Archive for the '*DOCUMENTOS' Category

25
May
09

*PAPELES INESPERADOS

Julio_Cortazar 

En la antevíspera de la Navidad de 2006, Aurora Bernárdez, viuda de Julio Cortázar, charlaba en su casa de París con el escritor y crítico Carles Álvarez Garriga. En un momento de la conversación, ella extrajo de una vieja cómoda un puñado de manuscritos y textos mecanografiados. “¿Has leído alguna vez esto?”, le preguntó. Aquellas páginas resultaron ser inéditas. Los textos encontrados, junto con otros muchos que habían visto la luz de forma muy dispersa, integran ahora el libro ‘Papeles inesperados’ que la editorial Alfaguara difundirá en España la próxima semana. Reproducimos uno de los relatos incluidos en ese volumen, así como tres historias recuperadas de cronopio
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(JULIO CORTAZAR)

Llegaré a Estambul a las ocho y media de la noche. El concierto de Nathan Milstein comienza a las nueve, pero no será necesario que asista a la primera parte; entraré al final del intervalo, después de darme un baño y comer un bocado en el Hilton. Para ir matando el tiempo me divierte recordar todo lo que hay detrás de este viaje, detrás de todos los viajes de los dos últimos años. No es la primera vez que pongo por escrito estos recuerdos, pero siempre tengo buen cuidado de romper los papeles al llegar a destino. Me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia, aunque luego prefiera borrar sus huellas. Hoy el viaje me parece interminable, las revistas son aburridas, la hostess tiene cara de tonta, no se puede siquiera invitar a otro pasajero a jugar a las cartas. Escribamos, entonces, para aislarnos del rugido de las turbinas. Ahora que lo pienso, también me aburría mucho la noche en que se me ocurrió entrar al concierto de Ruggiero Ricci. Yo, que no puedo aguantar a Paganini. Pero me aburría tanto que entré y me senté en una localidad barata que sobraba por milagro, ya que la gente adora a Paganini y además hay que escuchar a Ricci cuando toca los Caprichos. Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.

Debo ser muy ingenuo, pero ahora sé que hasta la ingenuidad puede tener su recompensa. Consultando las carteleras averigüé que Ruggiero Ricci continuaba su tournée en Lyon. Haciendo un sacrificio me instalé en la segunda clase de un tren que olía a moho, no sin dar parte de enfermo en el instituto médico-legal donde trabajaba. En Lyon compré la localidad más barata del teatro, después de comer un mal bocado en la estación, y por las dudas, por Ricci sobre todo, no entré hasta último momento, es decir hasta Paganini. Mis intenciones eran puramente científicas (¿pero es la verdad, no estaba ya trazado el plan en alguna parte?) y como no quería perjudicar al artista, esperé una breve pausa entre dos caprichos pera pensar en mi tía. Casi sin creerlo vi que Ricci examinaba atentamente el arco del violín, se inclinaba con un ademán de excusa, y salía del escenario. Abandoné inmediatamente la sala, temeroso de que me resultara imposible dejar de acordarme otra vez de mi tía. Desde el hotel, esa misma noche, escribí el primero de los mensajes anónimos que algunos concertistas famosos dieron en llamar las cartas negras. Por supuesto Ricci no me contestó, pero mi carta preveía no sólo la carcajada burlona del destinatario sino su propio final en el cesto de los papeles. En el concierto siguiente -era en Grenoble- calculé exactamente el momento de entrar en la sala, y a mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pensé en mi tía. Las luces de la sala se apagaron, hubo una confusión considerable y Ricci, un poco pálido, debió acordarse de cierto pasaje de mi carta antes de volver a tocar; no sé si la sonata valía la pena, porque yo iba ya camino del hotel.

Su secretario me recibió dos días después, y como no desprecio a nadie acepté una pequeña demostración en privado, no sin dejar en claro que las condiciones especiales de la prueba podían influir en el resultado. Como Ricci se negaba a verme, cosa que no dejé de agradecerle, se convino en que permanecería en su habitación del hotel, y que yo me instalaría en la antecámara, junto al secretario. Disimulando la ansiedad de todo novicio, me senté en un sofá y escuché un rato. Después toqué el hombro del secretario y pensé en mi tía. En la estancia contigua se oyó una maldición en excelente norteamericano, y tuve el tiempo preciso de salir por una puerta antes de que una tromba humana entrara por la otra armada de un Stradivarius del que colgaba una cuerda.

Quedamos en que serían mil dólares mensuales, que se depositarían en una discreta cuenta de banco que tenía la intención de abrir con el producto de la primera entrega. El secretario, que me llevó el dinero al hotel, no disimuló que haría todo lo posible por contrarrestar lo que calificó de odiosa maquinación. Opté por el silencio y por guardarme el dinero, y esperé la segunda entrega. Cuando pasaron dos meses sin que el banco me notificara del depósito, tomé el avión para Casablanca a pesar de que el viaje me costaba gran parte de la primera entrega. Creo que esa noche mi triunfo quedó definitivamente certificado, porque mi carta al secretario contenía las precisiones suficientes y nadie es tan tonto en este mundo. Pude volver a París y dedicarme concienzudamente a Isaac Stern, que iniciaba su tournée francesa. Al mes siguiente fui a Londres y tuve una entrevista con el empresario de Nathan Milstein y otra con el secretario de Arthur Grumiaux. El dinero me permitía perfeccionar mi técnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hacían ahorrar mucho tiempo; en menos de seis meses se sumaron a mi lista Zino Francescatti, Yehudi Menuhin, Ricardo Odnoposoff, Christian Ferras, Ivry Gitlis y Jascha Heifetz. Fracasé parcialmente con Leonid Kogan y con los dos Oistrakh, pues me demostraron que sólo estaban en condiciones de pagar en rublos, pero por la dudas quedamos en que me depositarían las cuotas en Moscú y me enviarían los debidos comprobantes. No pierdo la esperanza, si los negocios me lo permiten, de afincarme por un tiempo en la Unión Soviética y apreciar las bellezas de su música.

Como es natural, teniendo en cuenta que el número de violinistas famosos es muy limitado, hice algunos experimentos colaterales. El violoncelo respondió de inmediato al recuerdo de mi tía, pero el piano, el arpa y la guitarra se mostraron indiferentes. Tuve que dedicarme exclusivamente a los arcos, y empecé mi nuevo sector de clientes con Gregor Piatigorsky, Gaspar Cassadó y Pierre Michelin. Después de ajustar mi trato con Pierre Fournier, hice un viaje de descanso al festival de Prades donde tuve una conversación muy poco agradable con Pablo Casals. Siempre he respetado la vejez, pero me pareció penoso que el venerable maestro catalán insistiera en una rebaja del veinte por ciento o, en el peor de los casos, del quince. Le acordé un diez por ciento a cambio de su palabra de honor de que no mencionaría la rebaja a ningún colega, pero fui mal recompensado porque el maestro empezó por no dar conciertos durante seis meses, y como era previsible no pagó ni un centavo. Tuve que tomar otro avión, ir a otro festival. El maestro pagó. Esas cosas me disgustaban mucho.

En realidad yo debería consagrarme ya al descanso puesto que mi cuenta de banco crece a razón de 17.900 dólares mensuales, pero la mala fe de mis clientes es infinita. Tan pronto se han alejado a más de dos mil kilómetros de París, donde saben que tengo mi centro de operaciones, dejan de enviarme la suma convenida. Para gentes que ganan tanto dinero hay que convenir en que es vergonzoso, pero nunca he perdido tiempo en recriminaciones de orden moral. Los Boeing se han hecho para otra cosa, y tengo buen cuidado de refrescar personalmente la memoria de los refractarios. Estoy seguro de que Heifetz, por ejemplo, ha de tener muy presente cierta noche en el teatro de Tel Aviv, y que Francescatti no se consuela del final de su último concierto en Buenos Aires. Por su parte, sé que hacen todo lo posible por liberarse de sus obligaciones, y nunca me he reído tanto como al enterarme del consejo de guerra que celebraron el año pasado en Los Ángeles, so pretexto de la descabellada invitación de una heredera californiana atacada de melomanía megalómana. Los resultados fueron irrisorios pero inmediatos: la policía me interrogó en París sin mayor convicción. Reconocí mi calidad de aficionado, mi predilección por los instrumentos de arco, y la admiración hacia los grandes virtuosos que me mueve a recorrer el mundo para asistir a sus conciertos. Acabaron por dejarme tranquilo, aconsejándome en bien de mi salud que cambiara de diversiones; prometí hacerlo, y días después envié una nueva carta a mis clientes felicitándolos por su astucia y aconsejándoles el pago puntual de sus obligaciones. Ya por ese entonces había comprado una casa de campo en Andorra, y cuando un agente desconocido hizo volar mi departamento de París con una carga de plástico, lo celebré asistiendo a un brillante concierto de Isaac Stern en Bruselas -malogrado ligeramente hacia el final- y enviándole unas pocas líneas a la mañana siguiente. Como era previsible, Stern hizo circular mi carta entre el resto de la clientela, y me es grato reconocer que en el curso del último año casi todos ellos han cumplido como caballeros, incluso en lo que se refiere a la indemnización que exigí por daños de guerra.

A pesar de las molestias que me ocasionan los recalcitrantes, debo admitir que soy feliz; incluso su rebeldía ocasional me permite ir conociendo el mundo, y siempre le estaré agradecido a Menuhin por un atardecer maravilloso en la bahía de Sydney. Creo que hasta mis fracasos me han ayudado a ser dichoso, pues si hubiera podido sumar entre mis clientes a los pianistas, que son legión, ya no habría tenido un minuto de descanso. Pero he dicho que fracasé con ellos y también con los directores de orquesta. Hace unas semanas, en mi finca de Andorra, me entretuve en hacer una serie de experimentos con el recuerdo de mi tía, y confirmé que su poder sólo se ejerce en aquellas cosas que guardan alguna analogía -por absurda que parezca- con los violines. Si pienso en mi tía mientras estoy mirando volar a una golondrina, es fatal que ésta gire en redondo, pierda por un instante el rumbo, y lo recobre después de un esfuerzo. También pensé en mi tía mientras un artista trazaba rápidamente un croquis en la plaza del pueblo, con líricos vaivenes de la mano. La carbonilla se le hizo polvo entre los dedos, y me costó disimular la risa ante su cara estupefacta. Pero más allá de esas secretas afinidades… En fin, es así. Y nada que hacer con los pianos.

Ventajas del narcisismo: acaban de anunciar que llegaremos dentro de un cuarto de hora, y al final resulta que lo he pasado muy bien escribiendo estas páginas que destruiré como siempre antes del aterrizaje. Lamento tener que mostrarme tan severo con Milstein, que es un artista admirable, pero esta vez se requiere un escarmiento que siembre el espanto entre la clientela. Siempre sospeché que Milstein me creía un estafador, y que mi poder no era para él otra cosa que el efímero resultado de la sugestión. Me consta que ha tratado de convencer a Grumiaux y a otros de que se rebelen abiertamente. En el fondo proceden como niños, y hay que tratarlos de la misma manera, pero esta vez la corrección será ejemplar. Estoy dispuesto a estropearle el concierto a Milstein desde el comienzo; los otros se enterarán con la mezcla de alegría y de horror propia de su gremio, y pondrán el violín en remojo por así decirlo.

Ya estamos llegando, el avión inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver cómo la tierra parece enderezarse amenazadoramente Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al timón. Sí, era un sombrero rosa con volados, a mi tía le quedaba…

(Artículo publicado en el Diario “El País”  el 24 de mayo de 2009)

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01
May
09

LA REAL FRIDA KAHLO

Fragmento de la recopilación de un documento vivo de la pintora Mexicana Frida Kahlo y su marido,  el también pintor, Diego Rivera, por History Chanel.

15
Abr
09

PSICOPATOLOGÍA EN EL ARTE

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PSICOPATOLOGÍA EN EL ARTE
(De los estudios del Doctor: José Ingenieros)

 En el arte como en la literatura hay vestigios profundos que se plasman en ciertas obras de arte. La pintura, la literatura, son donde más se destaca esta característica. En los dominios de la psicología mórbida el arte y la ciencia se dan la mano también. Un valor estético es canon de belleza extraído de la experiencia, al igual que un canon lógico es un canon de verdad.

 Hay grandes estudiosos que hicieron profundas y sesudas investigaciones sobre la psicología mórbida, caso de Morel, Charcot, Mudsley, Ribot, Lombroso, Morselli, Jenet. No obstante, la pasión y la locura muchas veces están más acentuadas a veces en la obra de arte que en la realidad misma.

Tenemos grandes escritores que han maxificado y potenciado en sus obras, profundas características mórbidas y psicopatológicas en sus personajes, como al gran dramaturgo Shakespeare por excelencia, quien no sólo ha hecho una gran pintura de los caracteres humanos, sino que puede ser exaltado como un gran Maestro de este género de caracterizaciones. Obras suyas como Macbeth, Hamlet, El Rey Lear, Otelo, profundizan e interiorizan el gran drama humano que consume al hombre de todos los tiempos. El Rey Lear, suscita una gama diversa de sentimientos encontrados, antes viejo, vanidoso y autoritario, sensible a la adulación de sus hijas  Gonerila y Regana, y ante la sencillez leal y respetuosa de su hija más noble Cordelia. Él querrá conservar la autoridad después de perder el trono, preferirá no obstante la zalamería hipócrita de sus dos hijas, a la verdad leal que viene de labios de Cordelia. Hay una gran belleza estética en el personaje de Lear como uno de los arquetipos psicopatológicos más firmes de la historia literaria.

 En Hamlet, su rasgo clásico es la abulia, su idea fría obsesionante es vengar la muerte de su padre, tiene el humor negro con vagas ideas de suicidio, cree que la vida es insulsa y sin encantos, indigna de ser vivida, su reacción frente a la realidad es puramente intelectual, pero desorientada. Duda permanentemente de sí mismo y hasta de su propia obsesión. Desconfiado y cauto, sospecha siempre algo terrible, suspicaz y astuto; con estallidos de antipatía, ira, es cínico a veces, más bien que delirante sistematizado, se nos presenta como un psicasténico de cuya complejidad mental fluye el extraordinario secreto de su poesía.

 Otelo y Macbet, llegan a la locura por vías divergentes: la pasión de los celos y el terror del arrepentimiento. Macbeth, con la ambición del mando, sufre la tragedia terrible, su mujer lo empuja al crimen con palabras irresistibles, se prepara la tragedia psicológica que culmina con el asesinato del rey. Una lucha angustiosa desgarra a Macbeth, entre la obsesión del poder y el reproche de su conciencia, partiendo en dos su mente y su corazón, en un verdadero desdoblamiento de su personalidad, después le asaltan las dos alucinaciones de su sombra de Banco, cuando padece vértigos que hacen presuponer es epilepsia. Allí está también la figura no menos mórbida de Lady Macbeth, que con escenas de sonambulismo, se denuncia y se traiciona a sí misma, reproduciendo las escenas del tremendo delito, sin embargo la inequívoca locura del rey Lear y su derrumbe psíquico es más brusco que el de Macbeth y Hamlet.

 Hedda Gabler es otra obra de teatro apasionante del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, se la presenta con una pasmosa lucidez, sin presentar los síntomas fundamentales, sin alucinaciones, con una lógica rigurosa, percepción normal, con una mentalidad neurópata de las histéricas y los amorales, los obsesionados y los psicasténicos, un mundo poblado de personalidades mórbidas, que no adaptan su conducta al medio social en que viven, pero cuyos actos no imponen aún reclusión en un manicomio. Su lucidez e inteligencia puede exceder a la de sus parientes y amigos. Piensan bien, pero quieren mal y el peligro y desequilibrio está en su vida afectiva y de la voluntad.

 Hedda Gabler vive tiranizando y afligiendo enfermizamente a todas las personas que están obligadas a soportar su convivencia. Hedda, es una desequilibrada, tiene caracteres psicopáticos de la mujer delincuente, tiene inclinaciones abusivas y despóticas; como hija de General, es así mismo fuerte y masculina, se esfuerza por mostrar una indomable voluntad viril. Hedda, era una deficiente moral, aplica desde la escuela, pequeñas violencias y vejámenes mortificantes . Antes de perder la virginidad deserraja un pistoletazo al audaz Erberto. Se casa sin embargo más tarde con Jorge Tesmann, quien se equivoca suponiendo que su carácter minado por la neurosis podría modificarse por la ternura y la maternidad. Ella se irrita por las más leves contrariedades, todas las personas la estorban, nada la complace, ella goza haciendo sufrir a los demás. Le incomoda la felicidad ajena, conspira contra la tranquilidad de todos, poniendo en sus palabras una gota de veneno. Es simuladora, casquivana, inestable, su conciencia moral es más voluble que su temperamento. La histeria suele ser una enfermedad sentimental. Hedda Gabler me recuerda algo a la señorita Amelia,  personaje virago y masculina de Carson McCullers en “Balada del café triste”, que adquiere una resonancia interior profunda e intimista, aunque menos cruel y vencida por el amor.

 Se cree que Ibsen ha recogido en sus obras algunos análisis psicológicos más perfectos, como Zola, Balzac, Daudet, Dostoievsky, es así como se han forjado algunos caracteres que parecen representativos y simbólicos de todo un género, conciliando lo real y lo ideal, en forma de equilibrio estético que satisfacen al mismo tiempo un deseo de verdad y el anhelo de perfección. Los personajes de Ibsen han sido estudiados por Geyer.

 La eximia obra “Don Quijote de la Mancha” de Cervantes, es otro ejemplo de una locura con chispazos de una gran lucidez e ingenio. Esquirol lo denominaría monomanía caballeresca y delirios sistematizados. “Del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”, en Quijano que estaba predispuesto, fallaba algún resorte mental. En el Quijote no hay desmedro de su personalidad moral: “Lo que hablaba era concertado, elegante y bien dicho y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto”, un acceso maniaco y alucinatorio. Vila-Matas lo definiría en clave de humor como “el hombre que murió de cuerdo”.

 Los tipos criminales en el arte y en la literatura han sido estudiados por Ferri, Maus, Lefort y Alimena; los alienados por Ireland, Porena y Regis. Los Delincuentes aristocráticos que actúan en las obras de Balzac, Lematrie, Zola, Ibsen por Schiller. El médico Schure ha estudiado y analizado la lucha entre sentimiento y voluntad en algunos tipos de Ibsen y Maeterlinck. Hay valiosas notas de Sciamanna, Sighele y Ferri, sobre los tipos alocados y delincuentes de las obras de D’Annuzio. Esto en cuanto a la psicopatología individual. La psicopatología colectiva ha sido expuesta por Taine, Sighele, Tarde, Le Bon, Rosi, estudios entre lo psicológico y lo sociológico mas bien.

 Barcelona, 28 de Noviembre de 2008.

16
Nov
08

THE WOMAN PASSENGER

MIRA ESTE VÍDEO EN ESTE ENLACE:
http://macpik2.wordpress.com/2010/04/13/the-woman-pasanger/

18
Sep
08

VOLVIMOS A NACER

 LEE ESTAS LETRAS PINCHANDO ESTE ENLACE: http://macpik2.wordpress.com/2010/02/16/volvimos-a-nacer/




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