Archive for the 'RECURSOS PARA ESCRIBIR' Category

23
Feb
11

SI UN ESCRITOR DEJA DE OBSERVAR ESTA TERMINADO

SI UN ESCRITOR DEJA DE OBSERVAR ESTA TERMINADO

Esta famosa entrevista a Ernest Hemingway, y de la cual ofrecemos un fragmento, fue realizada por George Plimton y publicada originalmente en la revista The Paris Review en 1958 y editada en castellano en Narradores1. El Ateneo, 1996. Fue transcripta desde el diario Clarín de su edición del Domingo 18 de julio de 1999.
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-¿Le resultan placenteras las horas dedicadas al proceso de la escritura? ¿Podría decirnos algo de ese proceso? ¿Cuándo trabaja usted? ¿Mantiene un horario rígido?
-Me resulta muy placenteras. Cuando trabajo en un libro o en un relato escribo cada mañana, en cuanto haya luz. A esa hora nadie molesta y está fre3sco o frío, y uno se pone a trabajar y se caldea a medida que escribe. Uno lee lo que ha escrito, y como siempre se interrumpe cuando sabe qué es lo que va a ocurrir a continuación. Uno sigue a partir de ese punto. Uno escribe hasta llegar a un lugar en el que todavía le queda resto y sabe lo que ocurrirá a continuación, y allí uno se interrumpe y trata de vivir hasta el día siguiente para volver a seguir con eso. Uno ha empezado, digamos, a la seis de la mañana. Y puede seguir hasta el mediodía o dejar antes. Cuando uno se detiene está vacío, y al mismo tiempo no vacío sino llenándose como cuando ha hecho el amor con alguien a quien ama. Nada puede dañarlo, nada puede ocurrir, nada significa nada hasta el día siguiente, cuando uno vuelve al trabajo. Lo difícil es la espera hasta el día siguiente.
¿Puede quitarse de la cabeza el proyecto al que está entregado cuando está lejos de la máquina de escribir?
-Por supuesto. Pero para eso hace falta disciplina y esa disciplina se adquiere.
¿Hace alguna revisión o alguna reescritura cuando lee hasta el lugar en el que se interrumpió el día anterior? ¿O las revisiones vienen más tarde, cuando todo el trabajo está terminado?
-Todos los días reescribo hasta el punto en que dejé el día anterior. Cundo todo está terminado, naturalmente lo reviso. Así se tiene otra oportunidad de corregir y reescribir cuando otra persona lo mecanografía, y uno ve el material más prolijo. La última oportunidad son las pruebas. Uno agradece todas esas chances.

¿Reescribe mucho?
-Depende. Reescribí el final de Adiós a las armas, la última página, treinta y nueve veces antes de quedar satisfecho.
¿Había allí algún problema técnico? ¿Qué era lo que lo obstaculizaba?
-Buscaba las palabras adecuadas
.
Thornton Wilder habla de recursos mnémicos que ponen en marcha el día de trabajo de un escritor. Dice que una vez usted le dijo que les sacaba punta a veinte lápices.
-Creo que nunca tuve veinte lápices a la vez. Gastar la punta de siete lápices número 2 es un buen día de trabajo.
¿Cuáles lugares le resultaron más provechosos para trabajar? El hotel Ambos Mundos parece haber sido uno, a juzgar por la cantidad de libros que usted escribió allí. ¿O el ambiente no ejerce demasiada influencia sobre su trabajo?
– El Ambos Mundos de La Habana era un muy buen lugar para trabajar. Esta finca es un lugar espléndido, o lo fue. Pero siempre he trabajado bien en todas partes. Quiero decir que he podido trabajar tan bien como puedo en distintas circunstancias. El teléfono y los visitantes son los que destruyen el trabajo.
¿La estabilidad emocional es necesaria para escribir bien? Una vez me dijo que sólo podía escribir bien cuando estaba enamorado. ¿Podría explayarse más sobre el tema?
-Qué pregunta! Pero lo felicito por el intento. Uno puede trabajar en cualquier momento si la gente lo deja tranquilo y nadie interrumpe. O más bien, si uno puede ser despiadado con los demás. Pero la mejor escritura se produce, por cierto, cuando uno está enamorado. Si a usted le da lo mismo, prefiero no explayarme sobre el tema.
¿Y qué ocurre con la seguridad económica? ¿Puede hacer daño a una buena escritura?
-Si llega temprano en la vida y uno ama la vida tanto como el trabajo, hace falta mucho carácter para resistir las tentaciones. Una vez que la escritura se ha convertido en el mayor vicio de uno, en el mayor placer, sólo la muerte puede interrumpirla. La seguridad económica es entonces una gran ayuda, ya que evita preocupaciones. Las preocupaciones destruyen la capacidad de escribir.

¿Puede recordar exactamente el momento en que decidió convertirse en escritor?
-No, siempre quise ser escritor.
Cuando escribe, ¿alguna vez descubre que está influido por lo que está leyendo en ese momento?
-No desde que Joyce estaba escribiendo Ulises. La de él no fue una influencia directa. Pero en esa época en que las palabras que conocíamos estaban prohibidas para nosotros y teníamos que luchar por una sola palabra, la influencia de su obra fue lo que cambió todo y nos hizo posible romper con las restricciones.
-¿Pudo aprender algo de los escritores, algo sobre la escritura? Ayer me decía usted que Joyce, por ejemplo, no soportaba hablar sobre la escritura.
. -En compañía de gente del mismo oficio, uno habitualmente habla de los libros de otros escritores. Cuanto mejor sea un escritor, tanto menos hablará de lo que él mismo ha escrito. Joyce era un escritor muy grande y sólo les explicaba lo que estaba haciendo a los tontos. Los escritores que él verdaderamente respetaba supuestamente eran capaces de darse cuenta de lo que él estaba haciendo, simplemente leyéndolo.
Durante los últimos años usted parece haber eludido la compañía de los escritores. ¿Por qué?
-Eso es más complicado. Cuanto más lejos va uno con la escritura, tanto más solo está. Casi todos los viejos amigos, los mejores, mueren. Otros se alejan. Uno no los ve más que raramente, pero uno escribe y tiene con ellos casi el mismo contacto que tenía cuando se encontraba con ellos en el café, en los viejos tiempos. Uno intercambia cartas cómicas, a veces alegremente obscenas e irresponsables, y eso es casi tan bueno como charlar. Pero uno está más solo porque así es como debe trabajar y el tiempo para trabajar se acorta todo el tiempo y si uno lo malgasta siente que ha cometido un pecado para el cual no hay perdón.
¿Podría decirnos cuánto esfuerzo deliberado invirtió en el desarrollo de su estilo distintivo?
-Esa es una pregunta extensa y cansadora, y si uno se pasara un par de días respondiéndola, se sentiría tan autoconsciente que ya no podría escribir. Podría decir que lo que los amateurs llaman un estilo suele ser tan sólo la inevitable torpeza de alguien que intenta por primera vez hacer algo que no se ha hecho antes. Casi ningún nuevo clásico se parece a otros clásicos previos. Al principio la gente sólo ve la torpeza. Después la torpeza ya no es tan perceptible. Cuando aparece, la gente piensa que esas muestras de torpeza son el estilo y muchos las copian. Eso es lamentable.
Usted me escribió una vez que las simples circunstancias en las que fueron escritas diversas obras de su ficción podían resultar instructivas. ¿Podría aplicarse eso a Los asesinos -usted dijo que lo había escrito, junto con Diez indios y Hoy es viernes, todo en un solo día- y tal vez también a su primera novela Fiesta?
-Veamos. Empecé Fiesta en Valencia, el día de mi cumpleaños, el 21 de julio. Mi esposa Hadley y yo habíamos ido a Valencia con tiempo para conseguir buenas entradas para la feria, que empezaba el 24 de julio. Toda la gente de mi edad ya había escrito una novela, y yo todavía tenía dificultades para escribir un párrafo. Así que empecé el libro el día de mi cumpleaños, lo escribí durante la feria, a la mañana, en la cama, y fui a Madrid y seguí escribiéndolo allí. En Madrid no había feria, así que teníamos una habitación con una mesa y yo escribía con gran lujo en esa mesa, y a la vuelta de la esquina del hotel, en una cervecería del Pasaje Alvarez, donde estaba más fresco.Finalmente se puso muy caluroso para escribir y nos fuimos a Hendaya. Allí había un hotel barato, sobre esa enorme y larga playa solitaria, y trabajé muy bien, y después fuimos a París y terminé la primera versión en el departamento que estaba sobre el aserradero, en el 113 de la calle Notre-Dame-des-Champs, seis semanas después del día que lo había empezado .Le mostré la primera versión a Nathan Asch, el novelista, quien entonces tenía un acento muy marcado, y él me dijo: Hem, ¿qué quieres decir con que has escrito una novela? Una novela, oh. Hem, eso será un libro de viaje. Nathan no me desalentó demasiado, y reescribí el libro, conservando lo de viaje (era la parte sobre la excursión de pesca y Pamplona), en Schruns, en el Voralberg, en el hotel Taube. Los relatos que usted mencionó los escribí en un día, el 16 de mayo, en Madrid, cuando la nieve suspendió las lidias de toros de San Isidro. Primero escribí Los asesinos, algo que había intentado escribir antes y no lo había logrado. Después, tras el almuerzo, me metí en la cama para mantenerme abrigado y escribí Hoy es viernes. Tenía tanta energía que pensé que me volvería loco, y tenía más o menos otros seis cuentos para escribir. Así que me vestí y salí y fui hasta Fornos, el viejo café de los toreros, y tomé café y después volví y escribí Diez indios. Eso me entristeció mucho y tomé un poco de brandy y me fui a dormir. Me había olvidado de comer y uno de los camareros me trajo un poco de bacalao y carne y papas fritas y una botella de Valdepeñas.La mujer que regenteaba la pensión siempre se preocupaba porque yo no comía lo suficiente y había enviado al camarero. Recuerdo que me senté en la cama y comí y bebí el Valdepeñas. El camarero dijo que me traería otra botella. Dijo que la señora quería saber si yo pensaba escribir toda la noche. Le dije que no, que creía que me acostaría un rato. Por qué no trata de escribir uno más, me preguntó el camarero. Se supone que sólo debo escribir uno, dije yo. Tonterías, dijo él. Podría escribir seis. Lo intentaré mañana, dije. Inténtelo esta noche, dijo él. ¿Por qué cree que la señora le envió la comida? Estoy cansado, le dije. Tonterías, dijo él (la palabra no fue en realidad tonterías). Está cansado después de tres miserables cuentos. Tradúzcame uno. Déjeme tranquilo, le dije. Cómo puedo escribir si usted no me deja tranquilo. Así que me senté en la cama y bebí el Valdepeñas y pensé qué escritor condenadamente bueno sería yo si el primer cuento era tan bueno como esperaba.

¿Usted disfruta leyendo sus propios libros… sin sentir que le gustaría hacer algunos cambios?
-A veces, cuando me resulta difícil escribir, los leo para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible.
¿El título se le ocurre mientras está en el proceso de elaborar la historia?
-No, hago una lista de títulos después de haber terminado el relato o el libro… a veces son más de cien. Después empiezo a eliminarlos, y a veces los elimino a todos.
¿Y hace eso también en los casos en los que el título de un relato ha sido sugerido por el mismo texto, como por ejemplo en el caso de Colinas como elefantes blancos?
-Sí. El título viene después. Encontré a una muchacha en Prunier, donde había ido a comer ostras antes del almuerzo. Sabía que ella había tenido un aborto. Me acerqué y hablamos, no sobre eso, pero en el camino a casa se me ocurrió la historia, salteé el almuerzo y me pasé esa tarde escribiéndola.
Entonces, cuando está escribiendo, usted es constantemente un observador en busca de algo que pueda usar.
-Sin duda. Si un escritor deja de observar está terminado. Pero no debe observar conscientemente ni pensar de qué modo algo le será útil. Tal vez al principio eso sea cierto. Pero más tarde todo lo que ve se integra a la gran reserva de cosas que sabe o que ha visto. Si de algo sirve saberlo, siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del iceberg. Hay nueve décimos bajo el agua por cada parte que se ve de él. Uno puede eliminar cualquier cosa que sepa, y eso sólo fortalecerá el iceberg. Si un escritor omite algo porque no lo sabe, habrá un agujero en su relato. El viejo y el mar podría haber tenido más de mil páginas, y dar cuenta de cada personaje de la aldea y del proceso de cómo vivían, cómo habían nacido, cómo se habían educado, tenido hijos, etcétera. Otros escritores hacen eso de manera excelente. Al escribir, uno está limitado por lo que ya se ha hecho de manera satisfactoria. Así que he tratado de aprender a hacer otra cosa. Primero traté de eliminar todo lo innecesario para transmitir experiencia al lector, para que después de haber leído algo, lo leído se convirtiera en parte de su propia experiencia, y le pareciera que realmente había ocurrido. Es algo muy difícil de hacer, y trabajé muy duramente para lograrlo. De todos modos, para no explicar cómo se hace, tuve una suerte increíble en ese momento y pude transmitir la experiencia completamente. Y pude lograr que fuera una experiencia que nadie había transmitido antes. La suerte fue que tuve un buen hombre y un buen muchacho, y que últimamente los escritores se han olvidado de que todavía existen esas cosas. Después, el océano: vale tanto la pena escribir sobre el océano como sobre un hombre. Así que también fui afortunado en eso. He visto el acoplamiento de los peces espada, así que es algo que conozco. Eso no lo cuento. He visto un cardumen de más de cincuenta ballenas en esa misma zona del agua, y en una oportunidad arponeé a una de casi dieciocho metros de largo, y la perdí. De modo que eso no lo cuento. No cuento ninguna de las historias que conozco sobre la aldea de pescadores. Pero ese conocimiento es lo que constituye la parte sumergida del iceberg.
¿Puedo preguntarle en qué medida considera usted que el escritor debe involucrarse en los problemas sociopolíticos de su época?
-Cada uno tiene su propia conciencia, y no debería haber reglas para el funcionamiento de la conciencia. De lo único que podemos estar seguros con respecto a un escritor politizado es que, si su obra dura, uno tendrá que pasar por alto la política cuando lo lea. Muchos de los escritores llamados políticamente comprometidos cambian sus ideas políticas frecuentemente. Esto les resulta muy excitante, a ellos y a los reseñistas político-literarios. A veces hasta deben reescribir sus puntos de vista… y apresuradamente. Tal vez todos eso pueda respetarse considerando que es una forma de búsqueda de la felicidad.
¿Diría que alguna vez hay una intención didáctica en su obra?
-Didáctica es una palabra que ha sido mal utilizada y arruinada. Muerte en la tarde es un libro instructivo.
Se ha dicho que un escritor sólo trata una o dos ideas en toda su obra. ¿Usted diría que su obra refleja una o dos ideas?
Bien, tal vez sería mejor expresarlo de esta manera: Graham Greeene dijo en una de estas entrevistas que una pasión regente da a todo un anaquel de novelas la unidad de un sistema. Usted mismo ha dicho, según creo, que las grandes obras se producen a partir de un sentimiento de injusticia ¿Considera que es importante que un novelista sea dominado de ese modo… por algún sentimiento tan intenso?
-El señor Greeene tiene una facilidad para hacer afirmaciones que yo no poseo. A mí me resultaría imposible hacer generalizaciones sobre un anaquel de novelas o sobre una bandada de patos o una manada de caballos. No obstante, intentaré una generalización. El escritor que carezca de sentido de la justicia y de la injusticia haría mejor en dedicarse a editar el anuario de una escuela de chicos excepcionales en vez de escribir novelas. Otra generalización. Ya ve, no son tan difíciles cuando son suficientemente obvias. El don más esencial para un buen escritor es tener un detector de mierda incorporado, a prueba de golpes. Ese es el radar de un escritor. Y todos los grandes escritores lo han tenido.
Finalmente, una pregunta fundamental: ¿cuál cree usted que es la función de su arte? ¿Por qué una representación de los hechos en vez de los hechos mismos?
-¿Por qué preocuparse por eso? A partir de las cosas que han ocurrido y de las cosas tal como existen y de todas las cosas que uno sabe y de todas aquellas que no puede saber, uno hace algo por medio de la invención, algo que no es una representación sino una cosa nueva más real que cualquier otra real y viva, y uno le da vida, y si la hace suficientemente bien, también le da inmortalidad. Por eso uno escribe.

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15
May
10

ESCRIBIR ES DEJAR DE SER ESCRITOR

Escribir es dejar de ser escritor
(Por Enrique Vila-Matas)

Muchas veces me he visto obligado a contestar a la pregunta de por qué escribo Al principio, cuando era muy joven y tímido, utilizaba la breve respuesta que daba André Gide a esa pregunta y contestaba: «Escribo para que me lean.»

Si bien es cierto que escribo para que me lean, con el tiempo he aprendido a completar con otras verdades mi sincera respuesta a la pregunta de por qué escribo. Ahora, cuando me hacen la inefable pregunta, explico que me hice escritor porque 1) quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana, 2) porque vi a Mastroianni en La noche de Antonioni; en esa película -que se estrenó en Barcelona cuando tenía yo dieciséis años- Mastroianni era escritor y tenía una mujer (nada menos que Jeanne Moreau) estupenda: las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener

Casarse con una Jeanne Moreau no es fácil, tampoco lo es ser realmente un escritor. Por aquellos días, yo tenía una vaga idea de que no era sencillo ni una cosa ni la otra, pero no sabia hasta qué punto eran dos cosas muy complicadas, sobre todo la de ser escritor

Yo vi La noche y empecé a adorar la imagen pública de esos seres a los que llamaban escritores. Me gustaron, en un primer momento, Boris Vian, Albert Camus, Scott Fitzgerald y André Malraux. Los cuatro por su fotogenia, no por lo que hubieran escrito. Cuando mi padre me preguntó qué carrera pensaba estudiar -é1 tenía la callada ilusión de que yo quisiera ser abogado-, le dije que pensaba ser como Malraux. Recuerdo la cara de estupor de mi padre, y también recuerdo lo que entonces me dijo: «Ser Malraux no es una carrera, eso no se estudia en la universidad.»

Hoy sé muy bien por qué deseaba ser como Malraux. Porque ese escritor, además de tener una expresión de hombre curtido, se había construido una leyenda de aventurero y de hombre no reñido con la vida, esa vida que yo tenía por delante y a la que no quería renunciar Lo que en esos días yo no sabía era que para ser escritor había que escribir, y además escribir como mínimo muy bien, algo para lo que hay que armarse de valor y, sobre todo, de una paciencia infinita, esa paciencia que supo describir muy bien Oscar Wilde: «Me pasé toda la mañana corrigiendo las pruebas de uno de mis poemas, y quité una coma. Por la tarde, volví a ponerla.»

Todo esto lo explicó muy bien Truman Capote en su célebre prólogo a Música para camaleones cuando dijo que un día comenzó a escribir sin saber que se había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo: «Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando averigüé la diferencia entre escribir bien y escribir mal; y luego hice otro descubrimiento más alarmante todavía: la diferencia entre escribir bien y el arte verdadero; es sutil pero brutal.»

Así pues, yo en esos días no sabía que para ser escritor había que escribir, y además había que escribir como mínimo muy bien. Pero es que, por no saber, ni sabía que era preciso renunciar a una notable porción de vida si se quería realmente escribir Por no saber, ni sabía que escribir, en la mayoría de los casos, significa entrar a formar parte de una familia de topos que viven en unas galerías interiores trabajando día y noche. Por no saber, ni sabía que iba a acabar siendo escritor, pero un tipo de escritor alejado de la figura de Malraux, pues me esperaban aventuras, pero más del lado de la literatura que de la vida.

Pero escribir vale la pena, no conozco nada más atractivo que la actividad de escribir, aunque al mismo tiempo haya que pagar cierto tributo por ese placer. Porque es un placer y es -como decía Danilo Kis- elevación: «La literatura es elevación. No inspiración, les ruego. Elevación. Epifanía joyceana. Es el instante en que se tiene la impresión de que, en toda la nulidad del hombre y de la vida, hay de todos modos unos cuantos momentos privilegiados, que hay que aprovechar. Es un don de Dios o del diablo, poco importa, pero un don supremo.»

Hoy en día, con el auge de la nueva narrativa española, se dan entre nosotros dos tipos de escritores jóvenes, de escritores principiantes: por una parte, están los que no ignoran que se trata de un oficio duro y paciente, un oficio en el que se avanza en tinieblas y le obliga a uno a jugarse la vida, a arriesgar (como decía Michel Leiris) la vida como lo hace un torero; por otra parte, están los que ven en la literatura una carrera y buscan el dinero y la fama como primer objetivo de su trabajo.

No tengo alma de predicador y, además, no quiero desanimar ni a unos ni a otros, de modo que citaré de nuevo a Oscar Wilde, citaré ese consejo que le dio a un joven al que le habían dicho que debía comenzar desde abajo: «No, empieza desde la cumbre y siéntate arriba.» Gabriel Ferrater lo dijo de otra forma: «Un escritor es como un artillero. Está condenado, lo sabemos todos, a caer un poco más abajo de su meta. Por ejemplo, si yo pretendo ser Musil y caigo un poco más abajo, pues ya es bastante más arriba. Pero si pretendo ser como un autor de cuarta fila…»

Un escritor debe tener la máxima ambición y saber que lo importante no es la fama o el ser escritor sino escribir, encadenarse de por vida a un noble pero implacable amo, un amo que no hace concesiones y que a los verdaderos escritores los lleva por el camino de la amargura, como muy bien se aprecia en frases como esta de Marguerite Duras: «Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos.»

Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir. Y es que (como dice Justo Navarro) ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Escribir es hacerse pasar por otro, escribir es dejar de ser escritor o de querer parecerte a Mastroianni para simplemente escribir, escribir lo que escribirías si escribieras. Es algo terrible pero que recomiendo a todo el mundo, porque escribir es corregir la vida -aunque sólo corrijamos una sola coma al día-, es lo único que nos protege de las heridas insensatas y golpes absurdos que nos da la horrenda vida auténtica (debido a su carácter de horrenda, el tributo que debemos pagar para escribir y renunciar a parte de la vida auténtica no es pues tan duro como podría pensarse) o bien, como decía Italo Svevo, es lo mejor que podemos hacer en esta vida y, precisamente por ser lo mejor, deberíamos desear que lo hiciera todo el mundo: «Cuando todos comprendan con la claridad con que yo lo hago, todos escribirán. La vida será literaturizada. La mitad de la humanidad se dedicará a leer y a estudiar lo que la otra mitad de la humanidad habrá escrito. Y el recogimiento ocupará la mayor parte del tiempo que será así arrebatado a la horrible vida verdadera. Y si una parte de la humanidad se rebelase y se negase a leer las lucubraciones de los demás, mucho mejor. Cada uno se leería a sí mismo.»

Leyendo a los otros o a nosotros mismos, poco margen veo yo para estallidos bélicos y mucho en cambio para la capacidad de un hombre para respetar los derechos de otro hombre, y viceversa. Nada menos agresivo que un hombre que baja la vista para leer un libro que tiene en sus manos. Habría que partir a la búsqueda de ese recogimiento universal. Se me dirá que se trata de una utopía, pero sólo en el futuro todo es posible.
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© Enrique Vila-Matas:Nacido en 1948, vive en Barcelona; es autor de una importante obra traducida a nueve lenguas.

Este artículo se reproduce aquí por cortesía de Editorial Anagrama.

19
Feb
10

CÓMO ESCRIBIR UN ENSAYO

CÓMO ESCRIBIR UN ENSAYO
(Por Alejandro Rutto Martínez)

Sí, pero antes de escribirlo aprendamos un poco acerca de ésta forma de expresión escrita. Los expertos coinciden en decir que es una composición literaria y su objeto es presentar las ideas de un autor sobre un tema de manera, casi siempre, muy concreta. En algunas ocasiones es breve y presenta un estilo informal, adquiriendo así cierta diferencia con otras formas de exposición.

De la explicación anterior podrás inferir que existen dos protagonistas principales en la tarea de redactar un ensayo: el tema y el autor. Pues bien, en este género el autor tiene la total libertad para abordar el tema desde su propio punto de vista, según sus conocimientos, la forma en que ve el mundo, su escala de valores y, en general su formación como persona dedicada a ver al mundo desde su propia perspectiva. Pero atención: cuando alguien tiene formada su opinión respecto a un tema debe defenderla y la forma de hacerlo es a base de argumentos. De manera que ahí tiene el escritor la segunda tarea más importante después de la elección del tema y es encontrar argumentos para respaldar la postura que asume.

Vayamos por parte y detengámonos en la elección del tema. El asunto no es tan fácil como parece al principio. Para saber si un tema es adecuado tiene que reunir por lo menos los siguientes requisitos:

1.-) Que te interese como autor
2.-)Que haya un público interesado también en leer acerca de este tema
3.-)Que tengas la posibilidad de obtener información referida al asunto
4.-) Que puedas asumir una posición sincera, firme y defendible.

Una vez hecha la elección del tema conviene empaparse mejor acerca del mismo. Por eso es necesario hacer algunas investigaciones para complementar los conocimientos que ya tenías cuando lo elegiste. No desestimes ninguna fuente ni sobredimensiones las virtudes de otras. Todo debe estar en su justa medida. En algunos casos la internet puede hacerte un gran aporte, pero en otros talvez la información esté en el libro más olvidado de la biblioteca. Y no serán pocos los casos en que te de mejor resultado la observación directa o el diálogo con las personas aún cuando éstas sean las más humildes que conozcas.

Vamos a concretar algunas recomendaciones partiendo de varios supuestos:

1.-) Ya sabes con claridad qué es un ensayo
2.-) En este momento tienes algún tema dándote vueltas en la cabeza y deseas (o debes, pues algunas veces escribimos por obligación) escribir sobre él.
3.-) Tienes alguna información previa y te faltan algunos datos pero tienes idea de la fuente en donde podrás encontrarlo.
4.-) El tema te interesa y despierta tu entusiasmo y además tiene un “mercado” en donde podrás situarlo, es decir lectores interesados en tu texto.

Muy bien, si hemos acertado en los anteriores supuestos, es hora de que avancemos con las muy útiles recomendaciones plasmadas en las siguientes líneas. Toma atenta nota de cada una de ellas:

1. Decide si el tema en el que has pensado te gusta y le gusta a otras personas. Consulta toda la información útil y pertinente y elabora tu primer “borrador mental” acerca del mismo. Hagamos un alto en el camino y expliquemos acerca de las dos palabras encerradas entre comillas: se trata de una primera versión, una versión muy preliminar de los que será tu escrito. Nunca aceptes el desafío de enfrentarte al papel en blanco si tu mente también está en blanco. Es necesario ir elaborando mentalmente el escrito. Por eso, cuando te decidas a plasmar tus ideas por escrito, lo primero que debes tener son esas ideas, articularlas, cambiarlas de lugar, buscar la mejor forma de expresarlas: en fin pon a trabajar tu ser consciente y tu subconsciente en la faena que te has propuesto y notarás como las ideas comienzan a fluir.

2. Ha llegado la hora de asumir uno de los retos más difíciles a los que puede enfrentarse un ser humano: el papel en blanco. Nunca llegues a esta etapa sin la preparación suficiente. Tres cosas has debido hacer antes de subirte al “ring” de la contienda contra este formidable retador: haberte informado sobre el tema, elaborar tu borrador mental y tener una guía de la forma en que irás escribiendo tus pensamientos. Comienza a escribir todo lo que has logrado articular en tu “borrador mental”, guiándote por el bosquejo elaborado. No te detengas en correcciones que podrás hacer más adelante ni suspendas el trabajo por ningún motivo. Una suspensión del trabajo iniciado puede significar la pérdida de “la inspiración” y por lo tanto de la productividad.

3. No pierdas de vista una de las características más importantes del ensayo: la subjetividad. La posición del autor prima desde el principio hasta el final. Sin embargo, la subjetividad no le concede licencia para divagar o escribir de manera superficial. No debe cometerse el pecado de confundir subjetividad con superficialidad, ni tampoco con facilismo o mediocridad.

4. No te olvides de insertar algunas “voces autorizadas” en tu escrito. Hacemos referencia a la opinión de algunos autores reconocidos por alguna razón en el contexto de tu tema. Comprueba si el texto citado es confiable y si pertenece realmente al autor a quien se atribuye. En todo caso, nunca olvides dar el crédito al escritor cuyo texto tomas prestado para enriquecer el tuyo. Las citas no pueden ser muy abundantes ni muy largas. Si son excesivas el lector tendrá la sensación de que ha leído a todo el mundo menos a quien firma el ensayo. Y si son muy largas dejarán de ser una simple cita para convertirse en una transcripción textual.

5. Como se trata de dar a conocer, de explicar o de interpretar determinadas ideas es preferible utilizar párrafos expositivos. Éstos se caracterizan por la utilización de sustantivos y, especialmente, de sustantivos abstractos.

6. Al igual que otro tipo de producciones escritas el ensayo tiene una introducción, un desarrollo y una conclusión. Sin embargo, no se distinguen propiamente por presentar subdivisiones o subtítulos. Prepárate, pues, para que tu texto se desarrolle “de un solo tirón” Cuando tengas que desplazarte de un sub tema a otro hazlo haciendo un buen uso de los conectores.

7. ¿Recuerdas el punto “2” de éstas recomendaciones? Te decíamos en ese apartado que “depositaras” todo el contenido de tu borrador mental en el papel en blanco. Allá escribías tus ideas tal como éstas fueran aflorando, teniendo como única guía tu bosquejo. Era recomendable no suspender la inspiración ni detenerse en hacer correcciones. Pues bien esas correcciones deben hacerse y es lo que te recomendamos en este momento: dedícate a corregir la primera versión de tu escrito. Debes ser muy objetivo y autocrítico. Lee, tacha, subraya, cuestiona, escribe notas marginales…en fin, realiza una labor cuidadosa para descubrir los defectos del escrito. Es posible que la mayoría de párrafos y aun de líneas resulten con correcciones. Si es así no te desanimes: es lo que suele suceder en este paso.

8. Comparte tu escrito con un par que esté dispuesto a hacer su revisión y sugerir recomendaciones gramaticales y temáticas. Alguien detallista y acucioso revisará la estructura, coherencia, concordancia, claridad y unidad del escrito. Solicita también una cuidadosa revisión de los datos, expresiones, cifras y la autoría de las citas escogidas.

9. Lee y valora las recomendaciones del par e introduce las correcciones necesarias.

10. Dedícate a hacer todas las revisiones y correcciones posibles hasta producir un texto al cual se le pueda dar el calificativo de “publicable”.

11. Incluye un listado de la bibliografía utilizada en la elaboración de tu composición.

12. Transcribe el texto definitivo de acuerdo con las normas exigidas por la entidad que lo evaluará y publicará.

Autor: Alejandro Rutto Martínez

Alejandro Rutto Martínez es un prestigioso escritor y periodista ítalo-colombiano quien además ejerce la docencia en varias universidades. Es autor de cuatro libros sobre ética y liderazgo y figura en tres antologías de autores colombianos. Contáctelo al cel. 300 8055526 o al correo alejandrorutto@gmail.com. Lea sus escritos en MAICAO AL DÍA, página en la cual usted encontrará escritos, crónicas y piezas hermosas de la literatura colombiana.

Fuente del artículo http://www.articulo.org/autores_perfil.php?autor=525

17
Nov
09

LA HOJA EN BLANCO

LA HOJA EN BLANCO
(Sandra Becerril)

La hoja en blanco. El temido papel sin nada escrito en él. Mirándome, aguardando un derroche de imaginación que llene su espacio con pequeñas letrillas negras. La nada reflejada en un simple trozo de papel tamaño 8×10 pulgadas. La oportunidad de manifestar en él mis fantasías, mis mundos, mis personajes, mi frustración, mi amor… La encrucijada de la primera palabra, del primer párrafo que ha de formar una historia.

La página me ve sin parpadear. Me observa fijamente, no pierde detalle de mi confusión de ideas, ni siquiera pestañea ante la grandiosa posibilidad de formar parte de la historia o del bote de basura. No se mueve, está quieta, atenta, simpática incluso. Yo la veo también. La hoja en blanco impone más que yo (eso es humillante). Una simple hojita que guarda enormes posibilidades en ella. Un suspiro que me acompaña a través de la ventana me indica que tal vez, por esta ocasión, se trate de un poema. “Un poema no es original”, piensa la hoja desdichada. Estoy de acuerdo con ella, tal vez no un poema. El silencio proveniente de la calle en este pleno amanecer en conjunto con el grito de una mujer al fondo del callejón dice que tal vez, esta vez, sea una novela.

—¿De suspenso? ¿En serio? ¡Sé más creativo! —me exige.

Me esforzaré más. ¡Lo tengo! Miro en el techo mi póster de El Señor de los Anillos y me imagino un mundo, sí, un mundo mágico y fantástico con extraños seres y tierras extraordinarias: un cuento.

—¡No, por favor! ¿Cuántas veces lo has intentado? Sólo serías una mala copia de ese libro que admiras —me reprime y agrega—: no seas mediocre.

Tiene toda la razón. ¿Un ensayo? Probablemente. Protesta también y hasta tiene el descaro de recomendarme que escriba un guión: —¡Eso es! un guión cinematográfico de Hollywood que venda mucho…

Ni poema, ni novela, ni cuento, ni ensayo. Esta hoja me exige demasiado. Es muy ambiciosa para ser de un papel tan corriente. No me gusta que me vea así. Lo sigue haciendo. ¡La desgraciada se cree superior! Es molesta, me revuelve el estómago con su frágil textura.

—Bien, así que no te gusta lo que escribo, ¿verdad? Y tú que me engañaste con tu risita hipócrita —le pregunto desafiándola y sacudiéndola—. Muy bien, espero que esto sí te guste.

Entonces la tomo y la arrugo con odio entre mis pálidas manos aventándola por la ventana, lejos, tan lejos que cae en un charco de lodo después de ser apachurrada por las llantas de un automóvil. Saco otra hoja en blanco del paquete y la aplasto contra la ventana para que vea de lo que soy capaz. Una vez que el papel tiembla de miedo en mis manos, comienzo a escribir…

27
Sep
09

¿SÓLO EXISTEN ESCRITORES VAGOS?

Remington 

¿SÓLO EXISTEN ESCRITORES VAGOS?
(Por Rose Keefe)

Además de ser un escritor prolífico y exitoso ( Return to the Scene of the Crime, To Serve and Collect, Shattered Innocence , entre otros), Richard Lindberg también es un buen amigo mío. Y sin embargo, un día leí en su sitio Web un artículo suyo que trataba del bloqueo del escritor y que puso a prueba nuestra amistad.

Como muchos escritores que se ganan la vida con su arte, yo también tuve “períodos estériles”, un eufemismo para calificar esas horas horrorosas en las que uno se queda en blanco delante de una hoja o de su ordenador. No se le ocurren las cosas tan naturalmente como de costumbre, y en el peor de los casos, no se le ocurre nada. Richard, más que nadie, habría debido ser sensible a esta pesadilla que los ecritores conocemos todos. Y no obstante, esto es lo que él opinaba al respecto:

“Nunca he creído en el bloqueo del escritor. No existe. Sólo existen escritores vagos.”

Nunca se me ocurrió que Richard pudiera tener razón. Estaba demasiado ocupada regodeándome en mi indignación justificada y deseándole que se le cortaran los hilos de la creatividad a él también. Pero ahora estoy completamente de acuerdo con él…y me imagino que, al leer este artículo, otros escritores maldecirán mi progresión igual que yo maldije la de Richard.

En mi opinión, el bloqueo del escritor se debe a la confianza excesiva que se atribuye al concepto de “inspiración”. Nos solemos representar la creatividad como una ola que nos inunda de genio y deja contenido brillante en nuestra hoja o en nuestro procesador de textos al retirarse. ¡Que usted no me malinterprete! Es una sensación que ya he experimentado y es realmente estimulante. Pero no es la norma, y por lo tanto, al no “sentirse inspirados”, ciertos escritores simplemente no escriben. Esto es fatal si uno está decidido a ser un escritor profesional.

La inspiración puede estar ausente por varios motivos: cansancio, inquietud, distracciones exteriores, etc. Pero un escritor serio debe ser capaz de superarlo todo, ESCRIBIR y ya está. No vale buscar excusas pues siempre se puede modificar lo que se ha escrito si no gusta. Lo importante es escribir algo y retocarlo después si se piensa que se debe. Yo he escrito dos libros en dos años, y aunque tuve sesiones muy creativas, la mayoría del contenido lo escribí cuando no me apetecía para nada estar sentada a mi escritorio. Mi pareja se quejaba constantemente, mi editor examinaba minuciosamente mi segundo borrador que no le daba satisfacción, y mi jefe me mandaba a casa con dolores de cabeza monstruosos, pero yo me tomaba aspirina y volvía a escribir. Por supuesto tuve que revisar mucho pero, para un sorprendente porcentaje de mis esbozos, mi editor no modificó nada o casi nada antes de incluirlos en el manuscrito final.

Sé que puede parecer demasiado simplista pero cuando uno supera los obstáculos mentales y se esfuerza por escribir, una especie de ayuda divina entra en acción. Julia Cameron, autora del best-seller Artist’s Way , decía en The Right to Write , “La verdad es que, si uno quiere ser un escritor profesional y está dispuesto a trabajar para conseguirlo, tendrá la suerte de su lado, no en su contra. Es una ley metafísica sencilla.” Por el estilo, Goethe escribió: “Sea cual sea lo que pienses o creas que eres capaz de hacer, empiézalo pues la acción encierra una gracia mágica y un poder.”

Puede que usted no comparta mi creencia en la metafísica y la gracia mágica pero es indiscutible que si usted escribe, sea cual sea su humor, se encuentra un par de palabras más cerca de su sueño de ser un escritor publicado que si se hubiese levantado de su escritorio y hubiese visto la televisión o leído los frutos del trabajo de otro escritor. De hecho, al leer un libro o un artículo, no cometa el error de comparar su claridad con la de lo que usted escribió cuando carecía de inspiración. Esto es un pequeño secreto: es muy probable que lo que haya presentado el escritor a su editor inicialmente no sea lo mismo que lo que usted esté leyendo, pues una buena relación entre un autor y su editor puede hacer maravillas. Pero eso es otro asunto.

Estoy concluyendo este artículo así que usted tiene un motivo menos para quedarse sentado aquí leyendo el trabajo de otra persona. Ya es hora de que se dirija hacia su máquina de escribir o su teclado, aunque fuese sólo para enviarnos a Richard o a mí una carta y decirnos que no sabemos de qué hablamos. ¡Al menos estará escribiendo!

Copyright 2005 por Rose Keefe

La autora de este artículo, Rose Keef, ha publicado 2 libros sobre los “gangsters” más peligrosos de los Estados Unidos después de Al Capone.
http://www.bugsmoran.net

Traducido por Gaëlle Many
http://www.buckenmeyer.com

Fuente del artículo http://www.articulo.org/autores_perfil.php?autor=1

23
Ago
09

LOS ESCRITORES, ESOS MANIÁTICOS

 escritos

LOS ESCRITORES ESOS MANIÁTICOS
(Publicado el Viernes, 20 de Febrero del 2009 por Isabel Mallén)

La creación literaria no se explica con reglas, costumbres o tal vez manías a la hora de escribir, sin embargo, están presentes en escritores de todo el mundo.

¿Qué estímulos ayudan a desatar la imaginación?…

Algo común que recomiendan es leer novelas cuando se está escribiendo pero, a veces, cuando las musas están de vacaciones, sientes curiosidad de ver cómo se las arreglan algunos para que no decaiga la inspiración.
Y encuentran cosas curiosas, como por ejemplo:

“Yo camino y corro mucho. Creo que el cerebro se oxigena mejor”.

“Cuando retomo mi novela, para no distraerme, me premio al final con algo que me guste”.

“Después del desayuno, escribo primero a mano para después pasarlo al ordenador y así ir repasando lo escrito”.

“Escribo de madrugada, cuando se han ido todos a la cama y estoy tranquila”.

Porque otra característica que requiere la escritura es la soledad.

Cuando leo que a Claudio Magris le gusta la soledad de las cafeterías, una soledad bastante peculiar; me explico la espléndida definición que hace de las mismas en el libro “Microcosmos” y ante la pregunta dice: “La cafetería es un aislamiento especial, es el sitio donde la soledad se verifica en medio de los demás“.

Como J. K. Rowing que empezó a escribir su famosa obra “H. Potter” en la cafetería de su barrio, pero por otro motivo, el de que su pequeño hijito estuviera caliente mientras dormía.

A Sartre también le gustaba el ruido. En los cafés Sartre elucubraba sobre el existencialismo.

Marguerite Duras se llevaba el bar a su escritorio y simplificaba la inspiración con una botella de whisky a su lado.

Fédor Dostoievski escribía compulsivo, de día y de noche.

Borges se metía en la bañera por la mañana y meditaba sobre si lo que había soñado valdría para un poema o relato.

Carlos Fuentes siente cómo lo posee el alma de su difunto hijo a la hora de escribir.

Cortázar escribió “Rayuela” totalmente poseído por sus personajes, perdida la noción del espacio y el tiempo.

Isabel Allende hace conjuros antes de ponerse a escribir. Tiene fetiches y comienza siempre sus novelas el 8 de Enero.

Mario Vargas Llosa, que empieza la escritura a las 7 de la mañana, tiene un orden casi obsesivo, los libros de su biblioteca están ordenados por motivos curiosos: por tamaño, por países… y se rodea de figuras de hipopótamos de todas clases.

Saramago solo escribe dos folios por día, y ni una línea más.

T. S. Eliot escribía sólo un par de horas porque a la tercera hora, pensaba él, ya no estaba inspirado.

Thomas Mann le leía lo escrito a toda su familia y le pedía consejos.

Antonio Tabucchi sólo escribe en cuadernos escolares.

Neruda lo hacía con tinta verde.

Hemingway con una pata de conejo raída en el bolsillo.

Gabriel García Márquez necesita estar en una habitación con una temperatura determinada. Debe tener en su mesa una flor amarilla, de lo contrario no se sienta a escribir. Y siempre lo hace descalzo. Si no está inspirado, no escribe absolutamente nada.

A veces puede estar meses sin escribir una sola línea. Una vez alguien le aconsejó que, si quería hacer un buen relato, antes tenía que contarlo muchas veces, para ver qué partes atraían al oyente y cuáles le aburrían. Eso es lo que suele hacer con sus novelas. Las cuenta y las cuenta y las cuenta. Apasiona a la gente. Conforme las va contando va inventando nuevos detalles, hasta que ve que la historia funciona.

Señala que su maestro fue Hemingway. La lección que aprendió del narrador norteamericano fue ésta: “El descubrimiento de que el trabajo de todos los días sólo debe interrumpirse cuando ya sabes cómo reanudarlo al día siguiente“.

No creo que se haya dado nunca un consejo mejor para escribir. Es, ni más ni menos, el remedio absoluto contra el fantasma más temido por los escritores: la agonía matutina ante el papel en blanco.

Francesco Piccolo profesor de la Universidad de Roma, escritor y guionista de Nanni Moretti, en su libro “Escribir es un tic” exprimió el anecdotario y sacó ritos y manías de escritores de todos los tiempos.

Quizás no haya escritor que no tenga manías que le ayuden a encontrar confianza. Quizás son extravagancias creadas a propósito. Viven tan pendientes de la fantasía que se ponen muy nerviosos con las cosas terrenales, entre ellas, escribir. Y por eso hacen lo que hacen.

(artículo aparecido en : http://www.literaturate.com/los-escritores-esos-maniaticos/)

(NOTA: Yo le respondo a una amiga, porqué pongo a veces en mi blog escritos de otros escritores también:

Porque nos enriquecemos todos mejor así, porque no tengo un afán de protagonismo imperante y absoluto, porque deseo aportarles a otros lo mismo que otros escritos de otros, me aportan a mi misma, porque las visiones de otras ópticas nos dan también otra vertiente de entendimiento y porque nadie tiene la verdad absoluta, porque puedo ser útil también de otros modos indirectos en mi blog y dejar mis egoísmos particulares. Compartir nos enriquece. Siempre y cuando se respeten los nombres de los autores originales.  Si son mis escritos originales irán lógicamente firmados con mi nombre.)




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