By macpik

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LEONARD WOOLF, EL HOMBRE SIN ATRIBUTOS:
Victoria Glendenning revela la importancia del esposo de Virginia Woolf como escritor.

En 1966, cuando su vida había atravesado ya dos guerras mundiales, el ocaso de un imperio y el suicidio de la mujer que amaba, Leonard Woolf se encerró a reflexionar y escribió: “A la edad de ochenta y ocho años, mirando hacia atrás mis cincuenta y siete años de trabajo político en Inglaterra, veo con claridad que no he obtenido prácticamente nada. El mundo presente y la historia del hormiguero humano de los últimos cincuenta y siete años serían exactamente idénticos si hubiera jugado al ping pong en vez de presidir comités y escribir libros y memorandos”. Y concluía con “la confesión más bien humillante” de haber arado la propia existencia con “algo así como ciento cincuenta o doscientas mil horas de trabajo perfectamente inútiles”.

(Publica La Nación)

Por Livia Manera

Pero el intenso trabajo desarrollado en las filas del partido laborista no debía de ser el único motivo de frustración para un escritor ambicioso y competitivo, que había padecido el desafío de estar casado con Virginia Woolf. En Cambridge, Leonard se había vinculado con algunas de las mentes más brillantes del siglo, entre las cuales se encontraban John Maynard Keynes, Lytton Strachey, E. M. Forster y Bertrand Russell. En Londres, había fundado la Hogarth Press y había sido el editor de T. S. Eliot y de Sigmund Freud, y en calidad de codirector del Political Quaterly, había publicado y trabajado con personalidades del nivel de H. G. Wells, Thomas Hardy e Isaiah Berlin. Nunca existió una persona más asediada que Leonard Woolf por la grandeza de los amigos y los parientes cercanos.

Y por eso hoy se ha convertido en noticia el hecho de que al hombre sin atributos de Bloomsbury se le haya restituido la dignidad perdida con el relanzamiento, en Gran Bretaña y en los Estados Unidos, de su primera novela, The village in the jungle, de los cuentos de A tale told by midnight , pero sobre todo, con la publicación de una brillante biografía escrita por Victoria Glendinning, que le reconoce una interesante y contradictoria personalidad. Glendenning describe a Leonard Woolf como a un hombre austero, tímido, despótico, irascible y pesimista (su inefable lema era “¡Nada importa!”), a quien el amor por una mujer con la que no tenía ninguna intimidad sexual suavizó hasta el punto de convertirlo en un ser generoso, protector y paciente. Un hombre con una cara como el filo de un cuchillo y de cuerpo menudo, que amaba a las mujeres (“Siempre me sentí fuertemente atraído por la mente y el cuerpo femeninos”) y que era retribuido por ellas. Menos de dos años después del suicidio de Virginia, ese hombre vivió una segunda temporada de amor con la vivaz y alegre Trekkie Parsons, esposa de Ian Parsons (que consentía la relación), editor de Chatto & Windus. Leonard y Trekkie compartieron los siguientes treinta años de vida.

Un hombre que se declaraba marxista y socialista, y del que hasta la misma Virginia decía que era “muy duro con las personas. Sobre todo con la servidumbre… La extrema rigidez de su mente me sorprende… su severidad: no hacia mí, yo puedo levantarme y mandarlo al diablo. ¿De dónde viene? Del hecho de no ser un gentleman , en parte: de no sentirse cómodo en presencia de las clases inferiores… Supongo que tiene un deseo de dominio. Amor de poder. Y después escribe contra esas cosas…”.

En las palabras de la mujer, uno encuentra todo el desenvuelto antisemitismo de la buena sociedad inglesa. Y aunque Leonard haya negado que alguna vez se sintiera discriminado, es difícil creer que el hecho de pertenecer a una familia judía empobrecida imprevistamente a la muerte del padre abogado no le haya sido pesado cuando frecuentaba una escuela de larga tradición antisemita como St. Paul. Una vez que salió de allí, pasó a Cambridge con una beca de estudios y fue de nuevo alguien distinto entre iguales: el único de aquel excepcional círculo de amigos “arrogantes, altaneros, cínicos y sarcásticos”, como los describía él mismo, que en caso de recibir una mala nota podía ser castigado con la pérdida del derecho a frecuentar la universidad. Después de graduarse, aceptó con humildad un empleo en la administración colonial. Y los siete años durante los cuales fue administrador de una aldea en Ceilán se convirtieron en el bagaje de experiencia de su posterior pasión antiimperialista.

Fue precisamente mientras Leonard estaba en Ceilán cuando el homosexual Lytton Strachey le escribió en 1909 que había pedido la mano de Virginia Stephen, que se había arrepentido y que, por suerte, había sido rechazado. Ahora le tocaba a Leonard casarse “por su cabeza” con la hermana del amigo común Toby Stephen, le decía Strachey. Y Leonard lo hizo, aunque aterrorizado por las “espantosas complicaciones de la virginidad y del matrimonio”. Se convertiría en un marido extraordinario y en un amante inexistente, que no mostró celos cuando Virginia vivió su historia de amor con la escritora y aristócrata Vita Sackville-West.

¿Qué queda hoy de esa vida ensombrecida por el brillo de las de otros? Dos novelas, The village in the jungle (1913) y Wise Virgins (1914), que transcurren la primera en Ceilán y la segunda, en un ambiente suficientemente semejante al de su familia de origen como para ponérsela toda en contra, además, una inmensa masa de escritos políticos, por propia admisión irrelevantes (“Pero hasta el fracaso puede ser portador de un granito de conocimiento”); y una espléndida autobiografía en tres volúmenes, escritas cuando ya reflexionaba “pasaron las tempestades y las tensiones de la vida, las ambiciones y las competencias”. Por todo esto, Leonard brotó a los ochenta años bien cumplidos en los tres volúmenes de su autobiografía, dice hoy Victoria Glendinning. Porque escribir lejos de los consejos críticos de los amigos ilustres, ya muertos, fue para él una liberación. Y es extraño que sea ella quien lo diga. Porque ni siquiera su biógrafa se resiste a la tentación de decirle a Woolf lo que debería haber hecho (“Si hubiera perseguido con mayor fuerza la idea de una nueva versión del Judío Errante… habría escrito probablemente su obra maestra”). Es la demostración de que nunca habrá paz para Leonard Woolf, eterno viudo de Virginia. Aunque hoy se lo rescate.

Corriere della Sera. Traducción de Hugo Beccacece.

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