventud, viuda reciente, vive con ella hasta octubre de 1970. Publica en colaboración de Bioy Casares “Crónicas de Bustos Domecq”. Edita “Obra poética” (1923-1967). Enseña en la Universidad de Harvard como profesor invitado.
En el año 1969 edita “Elogio de la Sombra”, traduce: “Hojas de hierba” de Walt Whitman. Publica en 1970 “El informe Brodie”. Obtiene el divorcio de Elsa Astete Millán. Logra el Premio de literatura de la Bienal de Sao Paulo. Sale al mercado su autobiografía en inglés. “Il Corriere della Sera” realiza una encuesta donde Borges aparece en el primer lugar como el escritor señalado para obtener el Premio Nobel de Literatura.

Borges y María Kodama.

En 1971 las Universidades de Oxford y de Columbia le otorgan el doctorado honoris causa. Publica “El oro de los tigres”. La Universidad de Michigan le concede el doctorado honoris causa en 1972.

 Es nombrado “ciudadano ilustre” de Buenos Aires en 1973. Publica la edición de un solo tomo de sus “Obras Completas” (1974). Edita “El Libro de Arena” y “La Rosa Profunda”. Fallece su madre a los 99 años. María Kodama se convierte en su asistente y compañera de viajes.
En 1976  junto a otros intelectuales acude a la recepción de la Casa Rosada, sede del gobierno presidido por el dictador Jorge Rafael Videla. Publica “La moneda de hierro” y “El libro de los sueños”. Edita en 1977 “Historia de la noche” y en colaboración con Bioy Casares “Nuevos Cuentos de Bustos Domecq”.
Publica Siete Noches” (1980). Compartido con Gerardo Diego, obtiene el Premio Cervantes de literatura. Firma junto a otros intelectuales una carta abierta donde se pide cuenta de los desaparecidos.
En 1981 aparece su libro de poemas: “La Cifra”. Edita “Nueve ensayos dantescos” (1982) . Critica al gobierno argentino de entonces.
En España recibe la Gran Cruz de Alfonso X El Sabio en 1983. Interviene en algunos cursos de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Publica “23 de agosto de 1983 y otro cuentos”.
En colaboración con María Kodama, publica “Atlas” en 1984. Sale a la luz “Los conjurados”, su último libro (1985).
El 26 de abril de 1986 se casa con María Kodama. Muriendo el  14 de junio en Ginebra. Es sepultado en el cementerio de Plain Palais.

Barcelona, diciembre de 2009.

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17
Oct
09

HABITACIONES FELICES Y CON VISTAS

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HABITACIONES FELICES Y CON VISTAS
(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

En el intrincado mundo del hombre, parece impensado el acto de confinarse a una sola habitación, pero eso a veces es mejor a degradarse, tomar drogas, perderse en la vacuidad del consumismo, el consolarse comiendo, cuando en realidad, ese tipo de consuelo deviene de una sarta de frustraciones de otra índole, las economías sumergidas, la pobreza imperante, el no haber conseguido objetivos, el desplome de algunos sueños, las ilusiones perdidas y otras rotas quimeras inalcanzables, las insatisfacciones cotidianas, el vacío por la invasión de una atenazante soledad, la incomprensión de aquellos que estando cerca, parecen existir en mundos paralelos, la ineficaz conexión con otros seres de nuestro entorno, los fallos perdurables que suscitan la sensación de irremediables, como si no pudiéramos permitirnos el lujo de fallar, equivocarnos o errar los caminos o nuestras elecciones, las aspiraciones truncadas, con visos de imposibles, todo ello que va dejando un mal sabor de boca y un gran resquemor en nuestro ánimo, en el mundo de nosotros, los mortales y podrían ser causantes de amilanar y aniquilar la sonrisa y el bienestar de cualquier congénere en cualquier tiempo y lugar.

Sin embargo; he hallado indicios de seres que aspiraron o aspirarían tener su propio Wonderland privado en una habitación, —los más interesantes creo yo—, que nada los ha hecho más felices que ser reos de sí mismo, confinados en cuatro paredes, aquellos quienes después de conocer el mundo quisieron por voluntad propia renunciar a él, aquellos quienes después de conocer las felicidades efímeras, las buscaron en habitaciones cerradas para el mundo y decidieron crearse un mundo aparte y quizás lleno de infinitas posibilidades, donde ellos lograron gobernar y reinar en cierto modo, sin llegar a perder la felicidad, la dicha vedada a los ramplones y llegaron a conocer placeres desconocidos e impensados para una inmensa mayoría de personas; aquellos que se llevaron el scalextric con todas sus rutas marcadas a la habitación, como se lleva el mapa michelín de carreteras antes de un magnifico viaje de vacaciones y aguardaron en las estaciones cerradas y confinadas, el paso de los trenes en el tiempo, con las horas del reloj en los andenes, el maletín de los sueños e ilusiones, el abrigo y el agur que anuncia los adioses y los buenos días, al paso de cada tren en la estación de madrugada o medianoche, según se mire, para no perderse ninguno y llegar a tiempo a las citas con la vida, con la presteza optimista de dar en la diana y alcanzar el éxito primero, que no existe tal vez en ningún otro mundo y realizar los viajes hacía senderos llenos de promesas y razones. Quizás en su mundo también existieron la lobreguez de las tardes fragosas de junio, las tempestades añosas, para las cuales ya previeron los paraguas, la gabardina y los pañuelos blancos, para los catarros, las lágrimas o los sudores del pack del cansancio y la inspiración, que conlleva el trabajo que no reporta dinero, ni se espera y raramente asoma hacia el velo de lo infranqueable y traspasa los confines de esas cuatro paredes.

Encontré grandes figuras del pasado, escritores como el mismo Franz Kafka que habría aspirado gustoso hallar un sótano tranquilo, inadvertido y silencioso, para confinarse y escribir lejos del mundanal ruido y recibir la comida en la puerta cada día; quizás su gran deseo frustrado de soledad y aislamiento, porque por escribir y dedicar su vida a ello tampoco se casó, pese a tener etapas más o menos felices y afortunadas con sus novias de entonces, Felice Bauer, fue una de ellas, cuya correspondencia atestigua su estado de gran felicidad, luego tuvo otra novia o amor frustrado con Milena Jassenska y posteriormente con la judía Dora Diamant. La soledad, el desamparo y su derrumbamiento interno, fueron causa constante de su “agobiante observación de sí mismo”, la desesperación y el absurdo se observan con frecuencia en su narrativa, las claves y leyes incomprendidas que rigen el mundo, contra las cuales parece quedarse perplejo, confundido y revelarse constantemente. La norteamericana, Emily Dickinson, es la poetisa y escritora que más férreamente vive su aislamiento del mundo, quien realmente vivió y murió en el anonimato y quien escribió en la sombría estancia de Amherst, en la que Dickinson escribió toda su obra. Durante al menos un cuarto de siglo, no salio nunca de su casa, ni siquiera ya en sus últimos años de su habitación. Respondió una vez a Higginson, su maestro, al preguntarle si había ido a ver a su médico: “No he podido ir, pero trabajo en mi prisión y soy huésped de mi misma”. Otro grande de la literatura, el eximio, Snob y diletante mundano, Marcel Proust, quien cansado del mundo social en el cual se movía a menudo, anhela huir posteriormente después de una larga vida social y de la dolorosa experiencia de la muerte de su madre. Relata como un buen día se sintió un extraño, vacío y ajeno a todo aquel boato y exuberancia que lo circundaba, para dejar de asistir a las invitaciones constantes, inventándose excusas en un principio y evitándolas por completo después,  para vivir recluido en el 102 del Boulevard Haussmann de París, donde pide se recubran de corcho las paredes de su habitación, para aislarse de ruidos y volcarse en su extenso y monumental trabajo por completo, trabajo de gran esfuerzo de memorización e intento de recuperación del tiempo perdido, que le sirvió de aliciente para hallar un sentido real a su existencia, viviendo de noche y tomando mucho café, como lo relataría posteriormente Celeste Albaret, su asistente en esos años y quien estuvo presente en sus últimos momentos de vida.

Friedrich Hölderlin, poeta lírico alemán que se confinó 40 años a sí mismo en Tubinga, escribiendo sus obras y su poesía, incluida su famosa Hiperión, dedicada a su gran amor, una mujer casada con Jakob Gontard, a quien llamó Doitima en su poema Hiperión, dedicándole otros muchos poemas, y cuyo nombre real era Susette. Puedo recordar a un famoso personaje de Melville que se confinó a si mismo en su trabajo de oficina, “Bartleby el escribiente”, incurablemente solitario, llegando a la apatía total y a una gran dejadez para ejercer el trabajo de escribiente para el cual fuera contratado, respondiendo siempre igual y con una gran indiferencia ante los reclamos de su jefe: “preferiría no hacerlo”, quien termina siendo detenido por vago y encarcelado, dejándose finalmente morir de hambre en esa cárcel.

Pero más asombroso y conmovedor que todo historial habido y por haber, es tal vez el confinamiento voluntario y real de millones de jóvenes de hoy en día, llamados los Hikikimori en el Japón de hoy, que juzgo ocurre en cualquier rincón del planeta y cuya tendencia va en aumento. Ello es equivalente a los adolescentes y jóvenes adultos que deciden y prefieren recluirse en sus habitaciones, aislarse paulatinamente más y más, hasta llegar a perder el contacto con sus amistades y hasta con su familia. Es un nuevo fenómeno social que puede darse por desengaños amorosos, con sus colegas o jefes, depresiones, miedos a enfrentarse al mundo, debido a la gran presión que ejerce la sociedad sobre ellos y debido a la vida competitiva y difícil que se presenta, convirtiéndose en parásitos de sus padres y gozando a un mismo tiempo de todas las comodidades, sin esfuerzo alguno, cuyo único contacto con el mundo o los pocos amigos: es el Internet, la televisión y distraerse con los videojuegos, algunos piensan en el suicidio como una vía de escape ante las presiones familiares o sociales, con determinadas fobias inobjetables. Los medios tecnológicos de hoy en día, facilitan el fenómeno y lo hacen mucho más soportable para el Hikikimori, no así para la familia o la forma de volver a integrarlo con la realidad exterior.

Es interesante tener un mundo interior y particular, contar con momentos tranquilos que nos permitan trabajar a gusto y poder aislarse de vez en cuando, pero sin extralimitarnos en ello. Opino que jugar en solitario es extremadamente grato, también lograr ser fieles a nosotros mismos, mucho más el llegar a descubrir que no existen infiernos para los corazones solitarios, y detrás de una ventana también se pueden llegar a vislumbrar, algunos placeres que no conocen los mediocres, sin tener que confinarnos al aislamiento por ello y una especie de encuentro con ciertos paraísos perdidos, imposibles de hallar tan lejos de nosotros mismos.

 Avinyó, Barcelona, 12 de octubre de 2009.

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08
Sep
09

MONSIEUR FLAUBERT, C’EST MOI

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MONSIEUR FLAUBERT, C’EST MOI
¿El Idiota de la Familia?
(Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

En cerca de  cuatro mil  páginas y en 3 tomos, escritos entre 1971-1972, comprendidos de la  existencia de Flaubert entre 1821 a 1857, y en una sobria edición de Gallimard, el filósofo existencialista Jean Paul Sastre,  se dio a la tarea de intentar demostrar lo indemostrable, que el gran novelista francés Gustave Flaubert, fuera considerado el idiota de su familia. Todos quisimos ser alguna vez Flaubert, igualar la agilidad de su exuberante pluma, dar en el clavo con el uso de “le mot juste”, como lo hizo este gran novelista y padre de “Madame Bovary” y la “Educación Sentimental”, entre otras. Escritores como el propio Joseph Conrad, Mario Vargas-Llosa, Tolstoi, Navokov, Henry James y Guy de Maupassant, lo han estudiado e intentado emular su genio y estilo escritural. Georges Perec,  se confesó como un saqueador de frases de Flaubert,  de su novela “La Educación Sentimental” e incluirlas en la suya llamada: “Las Cosas: Una historia de los años sesenta” y sólo por desear ser  Flaubert. Como lo dijera alguna vez el propio Flaubert:  “Madame Bovary, soy yo”.   Él,  quien supo meterse indudablemente en la piel de su personaje: Emma Bovary, hasta en el momento crucial de envenenarla con arsénico, narraría después, que padeció de largas y extrañas indigestiones;  jamás habría creído que pudiese ser considerado un idiota en su familia, sólo por haber aprendido a leer entre los 7 y 8 años, pero su proceso era distinto muy posiblemente, habríamos que analizar pacientemente, sin embargo, qué había dentro de un gran genio como Flaubert, si bien es cierto,  fue un mal alumno en su Colegio y  fue considerado un vago, porque él tenía su propio mundo, es posible que hoy en día habría sido diagnosticado como un niño con Síndrome de  Déficit de Atención, como muchos de nosotros mismos de pequeños, que pareciamos habitar en nuestro propio planeta, ensimismado en algunas nubes, un mundo particular muy propio de los artistas y creadores fantasiosos y más propio de las mentes creativas, que de las prácticas y muy afincadas en tierra firme, más dispuestas a vivir del mundo tangible, que a volar con sueños e imaginarios gravitantes y fantasiosos que poblaron su mente de ensoñaciones lejanas que lo mantenían soñando despierto.

Ya notamos en el filósofo Jean Paul Sartre, un apasionado interés por aquellos artistas y escritores famosos, inteligentes, de vida tormentosa y rebeldes, como Baudelaire, y Jean Genet,  caídos en cierto modo en desgracia y cuyas oscuras existencias se impusieron con un brillo inusitado, pese a un sino desgraciado. Gustaba de analizarlos en el marco de una antropología existencial, no exenta de crudeza, como propuestas audaces y no menos polémicas que sin lugar a dudas levanta aún ampollas con “L’Idiot de la famille”. Los propios editores de Sartre, juzgan ambigua la relación Sartre-Flaubert, por contradictoria, cargada de antipatías y manifiestas simpatías. Considera a Flaubert, el autor de una cosa, que por otro lado sólo su obsesión le incitó a proseguir escribiéndola.

En el estudio Sartriano saldrían a la luz algunos aspectos del genio, su infancia, su relación con una madre poco afectuosa y un  padre tirano, su dificultad con las palabras y su eterno deseo de emular siempre a su hermano mayor,  a quien vio como un modelo a seguir.

La novela de Flaubert, “Madame Bovary”, fuerte quizás para algunos puritanos de su época, le acarreó acciones legales por un tribunal. A lo que el español Francisco Umbral comentaría: “Al solterón más casto y feo de Francia, al masturbador literario de su prosa, al solitario que sólo vive orgías de tabaco y aburrimiento, en sus paraísos de humo y gramática, se le pone un proceso por inmoral”. Y más aun, ya en el siglo XX, es declarada “pornográfica” por La Congregación del Santo Oficio e incluida en el Índice de los Libros “perversos”.

A su vez Jean Paul Sartre justifica su razón para escribir sobre Flaubert del siguiente modo: “

…¿por qué Flaubert? Por tres razones. La primera, completamente personal, hace ya mucho tiempo que dejó de actuar, aunque esté en el origen de mi elección; en 1943, al releer la Correspondencia de Flaubert, sentí que tenía una cuenta que arreglar con él y que para ello debía conocerlo mejor. Desde entonces mi antipatía inicial se trocó en empatía, única actitud requerida para comprender. Por otra parte, Flaubert se ha objetivado en sus libros… ¿Cuál es, pues, la relación del hombre con la obra..? Por último, me pareció que para esta difícil prueba era lícito escoger a un sujeto fácil… Añado que Flaubert, creador de la novela “moderna”, está en el cruce de todos nuestros problemas literarios de hoy. Y ahora, debemos comenzar. ¿Cómo? ¿Por dónde? Poco importa: se entra en un muerto como Pedro por su casa. Lo esencial es partir de un problema…”

Sabiendo que nadie es profeta en su tierra, un genio en las distancias cortas es o será siempre uno más de la especie humana, con sus virtudes y sus defectos, alguien con sus peculiaridades comunes y sus excentricidades quizás, que al fin y al cabo hasta para sus propios allegados, se constituye en un ser querido, pero nada más. Otras historias de famosos escritores avalarían esta tesis. Cuenta Vila-Matas que pese a las grandes afinidades y la gran amistad fraguada entre los escritores Jorge Luis Borges y sus grandes amigos Bioy Casares y su mujer Silvina Ocampo, ésta buscaba mil estratagemas cada vez que Bioy invitaba a comer a su casa a Borges, en cambio, ese privilegio lo habrían anhelado muchos de sus férreos seguidores y admiradores. Oí alguna vez en mi familia, por comentarios veraces, que Borges en persona no deslumbraba en absoluto, como en sus libros, quizas era de aquellos genios que como Flaubert necesitaba tiempo para fluir con admirable contundencia, y parecía en cambio muy silvestre y muy “normalito” en sus tertulias entre amigos. El mismo Franz Kafka, ya sea por inseguridades personales o no,  fue publicado y dado a conocer gracias a las diligencias y publicaciones póstumas de sus libros, que le hiciera su buen amigo Max Brod.

Otro caso, quizas de los muchos acaecidos en famosos escritores,  es el poco aprecio y valor que le da la  propia famila a los escritos  de sus allegados. La poeta gallega Rosalía de Castro, encargó a sus hijas que una vez fallecida, quemaran sus poemas, cosa que las hijas realizaron, salvándose por suerte muy pocos de sus valiosos poemas. La hermana de Fernando  Pessoa, creería que no era su hermano quien escribía sino otro, tal vez en ello él mismo  tuvo parte de culpa, pues  tenía varios heterónimos, luego, ya al fallecer el poeta, la hermana consideraría toda la soledad de su hermano y se lamentaría con los años por ello. Se cuenta igualmente que la madre polaca del poeta Apollinaire expresaría alguna vez: “¿Mi hijo un poeta?. Decid más bien que era un haragán. Rostand: ¡Ese sí, que era un poeta!”…

Y volviendo a nuestro predilecto escritor francés,  Gustave Flaubert, deseo añadir que nunca se casó, que se dedicó en cuerpo y alma a escribir sus novelas y según Emile Faguet, la única relación sentimental que marcaría su vida y tuviera un real significado para Flaubert,  sería la que mantuvo con la poetisa Louise Colet, relación tormentosa e intensa que está preservada en las innumerables cartas que ambos se escribieron a lo largo de diez añós. 

 

Barcelona, 08 de septiembre de 2009. 

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06
Ago
09

INSTANTES

“Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
en la próxima trataría de cometer más errores.
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
Sería más tonto de lo que he sido,
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
Sería menos higiénico.
Correría más riesgos,
haría más viajes,
contemplaría más atardeceres,
subiría más montañas, nadaría más ríos.
Iría a más lugares adonde nunca he ido,
comería más helados y menos habas,
tendría más problemas reales y menos imaginarios.

Yo fui una de esas personas que vivió sensata
y prolíficamente cada minuto de su vida;
claro que tuve momentos de alegría.
Pero si pudiera volver atrás trataría
de tener solamente buenos momentos.

Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
sólo de momentos; no te pierdas el ahora.

Yo era uno de esos que nunca
iban a ninguna parte sin un termómetro,
una bolsa de agua caliente,
un paraguas y un paracaídas;
si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.

Si pudiera volver a vivir
comenzaría a andar descalzo a principios
de la primavera
y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
Daría más vueltas en calesita,
contemplaría más amaneceres,
y jugaría con más niños,
si tuviera otra vez vida por delante.

Pero ya ven, tengo 85 años…
y sé que me estoy muriendo.”

(Texto atribuido a Jorge Luis Borges, pero queda en duda su autoría)

05
Jul
09

IWTOLD GOMBROWICZ Y LA GIOCONDA

 

WITOLD GOMBROWICZ Y LA GIOCONDA
(Juan Carlos Gómez)

Gombrowicz era todavía un adolescente y ya el mundo se la hacía insoportable. La familia, la sociedad, la nación, el estado, el ejército, los ideales, las ideologías y él mismo le resultaban unas caricaturas. Erraba por los campos cabizbajo aplastando terrones con la punta de sus zapatos. No había dejado de creer pero la fe ya no le interesaba por lo que su soledad llegó a ser completa.

Cuando observaba a sus compañeros de la infancia, pequeños campesinos que habían integrado una guardia que él organizaba y comandaba, se daba cuenta que ellos no eran caricaturas, eran sencillos y sinceros. No podía comprender por qué la cultura y la educación falsificaban al hombre, mientras el analfabetismo daba buenos resultados. Viajando en tren hacia Varsovia, en circunstancias extrañas y dramáticas, se le vino a la cabeza una idea que, por lo menos en parte, le aclaró este enigma.

En la estación siguiente a la de su ascenso al tren subió uno de sus tíos Kotkowski y se sentó junto a él. Era un hombre mayor, terrateniente, tirador excelente y apasionado por la caza. De repente miró a su alrededor: –Salgan, por favor. La gente observó que estaba armando un revolver, y otra vez con tono firme pero sin levantar la voz : –Salgan, por favor. El compartimento se vació en un santiamén, entonces el tío le guiñó un ojo.

La Gioconda

“Por fin, un poco más de espacio. Había tanta gente que no sabía lo que decía. Ando mal de los nervios, no puedo dormir, voy a Varsovia a ver si allí mejoro un poco” Gombrowicz se dio cuenta que se había vuelto loco, que dispararía si lo provocaban, tuvo que convencerlo al guarda del tren de que podía controlarlo hasta que llegaran a Varsovia.

“Es terrible que todo terrateniente tenga que ser un excéntrico y haya de comportarse como si estuviera chiflado; –¿Tú crees? Pero sí, es verdad, lo he observado, se han vuelto tan extravagantes que da vergüenza, serán sus fortunas que se le han subido a la cabeza; –Sabes tío, yo tengo una teoría (…)”

“La gente sencilla vive una vida natural, sus necesidades son elementales y por lo tanto sus valores son verdaderos; –¡Qué cosas dices!; –Para un hombre rico, en cambio, el pan, por ejemplo, no es un valor porque está saciado de pan. Un hombre rico no tiene que luchar para vivir, entonces inventa necesidades artificiales, es decir, falsas: el cigarrillo, la elegancia, la genealogía, los galgos, por eso son excéntricos y no encuentran el tono adecuado”.

La necesidad artificial y falsa del cigarrillo Gombrowicz la emplearía mucho tiempo después en la polémica que mantuvo con Jean Dubuffet sobre la naturaleza de la pintura.

Con esta explicación que le dio al tío no sólo resolvió el enigma de la educación y el analfabetismo, sino que también dio una clase doméstica de lo que el marxismo llama la dialéctica de las necesidades y los valores.. La idea sobre lo artificioso de la forma de las clases superiores iba a ser uno de los puntos de partida de su trabajo artístico.

“Cuando, transcurridos una decena de años, narré a los hombres de letras del café Ziemianska, cómo por miedo a un revólver cargado llegué a concebir una de las tesis fundamentales del marxismo, los contertulios se me echaron encima acusándome de fabulador”.

Quizá sea útil saber, para estar informado sobre la verdadera naturaleza del cigarrillo, esa arma terrible que Gombrowicz esgrimía para combatir a la pintura, que fumaba cuarenta cigarrillos por día, y que los sostenía al modo de los fumadores de pipa.

Los cigarrillos que fumaba eran horribles y muy fuertes, dejaba el paquete sobre la mesa, y si alguien le ofrecía cigarrillos importados, los rechazaba con dignidad: –No, gracias, yo fuma Tecla. Quien le ofrecía con frecuencia cigarrillos norteamericanos era un personaje del café Rex, un suizo alemán al que todo el mundo llamaba Philip Morris. Elegante, serio, puntual, sólo fumaba esa marca de cigarrillos. Gombrowicz le despreciaba sistemáticamente esas invitaciones, pero lo desplumaba jugando al ajedrez, poca plata, apenas le alcanzaba para pagarse una comida.

Gombrowicz emprendió su peregrinación a Francia como un estudiante sin mundo, provinciano y, no obstante, profundamente ligado a Europa, para poner a prueba las conclusiones que había sacado de la clase doméstica que le había dado al tío Kotkowski sobre la dialéctica de las necesidades.

En París caminaba por las calles, no visitaba nada y no tenía curiosidad por nada. Su indiferencia no era más que una apariencia que ocultaba en el fondo una guerra implacable. Como polaco, como representante de una cultura débil, tenía que defender su soberanía, no podía permitir que París se le impusiera. La necesidad de preservar su independencia y su dignidad le impedía gozar de París, no podía admirar a París.

“¿Le gusta París?; –Así, así. A decir verdad no he visitado nada; –¿Por qué?; –No me gusta levantar la cabeza delante de los edificios y, en general, las visitas turísticas me aburren y deprimen; –¿Así que París no ha tenido la suerte de caerle en gracia?; –Bueno… más o menos… no mucho; –Pero, cómo, ¿no le gustan las perspectivas de la Place de la Concorde?; –Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico y por el Renacimiento. Lástima que la población no esté a la altura… Para ser sincero los parisinos son más bien feos y carecen de encanto…”

Desde muy joven la admiración constituyó para Gombrowicz una actitud impracticable. No sé que es lo que habrá hecho en Polonia pero aquí, en Buenos Aires, entraba a las exposiciones renqueando apoyado en alguno de nosotros; si le preguntaban algo, en algunos casos alegaba que lo hacía para compensar alguna falta de balance de la propia exposición, y en otros porque le dolía mucho una pierna, y que era una lástima que la belleza de la pintura calmara menos el dolor que una aspirina.

Cuando en la quinta de Hurlingham me presentó las esculturas metálicas de Giangrande evitó que me pusiera en pose de admiración: –Vea, son unos pluviómetros muy especiales que se fabrican aquí para una empresa agrícola. En París, en una de esas tardes de vagabundeo, acompañó a su amigo Jules al Louvre.

“Cuando se me ocurre ir a un museo me preocupo mucho más por los rostros de los visitantes que por los rostros pintados. Mientras los rostros pintados miran con una tranquilidad soberana, en los rostros vivientes y reales se nota algo convulsivo y desesperado, falso y ficticio que hasta puede asustar a una persona poco acostumbrada. Ah, por Dios, estas miradas piadosas o conocedoras, ese esfuerzo para ‘estar a la altura’, esa pseudo profundidad que se junta con todo un mar de pseudo impresiones, pseudo sentimientos, pseudo juicios (…)”

“La Gioconda es una hermosa tela, pero si Leonardo da Vinci hubiese podido presentir las convulsiones que originaría su cuadro, es posible que hubiese aniquilado el rostro pintado para salvar los rostros reales”.

Jules había adoptado de repente un aire místico, se acercaba a los cuadros en estado de tensión, Gombrowicz pensó que adoptaba esa pose para atraerlo a su culto, mientras tanto echaba miradas desabridas a los cuadros con una mezcla de menosprecio y aburrimiento que le producía el exceso de pintura: –¿Por qué me haces reproches?, no comprendes que yo no miraba los cuadros, sino otra cosa; –¿Qué cosa?; –La gente, tu miras los cuadros y yo miro a la gente que admira los cuadros, tienen una expresión estúpida, ¿entiendes?, un hombre al admirar un cuadro pone cara de imbécil, ¡es un hecho!.

La belleza de la pintura afeaba la cara de los admiradores, el cuadro era hermoso, pero lo que había delante del cuadro era esnobismo y un esfuerzo torpe para advertir algo de esa belleza de cuya existencia se estaba informado.

El sentimiento de admiración que aparece de vez en cuando en las obras de Giombrowicz, es un sentimiento de admiración derrumbado, enfermizo y teatral. Con una expresión de perfecto campesino Gombrowicz echaba unas miradas descuidadas a aquellas salas llenas de la monotonía infinita de las obras de arte. Bostezaba. La expresión de Jules rayaba entre la histeria y el odio: –Estoy harto, Basta. ¡Vámonos! Salimos al mundo, ¡qué delicia!: sol, mujeres.

“Cuando hombres normales e inteligentes en todas las demás realidades se pierden de modo tan lamentable frente a cierta clase de fenómenos, esto quiere decir que hay algo de falso y de malo en su relación misma con esos fenómenos. Y, por cierto, en el terreno artístico se acumuló una cantidad tan grande de absurdos, paradojas, falsedades, que eso no se puede explicar sino por algún error básico en nuestro modo de tratar el asunto. ¿Cómo explicar, por ejemplo, que delante de un cuadro firmado por Rafael nos muramos de entusiasmo y la copia del mismo cuadro aunque perfecta nos deje fríos?”.

El escritor debe obligarse a desarrollar una política frente a la cultura, no puede dejarse subyugar, debe conservar su soberanía y no tan sólo en atención a su yo. La atracción que produce la belleza en el arte no tiene lugar en una atmósfera de libertad, una voluntad colectiva que pertenece a la región interhumana de la que no tenemos conciencia nos obliga a admirar.

De modo que somos puestos en el trance de tener que admirar, la relación que surge entonces entre el que admira y la belleza que admira es falsa. En esta escuela de tergiversaciones se ha formado un estilo, no sólo artístico sino también de pensar y de sentir de una elite que se perfecciona y consigue la seguridad de su forma de una manera inauténtica.

“¿Cómo es posible reducir todo eso a la pura estética y a una retórica estéril y vacía sobre la grandeza del arte? ¿Cómo se puede de tal modo enseñar la literatura y el arte a los niños en las escuelas acostumbrándonos desde pequeños a una pura ficción? Nuestra vida artística se desarrolla en un clima de perpetua mentira, y es por eso que la clase culta no tiene ningún real contacto con la cultura y que, en verdad, todas nuestras actuaciones culturales recuerdan mucho más un rito solemne que una auténtica convivencia espiritual. Mientras no tengamos el valor necesario para dejar las ilusiones, mientras no lleguemos a una mejor conciencia de las fuerzas que nos dominan, siempre el rostro pintado de la Gioconda va a transformar nuestro propio rostro en algo… algo… en fin, en algo bastante dudoso”.

 

18
Jun
09

RAINER MARÍA RILKE, UN ELEGÍACO

Rilke1

                     RAINER MARÍA RILKE,  UN ELEGÍACO
                        (Por Gina Martínez-Vargas Araníbar)

René Maria Rilke, nace un 4 de diciembre de 1875 en Praga. Sus padres, un matrimonio desigual. Ella ambiciosa y de una mejor situación social que la del padre, él un militar que debido a su mala salud debe abandonar la carrera militar e intenta imprimir en su hijo una disciplina y educación militar que revierte negativamente en la vida del poeta. A sus 9 años es inevitable la separación de sus padres y a los 10 años ingresa a la Academia de Sant Pölten, en Munich, donde permanecerá 4 años, luego de ser enviado a la Academia de Mährisch-Weisskirchen, dándosele de baja posteriormente por su precaria salud. Educación castrense que reconocerá más tarde el poeta como el origen de su dolor existencial, viéndose mermado de su fuerza vital, en cambio emprenderá un camino de introspección y una soledad que permanecerá a lo largo de su vida.

Por influencia de su tío Jaroslaw se prepara para acceder a la Universidad de Praga donde se matricula primero en Filosofía el año 1895 y luego en derecho. A los 19 años ya Rilke cuenta en Praga con varias publicaciones y frecuenta círculos literarios, publicando en periódicos y revistas. Pese a su afán de promocionar su obra, retira él mismo de la librerías su primer libro. Fase que considerará más tarde el poeta como de búsqueda de referencias.

En 1896 regresa a Munich, hecho que cambiará radicalmente su vida, y aunque conserve su peculiar sensación de horfandad y soledad, aunado a su caracter especial, se irá consolidando su genial interés por el quehacer literario y creador.

Munich significa una distancia saludable con respecto a su familia y se manifestará con una concentración casi exclusiva por la escritura. Se enriquece realizando numerosas visitas a Museos, estudiando italiano e historia del arte; y en una de sus visitas a tertulias, donde se va haciendo un círculo social, conoce a Lou Andreas -Salomé, intelectual y escritora que influirá decididamente en su maduración poética, aparte de entablar con ella una intensa relación amorosa, marcada por la admiración y la amistad, que mantendrá hasta el final de sus días.

El encuentro con Lou, será además una especie de ruptura con el pasado, pues ella influirá en su cambio de nombre de René a Rainer, forma alemana de René, con cuyo nombre formará su libro: “Mir Zur Feier”.

Rilke se instala posteriormente en la capital alemana y en abril de 1898 viaja por primera vez a Florencia y Toscana, donde da inicio a su “Diario Florentino”. Dadas las buenas relaciones con el matrimonio de Lou y su marido Carl Andreas, realizan juntos un viaje por Rusia, que ejercerá en el poeta una notable influencia. Su encuentro con Tolstoi y su experiencia de la Pascua, supondrán para Rilke una notable revelación sobre los moscovitas, tanto así que se animará a retornar a Rusia en compañía de Lou solamente. Un nuevo encuentro con el escritor Tolstoi y el conocimiento del alma del país moscovita le influenciarán sobremanera en su obra: “El Libro de las Horas”, donde incluirá nuevos conceptos sobre un Dios no cristiano. Al final de este segundo viaje por Rusia, se definirá su separación sentimental de Lou, debido al estado de ansiedad constante que experimenta el poeta. A partir de allí su obra y su vida se ven impulsadas de una gran libertad.

Al regresar a Rusia en 1900, el poeta no sólo visita Worpswede, sino que se asienta allí, después de visitar al pintor Heinrich Vogeler se encontrará con un grupo de artistas viviendo en comunión con la naturaleza. En este lugar el poeta intentará establecerse, en un intento de renuncia a su aventurera vida. En esta estancia conocerá a la pintora Paula Becker, a quien años más tarde dedicará su obra: “Requiem para Una Amiga”, quien al poco tiempo contraería matrimonio con el pintor Modershon, también trabará una profunda amistad con la pintora Clara Westhoff, discípula de Rodín, con quien contraerá matrimonio el 28 de abril de 1902, y con quien tendrá una hija: Ruth, que nacerá el 12 de diciembre del mismo año. Es un matrimonio que no está basado en los cánones tradicionales, imposible de sobrellevar para dos artistas, que en cambio intentarán ser ambos guardianes de su propia soledad y aunque en breve se separan, quedando su hija al cuidado de sus abuelos, mantendrán más tarde una intensa amistad epistolar.

Libre otra vez, Rilke se refugia en el castillo del Príncipe Emilio Scönach-Carolath, aquí volcará todo su tiempo a su labor literaria y al disfrute de su soledad, además de la corrección del manuscrito de su obra: “Libro de las Imágenes”.

Ya para entonces y con algunas obras publicadas más un cierto éxito de público. Rilke llega a París, en la cual termina la redacción de “Nuevas Poesías” y se dedica a escribir: “Malte Laurids Brigge”. El historiador de arte Richard Muther encarga a Rilke la preparación de una monografía sobre el escultor Auguste Rodín, razón por la que el poeta se afinca en París. Rodín será para Rilke fuente de inspiración y un ejemplo de trabajo.

Después el poeta se traslada a Viareggio,  en busca de un lugar de refugio y descanso de la bulliciosa París, en donde termina su libro: “El Libro de la Pobreza y de la Muerte”, que viene a ser la tercera parte del  “Libro de las Horas”.Posteriormente emprende un periplo por Roma y al año siguiente por los paises escandinavos, un peregrinaje que se prolongará hasta el fin de sus días. Estará inspirado por los nórdicos Jens Peter Jacobsen y el filósofo Kierkegäard.

Entre 1910 y 1914 cambiará por lo menos 50 veces de lugar de residencia. Viajará por Alemania, Francia, el Norte de África, Italia, España. Trabará amistad con la duquesa de Thum und Taxis, quien le permitirá descansar en su castillo del Duino, lugar que dará nombre a uno de sus libros: “Elegías de Duino”, obra que tendrá hasta una novena parte y le costará al artista no pocos sufrimientos y trabajo a lo largo de diez largos años.

Traducirá a André Gide y a la monja portuguesa Mariana de Alcoforado, entre otros, movido por su gran interés de conocer obras que considera importantes.

En 1916 Rilke es liberado por amistades del archivo de guerra de Viena, después de ser llamado a filas. En este periodo se hace patente su indesición y la inestabilidad de sus relaciones sentimentales con la pintora Lou Albert-Lasard o la pianista Magda Von Hattinberg Benvenuta, con quien mantiene un abundante intercambio epistolar.

Posteriormente dejará Munich para dar un ciclo de conferencias por Suiza. En 1920 irá al castillo Berg am Irchel, aunque le faltarán las fuerzas para concluir las Elegías. Luego, en compañía de la pintora Baladine Klossowska, descubrirá la Torre fortificada de Muzot, que gracias a la intervención de su amigo Werner Reinhart, se convertirá en su última residencia. Aquí después de una gran sequía creativa escribe “los Sonetos de Orfeo” y concluye las “Elegías de Duino” realizando aún una segunda parte de “Los Sonetos de Orfeo”, que dedicará a una joven de 19 años: Wera Ouckama Knnop, quien morirá por una enfermedad degenerativa.

El 1923 es ingresado por primera vez en el sanatorio de Val-Mont, al que vuelve un año después. Aún no habiendo perdido sus ansias de viajero empedernido, vuelve a París en 1925 y retorna en septiembre del mismo año a Muzot, donde permanece poco tiempo, para después ingresar nuevamente a Val-Mont, donde le descubren un tipo extraño de leucemia del que morirá el 29 de diciembre de 1927. Ya este 4 de diciembre se cumplirá  el 134 aniversario del nacimiento de esta figura clave de la Literatura Universal.

Según los designios del propio Rilke,  su tumba se dispone junto a la vieja iglesia de Rarogne con el siguiente epitafio:

“Rosa, oh pura contradicción, delicia
de no ser dueño de nadie bajo tantos
párpados”.
Safe Creative #1104048893989
http://www.safecreative.org/work/1104048893989.
REGISTRO DE PROPIEDAD INTELECTUAL

25
May
09

*PAPELES INESPERADOS

Julio_Cortazar 

En la antevíspera de la Navidad de 2006, Aurora Bernárdez, viuda de Julio Cortázar, charlaba en su casa de París con el escritor y crítico Carles Álvarez Garriga. En un momento de la conversación, ella extrajo de una vieja cómoda un puñado de manuscritos y textos mecanografiados. “¿Has leído alguna vez esto?”, le preguntó. Aquellas páginas resultaron ser inéditas. Los textos encontrados, junto con otros muchos que habían visto la luz de forma muy dispersa, integran ahora el libro ‘Papeles inesperados’ que la editorial Alfaguara difundirá en España la próxima semana. Reproducimos uno de los relatos incluidos en ese volumen, así como tres historias recuperadas de cronopio
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(JULIO CORTAZAR)

Llegaré a Estambul a las ocho y media de la noche. El concierto de Nathan Milstein comienza a las nueve, pero no será necesario que asista a la primera parte; entraré al final del intervalo, después de darme un baño y comer un bocado en el Hilton. Para ir matando el tiempo me divierte recordar todo lo que hay detrás de este viaje, detrás de todos los viajes de los dos últimos años. No es la primera vez que pongo por escrito estos recuerdos, pero siempre tengo buen cuidado de romper los papeles al llegar a destino. Me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia, aunque luego prefiera borrar sus huellas. Hoy el viaje me parece interminable, las revistas son aburridas, la hostess tiene cara de tonta, no se puede siquiera invitar a otro pasajero a jugar a las cartas. Escribamos, entonces, para aislarnos del rugido de las turbinas. Ahora que lo pienso, también me aburría mucho la noche en que se me ocurrió entrar al concierto de Ruggiero Ricci. Yo, que no puedo aguantar a Paganini. Pero me aburría tanto que entré y me senté en una localidad barata que sobraba por milagro, ya que la gente adora a Paganini y además hay que escuchar a Ricci cuando toca los Caprichos. Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.

Debo ser muy ingenuo, pero ahora sé que hasta la ingenuidad puede tener su recompensa. Consultando las carteleras averigüé que Ruggiero Ricci continuaba su tournée en Lyon. Haciendo un sacrificio me instalé en la segunda clase de un tren que olía a moho, no sin dar parte de enfermo en el instituto médico-legal donde trabajaba. En Lyon compré la localidad más barata del teatro, después de comer un mal bocado en la estación, y por las dudas, por Ricci sobre todo, no entré hasta último momento, es decir hasta Paganini. Mis intenciones eran puramente científicas (¿pero es la verdad, no estaba ya trazado el plan en alguna parte?) y como no quería perjudicar al artista, esperé una breve pausa entre dos caprichos pera pensar en mi tía. Casi sin creerlo vi que Ricci examinaba atentamente el arco del violín, se inclinaba con un ademán de excusa, y salía del escenario. Abandoné inmediatamente la sala, temeroso de que me resultara imposible dejar de acordarme otra vez de mi tía. Desde el hotel, esa misma noche, escribí el primero de los mensajes anónimos que algunos concertistas famosos dieron en llamar las cartas negras. Por supuesto Ricci no me contestó, pero mi carta preveía no sólo la carcajada burlona del destinatario sino su propio final en el cesto de los papeles. En el concierto siguiente -era en Grenoble- calculé exactamente el momento de entrar en la sala, y a mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pensé en mi tía. Las luces de la sala se apagaron, hubo una confusión considerable y Ricci, un poco pálido, debió acordarse de cierto pasaje de mi carta antes de volver a tocar; no sé si la sonata valía la pena, porque yo iba ya camino del hotel.

Su secretario me recibió dos días después, y como no desprecio a nadie acepté una pequeña demostración en privado, no sin dejar en claro que las condiciones especiales de la prueba podían influir en el resultado. Como Ricci se negaba a verme, cosa que no dejé de agradecerle, se convino en que permanecería en su habitación del hotel, y que yo me instalaría en la antecámara, junto al secretario. Disimulando la ansiedad de todo novicio, me senté en un sofá y escuché un rato. Después toqué el hombro del secretario y pensé en mi tía. En la estancia contigua se oyó una maldición en excelente norteamericano, y tuve el tiempo preciso de salir por una puerta antes de que una tromba humana entrara por la otra armada de un Stradivarius del que colgaba una cuerda.

Quedamos en que serían mil dólares mensuales, que se depositarían en una discreta cuenta de banco que tenía la intención de abrir con el producto de la primera entrega. El secretario, que me llevó el dinero al hotel, no disimuló que haría todo lo posible por contrarrestar lo que calificó de odiosa maquinación. Opté por el silencio y por guardarme el dinero, y esperé la segunda entrega. Cuando pasaron dos meses sin que el banco me notificara del depósito, tomé el avión para Casablanca a pesar de que el viaje me costaba gran parte de la primera entrega. Creo que esa noche mi triunfo quedó definitivamente certificado, porque mi carta al secretario contenía las precisiones suficientes y nadie es tan tonto en este mundo. Pude volver a París y dedicarme concienzudamente a Isaac Stern, que iniciaba su tournée francesa. Al mes siguiente fui a Londres y tuve una entrevista con el empresario de Nathan Milstein y otra con el secretario de Arthur Grumiaux. El dinero me permitía perfeccionar mi técnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hacían ahorrar mucho tiempo; en menos de seis meses se sumaron a mi lista Zino Francescatti, Yehudi Menuhin, Ricardo Odnoposoff, Christian Ferras, Ivry Gitlis y Jascha Heifetz. Fracasé parcialmente con Leonid Kogan y con los dos Oistrakh, pues me demostraron que sólo estaban en condiciones de pagar en rublos, pero por la dudas quedamos en que me depositarían las cuotas en Moscú y me enviarían los debidos comprobantes. No pierdo la esperanza, si los negocios me lo permiten, de afincarme por un tiempo en la Unión Soviética y apreciar las bellezas de su música.

Como es natural, teniendo en cuenta que el número de violinistas famosos es muy limitado, hice algunos experimentos colaterales. El violoncelo respondió de inmediato al recuerdo de mi tía, pero el piano, el arpa y la guitarra se mostraron indiferentes. Tuve que dedicarme exclusivamente a los arcos, y empecé mi nuevo sector de clientes con Gregor Piatigorsky, Gaspar Cassadó y Pierre Michelin. Después de ajustar mi trato con Pierre Fournier, hice un viaje de descanso al festival de Prades donde tuve una conversación muy poco agradable con Pablo Casals. Siempre he respetado la vejez, pero me pareció penoso que el venerable maestro catalán insistiera en una rebaja del veinte por ciento o, en el peor de los casos, del quince. Le acordé un diez por ciento a cambio de su palabra de honor de que no mencionaría la rebaja a ningún colega, pero fui mal recompensado porque el maestro empezó por no dar conciertos durante seis meses, y como era previsible no pagó ni un centavo. Tuve que tomar otro avión, ir a otro festival. El maestro pagó. Esas cosas me disgustaban mucho.

En realidad yo debería consagrarme ya al descanso puesto que mi cuenta de banco crece a razón de 17.900 dólares mensuales, pero la mala fe de mis clientes es infinita. Tan pronto se han alejado a más de dos mil kilómetros de París, donde saben que tengo mi centro de operaciones, dejan de enviarme la suma convenida. Para gentes que ganan tanto dinero hay que convenir en que es vergonzoso, pero nunca he perdido tiempo en recriminaciones de orden moral. Los Boeing se han hecho para otra cosa, y tengo buen cuidado de refrescar personalmente la memoria de los refractarios. Estoy seguro de que Heifetz, por ejemplo, ha de tener muy presente cierta noche en el teatro de Tel Aviv, y que Francescatti no se consuela del final de su último concierto en Buenos Aires. Por su parte, sé que hacen todo lo posible por liberarse de sus obligaciones, y nunca me he reído tanto como al enterarme del consejo de guerra que celebraron el año pasado en Los Ángeles, so pretexto de la descabellada invitación de una heredera californiana atacada de melomanía megalómana. Los resultados fueron irrisorios pero inmediatos: la policía me interrogó en París sin mayor convicción. Reconocí mi calidad de aficionado, mi predilección por los instrumentos de arco, y la admiración hacia los grandes virtuosos que me mueve a recorrer el mundo para asistir a sus conciertos. Acabaron por dejarme tranquilo, aconsejándome en bien de mi salud que cambiara de diversiones; prometí hacerlo, y días después envié una nueva carta a mis clientes felicitándolos por su astucia y aconsejándoles el pago puntual de sus obligaciones. Ya por ese entonces había comprado una casa de campo en Andorra, y cuando un agente desconocido hizo volar mi departamento de París con una carga de plástico, lo celebré asistiendo a un brillante concierto de Isaac Stern en Bruselas -malogrado ligeramente hacia el final- y enviándole unas pocas líneas a la mañana siguiente. Como era previsible, Stern hizo circular mi carta entre el resto de la clientela, y me es grato reconocer que en el curso del último año casi todos ellos han cumplido como caballeros, incluso en lo que se refiere a la indemnización que exigí por daños de guerra.

A pesar de las molestias que me ocasionan los recalcitrantes, debo admitir que soy feliz; incluso su rebeldía ocasional me permite ir conociendo el mundo, y siempre le estaré agradecido a Menuhin por un atardecer maravilloso en la bahía de Sydney. Creo que hasta mis fracasos me han ayudado a ser dichoso, pues si hubiera podido sumar entre mis clientes a los pianistas, que son legión, ya no habría tenido un minuto de descanso. Pero he dicho que fracasé con ellos y también con los directores de orquesta. Hace unas semanas, en mi finca de Andorra, me entretuve en hacer una serie de experimentos con el recuerdo de mi tía, y confirmé que su poder sólo se ejerce en aquellas cosas que guardan alguna analogía -por absurda que parezca- con los violines. Si pienso en mi tía mientras estoy mirando volar a una golondrina, es fatal que ésta gire en redondo, pierda por un instante el rumbo, y lo recobre después de un esfuerzo. También pensé en mi tía mientras un artista trazaba rápidamente un croquis en la plaza del pueblo, con líricos vaivenes de la mano. La carbonilla se le hizo polvo entre los dedos, y me costó disimular la risa ante su cara estupefacta. Pero más allá de esas secretas afinidades… En fin, es así. Y nada que hacer con los pianos.

Ventajas del narcisismo: acaban de anunciar que llegaremos dentro de un cuarto de hora, y al final resulta que lo he pasado muy bien escribiendo estas páginas que destruiré como siempre antes del aterrizaje. Lamento tener que mostrarme tan severo con Milstein, que es un artista admirable, pero esta vez se requiere un escarmiento que siembre el espanto entre la clientela. Siempre sospeché que Milstein me creía un estafador, y que mi poder no era para él otra cosa que el efímero resultado de la sugestión. Me consta que ha tratado de convencer a Grumiaux y a otros de que se rebelen abiertamente. En el fondo proceden como niños, y hay que tratarlos de la misma manera, pero esta vez la corrección será ejemplar. Estoy dispuesto a estropearle el concierto a Milstein desde el comienzo; los otros se enterarán con la mezcla de alegría y de horror propia de su gremio, y pondrán el violín en remojo por así decirlo.

Ya estamos llegando, el avión inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver cómo la tierra parece enderezarse amenazadoramente Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al timón. Sí, era un sombrero rosa con volados, a mi tía le quedaba…

(Artículo publicado en el Diario “El País”  el 24 de mayo de 2009)




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